literatura fantástica
Juego de tronos
— Necesitaréis a alguien con quien compartir la carga— dijo Meñique encogiéndose de hombros—. Y mi precio no será elevado, os lo aseguro.
— Vuestro precio.— La voz de Ned era puro hielo—. Lo que estáis proponiendo es una traición, Lord Baelish.— Sólo si perdemos.— Olvidáis demasiadas cosas— replicó Ned—. Olvidáis a Jon Arryn. Olvidáis a Jory Cassel. Y olvidáis esto.— Sacó la daga y la puso sobre la mesa, entre ellos: era de huesodragón y acero valyriano; tan afilada como la diferencia entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre la vida y la muerte—. Enviaron a un hombre para que le cortara el cuello a mi hijo, Lord Baelish.
— Pues sí, mi señor, había olvidado algunas cosas.— Meñique suspiró—. Os ruego que me perdonéis. Por un momento no me di cuenta de que estaba hablando con un Stark.— Frunció los labios—. Así que optáis por Stannis y por la guerra.— No se trata de una opción. Stannis es el heredero.— Lejos de mí entrar en discusiones con el Lord Protector. En fin, ¿ qué queréis de mí? Mi consejo no, desde luego.
— Haré lo posible por perdonar vuestro... consejo— replicó Ned, asqueado—. Os he hecho venir para pediros la ayuda que prometisteis a Catelyn. Es un momento peligroso para todos nosotros. Cierto, Robert me ha nombrado Protector, pero a los ojos de todos Joffrey es su hijo y heredero. La reina dispone de una docena de caballeros y de un centenar de hombres armados que obedecerán sus órdenes; más que suficiente para doblegar a lo que queda de mi guardia. Y quizá su hermano Jaime cabalgue en estos momentos hacia Desembarco del Rey, con un ejército Lannister a sus órdenes.
— Y vos sin hombres.— Meñique jugueteó con la daga que estaba sobre la mesa, la hizo girar lentamente con un dedo—. Lord Renly no siente demasiado afecto hacia los Lannister. Bronze Yohn Royce, Ser Balón Swann, Ser Loras, Lady Tanda, los gemelos Redwyne... cada uno de ellos dispone de un séquito de caballeros y espadas juramentadas aquí, en la corte. Renly tiene treinta hombres en su guardia personal, y los otros todavía menos. No son suficientes, ni siquiera aunque estuviera seguro de que todos se iban a aliar conmigo. Necesito a los capas doradas. La Guardia de la Ciudad cuenta con dos mil hombres fuertes, que han jurado defender el castillo, la ciudad y la paz del rey.— Ya... pero, cuando la reina proclame un rey y la Mano otro, ¿ qué paz van a proteger?— Lord Petyr empujó la daga con el dedo y la hizo girar de nuevo. Dio varias vueltas y, cuando al final se detuvo, apuntaba al propio Meñique—. Vaya, aquí tenemos la respuesta— añadió con una sonrisa—. Siguen a aquel que les paga.— Se echó hacia atrás en el asiento y miró de frente a Ned, con los ojos verde grisáceo llenos de burla—. Vestís vuestro honor como si fuera una armadura, Stark. Creéis que os protege, pero en realidad no es más que una carga que os hace moveros despacio. Miraos al espejo. Sabéis por qué me habéis hecho venir. Sabéis qué queréis pedirme que haga. Sabéis que es necesario... pero no es honorable, así que no os atrevéis a decirlo en voz alta.
Ned tenía el cuello rígido por la tensión. Durante un instante se sintió incapaz de hablar, de pura rabia. Meñique se echó a reír.— Debería obligaros a decirlo, pero sería una crueldad... así que no temáis, mi buen señor. Por el amor que le profeso a Catelyn, iré ahora mismo a hablar con Janos Slynt, para asegurarme de que la Guardia de la Ciudad os es leal. Con seis mil piezas de oro será suficiente. Una tercera parte para el comandante, una tercera parte para los oficiales y una tercera parte para los hombres. Quizá pudiéramos comprarlos por la mitad de esa suma, pero no es cosa de correr riesgos.
Sonrió, cogió la daga por la hoja y se la tendió a Ned con la empuñadura por delante.
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