literatura fantástica
Juego de tronos
— Quemó una aldea y asesinó a un montón de gente, incluso mujeres y niños.— Jaime Lannister asesinó a Jory— dijo Arya con el ceño fruncido—, a Heward y a Wyl, y el Perro asesinó a Mycah. A ésos sí que tendrían que cortarles las cabezas.— No es lo mismo— replicó Sansa—. El Perro es el escudo juramentado de Joffrey; y tu amiguito atacó al príncipe.— Mentirosa— rugió Arya. Apretó la naranja sanguina con tanta fuerza que el jugo le corrió entre los dedos.
— Eso, insúltame, ahora que puedes— dijo Sansa en tono frivolo—. Cuando esté casada con Joffrey ya no te atreverás. Tendrás que hacerme reverencias y llamarme « Alteza ».— Dejó escapar un grito cuando Arya le lanzó la naranja. Le dio en la frente con un golpe húmedo y le cayó en el regazo.— Tenéis una mancha de zumo en la cara, Alteza— dijo Arya. El zumo le goteaba por la nariz y le picaba en los ojos. Sansa se limpió con una servilleta. Cuando vio la mancha que le había dejado la fruta en el regazo del hermoso vestido de seda color marfil, dejó escapar otro grito.
—¡ Eres odiosa!— chilló a su hermana—. ¡ Tendrían que haberte matado a ti, y no a
Dama!—¡ Vuestro padre se va a enterar de esto!— dijo la septa Mordane poniéndose de pie—.
¡ Id a vuestras habitaciones, ahora mismo! ¡ Ahora mismo!—¿ Yo también?— A Sansa se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¡ No es justo!— No pienso discutir. ¡ A vuestras habitaciones! Sansa se alejó, con la cabeza bien alta. Iba a ser reina, y las reinas no lloraban, o no lloraban delante de nadie. Al llegar a sus habitaciones, cerró la puerta y se quitó el vestido. La naranja sanguina había dejado una gran mancha roja en la seda.
—¡ La odio!— gritó. Hizo una bola con el vestido y lo lanzó a la chimenea, sobre las cenizas frías del fuego de la noche anterior. Entonces vio que la mancha había calado hasta las enaguas, y muy a su pesar se le escapó un sollozo. Se arrancó el resto de la ropa, se tumbó en la cama y lloró hasta que se quedó dormida. Era ya mediodía cuando la septa Mordane llamó a su puerta.— Sansa. Tu señor padre quiere verte ahora mismo.— Dama— susurró Sansa mientras se sentaba en la cama. Por un momento fue como si la loba estuviera en la habitación, mirándola con sus ojazos dorados, tristes y sagaces. Comprendió que había estado soñando. En el sueño Dama la acompañaba, corrían juntas, y... y... Tratar de recordar era como intentar atrapar lluvia con los dedos. El sueño se esfumó, y Dama murió de nuevo.— Sansa.— Volvieron a sonar golpes en la puerta—. ¿ Me oyes?— Sí, septa— respondió—. Necesito un momento para vestirme, por favor.— Tenía los ojos hinchados de llorar, pero hizo todo lo posible por ponerse guapa.
Cuando la septa Mordane la acompañó hasta las habitaciones de su padre, Lord Eddard estaba sentado ante un gran libro encuadernado en piel, con la pierna entablillada rígida bajo la mesa.
— Ven aquí, Sansa— dijo con voz no exenta de cariño, mientras la septa iba a buscar a su hermana—. Siéntate a mi lado.
Cerró el libro. La septa Mordane regresó con Arya, a la que casi tenía que arrastrar. Sansa se había puesto una hermosa túnica de damasco color verde claro y también una expresión de arrepentimiento en la cara, pero su hermana llevaba todavía las ropas desastradas de cuero que tenía durante el desayuno.— Aquí está la otra— anunció la septa.— Gracias, septa Mordane. Si tenéis la amabilidad, quiero hablar a solas con mis hijas. La septa se inclinó y se marchó.— Arya empezó— dijo Sansa a toda prisa, deseosa de ser la primera en hablar—. Me llamó mentirosa, me tiró una naranja y me estropeó el vestido, el de seda color marfil que la reina Cersei me regaló cuando me prometí al príncipe Joffrey. Me odia porque voy a casarme con el príncipe. Quiere estropearlo todo, padre, no soporta nada que sea bonito, ni lujoso, ni espléndido.
— Ya basta, Sansa.— La voz de su padre estaba cargada de impaciencia.
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