canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 264

literatura fantástica Juego de tronos años, y ni siquiera en su juventud había sido muy resuelto. Ya no estaba tan seguro de haber hecho bien al enviar en la misión a la mitad de su guardia, entre ellos a sus mejores espadas. —Voy a necesitar tu ayuda —le dijo cuando se presentó, con el gesto de aprensión que tenía siempre que su señor lo hacía llamar—. Llévame al bosque de dioses. —¿Creéis que es buena idea, Lord Eddard? ¿Tal como tenéis la pierna? 470 —Puede que no. Pero es necesario. Tomard llamó a Varly. Ned puso un brazo en torno a los hombros de cada uno y así consiguió bajar por los empinados peldaños de la torre y cruzar la muralla más allá del patio. —Quiero que se doble la guardia —dijo a Tom el Gordo—. Nadie debe entrar ni salir de la Torre de la Mano sin mi permiso. Tom parpadeó. —Mi señor, Alyn y los demás están fuera, no somos bastantes para... —Sólo serán unos días. Prolongad los turnos. —Como ordenéis, mi señor —respondió Tom—. ¿Puedo preguntaros por qué...? —Mejor no —replicó Ned, sucinto. El bosque de dioses estaba desierto, como sucedía siempre en aquella ciudad de los dioses sureños. A Ned le dolía espantosamente la pierna cuando lo depositaron en la hierba, junto al árbol corazón. —Gracias. —Se sacó un papel de la manga, estaba sellado con el emblema de su Casa—. Por favor, entrega esto de inmediato. —Mi señor... —Tomard leyó el nombre que Ned había escrito en el papel, y se humedeció los labios, con ansiedad. —Haz lo que te he ordenado, Tom —replicó Ned. Nunca supo cuánto tuvo que esperar en el silencio del bosque de dioses. Allí todo era calma. Los gruesos muros dejaban fuera el clamor del castillo y sólo se oían los cantos de los pájaros, el murmullo de los grillos, el sonido del viento al acariciar las hojas. El árbol corazón era un roble, oscuro y sin rostro, pero Ned Stark sentía la presencia de sus dioses. Hasta la pierna le dolía un poco menos. Ella llegó al anochecer, cuando las nubes se teñían de rojo sobre las murallas y las torres. Acudió sola, como Ned le había pedido. Por una vez vestía con sencillez, ropas verdes y botas de cuero. Se echó hacia atrás la capucha marrón, y él vio la marca que le había dejado el golpe del rey. El color morado rabioso había desaparecido, ahora tenía un tono amarillento, y ya no estaba tan hinchado, pero resultaba inconfundible. —¿Por qué aquí? —preguntó Cersei Lannister, de pie ante él. —Para que los dioses lo vean. Se sentó junto a él en la hierba. Todos sus movimientos eran gráciles. El viento agitaba la rubia cabellera ondulada, y tenía los ojos verdes como las hojas del verano. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Ned percibiera su belleza. Ahora la veía claramente. —Sé la verdad que mató a Jon Arryn —dijo. —¿En serio? —La reina lo miraba directamente a la cara, cauta como una gata—. ¿Por eso me habéis hecho venir aquí, Lord Stark? ¿Para plantearme acertijos? ¿O tenéis intención de tomarme prisionera, como hizo vuestra esposa con mi hermano? —Si de verdad creyerais eso no habríais acudido. —Le rozó la mejilla con suavidad—. ¿Os había hecho esto con anterioridad? —Un par de veces. —Se apartó para esquivar la mano—. Pero nunca en la cara. Jaime lo habría matado, aunque le costara la vida. —Cersei lo miró, desafiante—. Mi hermano vale cien veces más que vuestro amigo. —¿Hermano? —inquirió Ned—. ¿O amante? —Las dos cosas. —La verdad no la había hecho pestañear—. Desde que éramos niños. ¿Y por qué no? Los Targaryen se casaron entre hermanos durante trescientos años para mantener la pureza de sangre. Y Jaime y yo somos mucho más que hermanos. Somos una sola persona repartida entre dos cuerpos. Compartimos juntos un vientre. Él vino al mundo agarrado de mi pie, nos lo contó nuestro viejo maestre. Cuando lo tengo dentro de mí, me siento... plena. —La sombra de una sonrisa revoloteó sobre sus labios. —Mi hijo Bran... —Nos vio. —Cersei no apartó la mirada—. Amáis a vuestros hijos, ¿verdad? 264