canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 280

literatura fantástica Juego de tronos JON Jon estaba tomando un desayuno a base de pastel de manzana y morcillas cuando Samwell Tarly se dejó caer pesadamente en el banco. —Me han llamado al sept —dijo Sam con un susurro emocionado—. Me van a sacar del entrenamiento. Me harán hermano al mismo tiempo que a vosotros. ¿Te lo imaginas? —No, ¿de verdad? —De verdad. Mi deber será ayudar al maestre Aemon con la biblioteca y con los pájaros. Necesita a alguien que sepa leer y escribir cartas. —Lo harás muy bien —sonrió Jon. —¿No tendríamos que ir ya? —Sam miró a su alrededor con ansiedad—. No quiero llegar tarde, puede que cambien de opinión. Al cruzar el patio cubierto de hierbajos iba casi saltando. Era un día cálido y soleado. Del Muro descendían reguerillos de agua, con lo que el hielo parecía centellear. En el interior del sept, el gran cristal reflejaba la luz de la mañana que entraba por la ventana orientada hacia el sur y formaba un arco iris sobre el altar. Pyp se quedó boquiabierto al ver a Sam, Sapo dio un codazo a Grenn en las costillas, pero ninguno se atrevió a decir nada. El septon Celladar movía un incensario que impregnaba el aire de su fragancia. A Jon le recordaba el pequeño sept de Lady Stark en Invernalia. El septon estaba sobrio, para variar. Los oficiales de alto rango llegaron todos juntos: el maestre Aemon apoyado en Clydas, Ser Alliser con sus ojos fríos y su gesto hosco, el Lord Comandante Mormont resplandeciente con su jubón de lana negra y broches de plata en forma de zarpas de oso... Tras ellos entraron los miembros mayores del resto de las órdenes: Bowen Marsh, el Lord Mayordomo del rostro enrojecido, el Primer Constructor, Othell Yarwyck, y Ser Jaremy Rykker, que estaba al mando de los exploradores durante la ausencia de Benjen Stark. Llegasteis aquí como malhechores —empezó Mormont, que se había situado ante el altar de forma que el arco iris le relucía sobre la calva—. Cazadores furtivos, violadores, deudores, asesinos y ladrones. Llegasteis a nosotros como niños. Llegasteis a nosotros solos, encadenados» sin amigos y sin honor. Llegasteis a nosotros ricos, y llegasteis a nosotros pobres. Algunos ostentáis los nombres de casas orgullosas. Otros teneis nombres de bastardos, o no tenéis nombre alguno. Nada de eso importa ya. Todo queda en el pasado. En el Muro, todos pertenecemos a la misma Casa. »A1 caer la noche, cuando se ponga el sol y llegue la oscuridad, haréis el juramento. Desde ese momento seréis Hermanos Juramentados de la Guardia de la Noche. Vuestros crímenes quedarán olvidados; vuestras deudas, saldadas. Y de la misma manera deberéis olvidar las antiguas lealtades, dejar a un lado los rencores, desechar amores y enemistades del pasado por igual. Vais a empezar de nuevo. »Un hombre de la Guardia de la Noche vive su vida por el reino. No por un rey, ni por un señor, ni por el honor de una casa u otra, tampoco por el oro ni la gloria, ni el amor de una mujer, sino por el reino y por todos los que en él viven. Un hombre de la Guardia de la Noche no tiene esposa y no engendra hijos. Nuestra esposa es el deber. Nuestra amante es el honor. Y vosotros sois los únicos hijos que tendremos jamás. »Ya conocéis la fórmula del juramento. Meditad bien antes de pronunciarla, porque cuando vistáis el negro ya no habrá vuelta atrás. La deserción se pena con la muerte. —El Viejo Oso hizo una pausa antes de continuar—. ¿Hay alguno de entre vosotros que no quiera seguir aquí? Si es así, que se vaya ahora, sin demérito alguno. Nadie se movió. —Bien —asintió Mormont—. Prestaréis juramento aquí, al anochecer, ante el septon Celladar y el primero de vuestra orden. ¿Alguno de vosotros adora a los antiguos dioses? —Yo, mi señor —dijo Jon poniéndose en pie. —En ese caso supongo que querrás jurar ante un árbol corazón, como hizo tu tío —dijo Mormont. —Así es, mi señor —asintió Jon. Los dioses del sept no tenían nada que ver con él; por las venas de los Stark corría la sangre de los primeros hombres. —Pero aquí no hay bosque de dioses —oyó que susurraba Grenn a su espalda—. ¿Verdad? Yo no lo he visto. —Tú no verías ni una manada de uros en medio de la nieve hasta que no te embistieran — susurró en respuesta Pyp. 280