canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Página 284

literatura fantástica Juego de tronos EDDARD La luz gris del amanecer entraba ya por la ventana cuando el sonido de los cascos de los caballos despertó a Eddard Stark de un sueño breve e inquieto. Levantó la cabeza de la mesa para mirar abajo, al patio. Los hombres de las capas color carmesí llenaban de sonidos la mañana con el chocar de las espadas y los ejercicios con muñecos rellenos de paja. Ned observó cómo Sandor Clegane galopaba sobre la tierra prensada para clavar una lanza de punta de hierro en la cabeza de un muñeco. La lona se desgarró y la paja voló por los aires entre las bromas y maldiciones de los guardias Lannister. «¿Todo este montaje lo hacen para que yo lo vea? —se preguntó. Si era así, Cersei era todavía más estúpida de lo que le había parecido—. Maldita mujer, ¿por qué no ha huido? Le he dado una oportunidad tras otra...» Hacía una mañana nublada y triste. Ned desayunó con sus hijas y con la septa Mordane. Sansa, todavía desconsolada, contemplaba malhumorada los platos y se negaba a comer, pero Arya devoró a toda prisa lo que le pusieron delante. —Syrio dice que todavía hay tiempo para una última lección antes de que embarquemos esta tarde —dijo—. ¿Me das permiso, padre? Ya tengo todas las cosas en los baúles. —Que sea una lección corta, y que te dé tiempo a bañarte y a cambiarte. Quiero que a mediodía estés lista para partir, ¿comprendido? —A mediodía —asintió Arya. —Si ella puede dar una última lección de danza —dijo Sansa alzando la vista de la mesa—, ¿por qué no me dejas despedirme del príncipe Joffrey? —Yo la acompañaría, Lord Eddard —se ofreció la septa Mordane—. Y no perderá el barco, desde luego. —No es buena idea que veas a Joffrey ahora mismo, Sansa. Lo siento. —Pero, ¿por qué? —A Sansa se le llenaron los ojos de lágrimas. —Tu señor padre sabe qué es lo mejor para ti —dijo la septa Mordane—. No debes cuestionar sus decisiones. —¡No es justo! —Sansa se apartó de la mesa, derribó la silla y salió llorando de la habitación. La septa se levantó, pero Ned le indicó con un gesto que se sentase. —Deja que se vaya, septa. Intentaré que lo entienda todo cuando volvamos a estar a salvo en Invernalia. La septa inclinó la cabeza y se sentó para terminar de desayunar. Una hora más tarde el Gran Maestre Pycelle fue a ver a Eddard Stark en sus aposentos. Iba con los hombros caídos, como si el peso de la cadena que llevaba al cuello le resultara ya insoportable. —Mi señor —dijo—, el rey Robert nos ha dejado. Los dioses le den descanso. —No —replicó Ned—. Robert detestaba descansar. Los dioses le den amor y risas y la gloria de la batalla. —Era extraño, pero se sentía vacío. Había esperado la visita, pero con aquellas palabras algo murió en su interior. Habría renunciado a todos sus títulos por ser libre para llorar... pero era la Mano de Robert, y había llegado el momento que tanto temía—. Tened la bondad de convocar a los miembros del Consejo aquí, en mis habitaciones —pidió a Pycelle. La Torre de la Mano le ofrecía toda la seguridad que había podido proporcionarse con la ayuda de Tomard. En cambio no podía afirmar lo mismo de la cámara del Consejo. —¿Cómo decís, mi señor? —preguntó Pycelle parpadeando—. Sin duda los asuntos del reino pueden esperar hasta mañana, para que no tengamos tan reciente la pena. —Me temo que debemos reunimos de inmediato. —Ned se mostró tranquilo, pero firme. —Como ordene la Mano. —Pycelle hizo una reverencia. Llamó a sus sirvientes y les dio instrucciones, y luego aceptó la oferta de Ned de un asiento y una copa de cerveza dulce. Ser Barristan Selmy fue el primero en responder a la llamada. Llegó con su inmaculada capa blanca y la coraza esmaltada. —Mis señores —dijo—, ahora mismo mi lugar está junto al joven rey. Os ruego que me disculpéis. —Vuestro lugar está aquí, Ser Barristan —le dijo Ned. Meñique fue el siguiente, vestía aún las ropas de terciopelo azul y la capa plateada con sinsontes de la noche anterior, aunque tenía las botas sucias de polvo. —Mis señores —dijo, sonriendo aunque sin dirigirse a nadie en concreto. Se volvió hacia Ned—. Ya se ha llevado a cabo el asuntillo que me encargasteis, Lord Eddard. 284