canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 263

literatura fantástica Juego de tronos bosque. Ahora se ha empeñado en cazarlo. El príncipe Joffrey ha regresado esta mañana, junto con los Royce, Ser Balón Swann y otros veinte del grupo. Los demás siguen con el rey. —¿Y el Perro? —preguntó Ned con el ceño fruncido. Ahora que Ser Jaime había huido de la ciudad para acudir junto a su padre, Sandor Clegane era el hombre de los Lannister que más lo preocupaba. —Regresó con Joffrey, y fue directamente a ver a la reina. —Meñique sonrió—. Habría dado cien venados de plata por poder ser una cucaracha entre los arbustos cuando se enteró de que Lord Beric había partido con órdenes de decapitar a su hermano. —Hasta un ciego se daría cuenta de que el Perro despreciaba a su hermano. —Ah, pero Ser Gregor era suyo para odiarlo, no vuestro para matarlo. Cuando Dondarrion corte la cumbre de nuestra Montaña, las tierras de los Clegane y todos sus rendimientos pasarán a manos de Sandor, pero yo en vuestro lugar no aguantaría la respiración esperando su gratitud. Y ahora, deberéis disculparme. Me aguardan Lady Tanda y sus terneras cebadas. —Ya de camino hacia la puerta, Lord Petyr vio sobre la mesa el enorme libro del Gran Maestre Malleon, y se detuvo para echar un vistazo al título—. Linajes e historia de las Grandes Casas de los Siete Reinos, con muchas descripciones de nobles caballeros, damas y sus descendientes —leyó en voz alta—. Una lectura tediosa donde las haya, en mi opinión. ¿Es vuestra poción para dormir, mi señor? Ned valoró durante un instante la posibilidad de decirle lo que sabía, pero las chanzas de Meñique le resultaban insufribles. Era un hombre demasiado astuto, y la sonrisa burlona no parecía borrársele nunca de los labios. —Jon Arryn estaba leyendo ese libro cuando cayó enfermo —dijo con cautela, para ver cómo respondía. —Entonces la muerte vino a aliviarlo de tanto sufrimiento —respondió como hacía siempre, con sarcasmo. Lord Petyr hizo una reverencia y se marchó. Eddard Stark maldijo entre dientes. No confiaba en ninguna persona de aquella ciudad, descontando a sus hombres. Meñique había ocultado a Catelyn y había ayudado a Ned en la investigación, pero se dio mucha prisa en salvar el pellejo cuando Jaime y sus guardias aparecieron en medio de la lluvia, y aquello no lo había perdonado. Varys era todavía peor. Pese a sus promesas de lealtad, el eunuco sabía demasiado, y hacía demasiado poco. El Gran Maestre Pycelle parecía cada vez más adepto a la causa de Cersei, y Ser Barristan era demasiado viejo, demasiado rígido. Le diría a Ned que cumpliera con su deber. El tiempo volaba. El rey no tardaría en regresar de su expedición de caza, y el honor exigía que Ned le contara todo lo que había descubierto. Vayon Poole lo había arreglado todo para que Sansa y Arya partieran en el Bruja del Viento, que zarparía de Braavos en menos de tres días. Llegarían a Invernalia antes de la cosecha. Ya no podía seguir diciéndose que la preocupación por su seguridad era la excusa de su demora en pasar a la acción. Pero la noche anterior había soñado con los hijos de Rhaegar. Lord Tywin había depositado los cadáveres al pie del Trono de Hierro, envueltos en las capas escarlatas de los guardias de su Casa. Había sido un movimiento astuto, a través del tejido rojo la sangre no destacaba tanto. La princesita estaba descalza, todavía con su túnica de dormir, y el niño... el niño... Ned no podía permitir que sucediera de nuevo. El reino no soportaría a un segundo rey loco, otra orgía de sangre y venganza. Tenía que salvar a los niños como fuera. Robert podía ser misericordioso. Ser Barristan no era el único hombre al que había perdonado. Tanto el Gran Maestre Pycelle como Varys la Araña y Lord Balón Greyjoy fueron en el pasado sus enemigos, y a todos les había otorgado su amistad, a todos les había permitido conservar honores y cargos, a cambio de su lealtad. Si un hombre era valiente y honesto, Robert lo trataba con todo el honor y el respeto debidos a un enemigo valiente. Pero aquello era otra cosa: veneno en la oscuridad, un puñal clavado en el alma. Aquello no lo podría perdonar, igual que no había perdonado a Rhaegar. Los mataría a todos. Ned estaba seguro. E, incluso así, no podía permanecer en silencio. Tenía un deber para con Robert, para con el reino, para con la sombra de Jon Arryn... y para con Bran, que sin duda se había tropezado con alguna parte de la verdad. ¿Por qué, si no, habían intentado asesinarlo? Aquella misma tarde hizo llamar a Tomard, el guardia corpulento de los bigotes color jengibre al que sus hijos llamaban Tom el Gordo. Ahora que Jory había muerto y Alyn estaba fuera, Tom el Gordo tenía el mando de la guardia de su Casa. Ned no se sentía del todo t