canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 262

literatura fantástica Juego de tronos EDDARD —El dolor es un regalo de los dioses, Lord Eddard —le dijo el Gran Maestre Pycelle—. Significa que el hueso se suelda y que la carne se cura. Podéis estar agradecido. —Estaré agradecido cuando la pierna me deje de doler. —La leche de la amapola, para cuando el dolor sea demasiado gravoso. —Pycelle puso un frasco con corcho sobre la mesita, junto a la cama. —Ya duermo demasiado. —El sueño es el mejor médico. —Tenía la esperanza de que lo fuerais vos. —Me alegra veros de un humor tan agresivo, mi señor. —Pycelle le dedicó una sonrisa débil. Se inclinó hacia él y bajó la voz—. Esta mañana llegó un cuervo, una carta para la reina de su señor padre. Me pareció que debíais saberlo. —Alas negras, palabras negras —citó Ned, sombrío—. ¿Qué mencionaba? —Lord Tywin está muy furioso porque enviasteis hombres en busca de Ser Gregor Clegane —le confió el maestre—. Justo como yo temía. Ya recordaréis que os lo dije en el Consejo. —Que siga furioso —replicó Ned. Cada vez que le palpitaba la pierna, recordaba la sonrisa de Jaime Lannister y a Jory muerto entre sus brazos—. Que escriba todas las cartas que quiera a la reina. Lord Beric cabalga bajo el estandarte del rey. Si Lord Tywin interfiere con la justicia del rey tendrá que responder ante el propio Robert. Si hay algo que a Su Alteza le gusta más que cazar es hacer la guerra contra los señores que osan desafiarlo. —Como queráis. —Pycelle se incorporó con un tintineo de su cadena de maestre—. Volveré a visitaros por la mañana. El anciano recogió apresuradamente sus cosas y se despidió. A Ned no le cabía la menor duda de que iría directamente a las estancias reales para hablar con la reina. «Me pareció que debíais saberlo...» Como si la propia Cersei no le hubiera ordenado a Pycelle que le transmitiera las amenazas de su padre. Deseaba que su respuesta hiciera rechinar aquellos dientes perfectos. Ned no confiaba tanto en Robert como quería aparentar, pero tampoco hacía falta que Cersei lo supiera. Cuando Pycelle salió, Ned pidió una copa de vino endulzado con miel. Eso también entumecía la mente, pero no tanto. Necesitaba pensar con claridad. Se había preguntado un millar de veces qué habría hecho Jon Arryn si hubiera vivido lo suficiente para dar una aplicación práctica a su descubrimiento. O tal vez había hecho algo, y eso le costó la vida. Resultaba curioso que, a veces, los ojos inocentes de un niño vieran cosas que quedaban ocultas para los adultos. Algún día, cuando Sansa fuera mayor, tendría que explicarle cómo ella había arrojado luz sobre el misterio. «No tiene nada que ver con el borracho del rey», había gritado, colérica e ignorante, y aquella sencilla verdad se había metido dentro de Ned con un frío mortífero. Sí, aquélla había sido la espada que mató a Jon Arryn y que, sin duda, iba a matar también a Robert, con una muerte más lenta pero igual de inevitable. Las piernas rotas se curaban con el tiempo, pero algunas traiciones se pudrían y envenenaban el alma. Meñique fue a visitarlo una hora después que el Gran Maestre, con una casaca color ciruela en la que destacaba un sinsonte bordado en negro en el pecho, y una capa a rayas blancas y negras. —Lamento deciros que no va a ser una visita larga, mi señor —anunció—. Lady Tanda m