canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 260

literatura fantástica Juego de tronos —Lo siento mucho, padre —dijo Arya alzando la vista—. Hice mal y ruego a mi querida hermana que me perdone. —¿Y qué pasa con mi vestido? —consiguió decir Sansa al final. Se había sobresaltado tanto que, durante un momento, se había quedado sin habla. —No sé... puedo lavártelo —dijo Arya, dubitativa. —No se puede lavar —replicó Sansa—. Ni aunque lo frotaras un día entero. La seda está estropeada. —Entonces te... te haré uno nuevo. —¿Tú? —Sansa echó la cabeza hacia atrás en gesto desdeñoso—. Los trapos que tu coses no valen ni para limpiar pocilgas. —No os he hecho venir para hablar de vestidos —dijo su padre después de soltar un suspiro—. Voy a enviaros de vuelta a Invernalia. Sansa se encontró sin palabras por segunda vez. Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. —No es posible —dijo Arya. —Por favor, padre —consiguió decir Sansa al final—. Por favor, no. —Al menos hemos encontrado un tema en el que estáis de acuerdo. —Eddard Stark dirigió a sus hijas una sonrisa cansada. —Yo no he hecho nada malo —le suplicó Sansa—. No quiero volver. —Le encantaba estar en Desembarco del Rey, el boato de la corte, la presencia de grandes damas y señores, con ropajes de terciopelo y seda, y con joyas; la gran ciudad y sus habitantes. Los días del torneo habían sido los más mágicos de su vida, ¡y aún le faltaba tanto por ver...! Las fiestas de la cosecha, los bailes de máscaras, las representaciones de comediantes... No soportaba la idea de perderse todo aquello. —Envía a Arya de vuelta, ella empezó, padre, te lo juro. Seré buena, ya lo verás, deja que me quede y te prometo que seré tan cortés y tan noble como la reina. —Si os envío de vuelta no es por la pelea, Sansa —dijo su padre con una mueca extraña— , aunque bien saben los dioses que estoy harto de vuestras riñas. Quiero que volváis a Invernalia porque allí estaréis a salvo. Asesinaron a tres de mis hombres como perros a una legua de este lugar, ¿y qué hace Robert? Se va de caza. Arya se mordisqueaba el labio, en su habitual mueca repugnante. —¿Puede venir Syrio con nosotras? —¿Y a quién le importa tu estúpido maestro? —estalló Sansa—. Padre, acabo de caer en la cuenta, no puedo marcharme, me voy a casar con el príncipe Joffrey. —Trató de dedicarle una sonrisa valiente—. Lo amo, padre, lo amo de todo corazón, lo amo tanto como amaba la reina Naerys al príncipe Aemon, el Caballero Dragón, tanto como a