literatura fantástica
Juego de tronos
Sam parpadeó para protegerse los ojos de la repentina claridad y miró a su alrededor con aprensión.— Los salvajes... no... no se atreverán a acercarse tanto al Muro. ¿ Verdad?— Nunca lo han hecho. Jon montó a caballo. Cuando tanto Bowen Marsh como el explorador que lo escoltaba hubieron montado también, se llevó dos dedos a la boca y silbó. Fantasma salió del túnel al instante.—¿ Vas a traer a esa bestia?— le preguntó el Lord Mayordomo mientras su caballo reculaba asustado al ver al lobo huargo.— Sí, mi señor— dijo Jon. Fantasma alzó la cabeza, pareció saborear el aire. En un abrir y cerrar de ojos echó a correr por el campo lleno de hierbajos, y desapareció entre los árboles.
Una vez en el bosque se encontraron en un mundo completamente diferente. Jon había ido a menudo de caza con su padre, con Jory y con Robb. Conocía tan bien como cualquiera el Bosque de los Lobos en torno a Invernalia. El Bosque Encantado era igual, y al mismo tiempo parecía muy diferente.
Quizá fuera un truco de su mente, sabía que habían traspasado el fin del mundo, y eso lo cambiaba todo. Las sombras parecían más oscuras, y los sonidos más ominosos. Los árboles crecían muy juntos y ocultaban la luz del sol poniente. Bajo los cascos de los caballos, la fina capa de nieve crujía con un sonido como el de los huesos al romperse. Cuando el viento agitaba las hojas Jon sentía como si le pasaran un dedo helado por la espalda. Tras ellos quedaba el Muro, y sólo los dioses sabían qué había ante ellos.
El sol desaparecía ya entre los árboles cuando llegaron a su destino, un pequeño claro en lo más profundo del bosque donde crecían en círculo nueve arcianos. Jon se quedó boquiabierto, y vio que a Sam Tarly le pasaba lo mismo. Ni siquiera en el Bosque de los Lobos se podían ver más de dos o tres de aquellos árboles blancos juntos. Jamás habría imaginado que existía un grupo de nueve. El suelo del bosque estaba cubierto de hojas caídas, rojo sangre por arriba, blanco putrefacto por abajo. Los anchos troncos lisos eran de color hueso, y las nueve caras miraban hacia adentro. La savia seca encostrada en los ojos era roja y dura como un rubí. Bowen Marsh les ordenó que dejaran los caballos fuera del círculo.— Es un lugar sagrado, no debemos profanarlo. Al entrar en el claro, Samwell Tarly se dio la vuelta muy despacio, para examinar una a una todas las caras. No había dos iguales.— Nos están mirando— susurró—. Los antiguos dioses nos miran.— Sí.— Jon se arrodilló, y Sam hizo lo mismo a su lado. Pronunciaron juntos el juramento mientras las últimas luces desaparecían por el oeste y el día gris se transformaba en noche negra.
— Escuchad mis palabras, sed testigos de mi juramento— recitaron; sus voces llenaron el bosquecillo en el ocaso—. La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte. No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Soy la espada en la oscuridad. Soy el vigilante del muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres. Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir. Se hizo el silencio en el bosque.— Os arrodillasteis como niños— entonó solemne Bowen Marsh—. Levantaos ahora como hombres de la Guardia de la Noche. Jon tendió una mano a Sam para ayudarlo a ponerse en pie. Los exploradores se congregaron a su alrededor, sonrientes, para felicitarlos. Todos excepto Dywen, el viejo guardabosques.— Será mejor que volvamos, mi señor— dijo a Bowen Marsh—. Está oscureciendo, y esta noche hay un olor que no me gusta. De pronto, Fantasma volvió con ellos, apareció caminando con pasos silenciosos entre dos árdanos. « Pelaje blanco y ojos rojos— advirtió Jon, inquieto—. Igual que los árboles.» El lobo llevaba algo entre los dientes. Algo negro.—¿ Qué es eso?— preguntó Bowen Marsh con el ceño fruncido.— Ven conmigo, Fantasma.— Jon se arrodilló—. Trae eso. El lobo huargo trotó hacia él. Jon oyó cómo a Samwell Tarly se le escapaba una exclamación.— Por los dioses— murmuró Dywen—. Es una mano.
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