literatura fantástica
Juego de tronos
doradas, el emblema de su Casa—. Os suplico el honor de que me permitáis actuar en vuestro lugar. Encomendadme esa tarea, mi señor, y juro que no os fallaré.
— Ser Loras, si os enviamos a vos— dijo Meñique con una risita—, Ser Gregor nos enviará a cambio vuestra cabeza con una pluma metida en esa preciosa boquita que tenéis. La Montaña no es el tipo de persona que inclina la cabeza ante la justicia de cualquier hombre.— No temo a Gregor Clegane— replicó Ser Loras, altanero. Ned volvió a sentarse en el duro asiento de hierro que era el trono deforme de Aegon.
Escudriñó con la mirada los rostros que se alineaban junto al muro.
— Lord Beric— llamó—. Thoros de Myr. Ser Gladden. Lord Lothar.— Los nombrados se fueron adelantando, uno a uno—. Deberéis reunir un grupo de veinte hombres cada uno, y llevar mi palabra a la fortaleza de Gregor. Veinte de mis guardias os acompañarán. Lord Beric Dondarrion, tendréis el mando general, como corresponde a vuestro rango.
— A vuestras órdenes, Lord Eddard— dijo el joven señor del pelo dorado rojizo con una reverencia.
— En nombre de Robert de la Casa Baratheon— exclamó Ned alzando la voz para que llegara a todos los extremos del salón del trono—, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; yo, Eddard de la Casa Stark, su Mano, os encomiendo cabalgar hacia las tierras de occidente, cruzar el Forca Roja del Tridente bajo la bandera del rey, y llevar la justicia del rey al falso caballero Gregor Clegane, y a todos aquellos que hayan sido partícipes de sus crímenes. Yo lo denuncio, lo deshonro, lo despojo de su rango y títulos, de todas sus tierras, propiedades e ingresos, y lo sentencio a muerte. Que los dioses se apiaden de su alma.
Apenas se hubo extinguido el eco de sus palabras, el Caballero de las Flores se adelantó, perplejo. 457—¿ Y qué pasa conmigo, Lord Eddard? Ned lo miró. Visto desde el trono, Loras Tyrell parecía casi tan joven como Robb.— Nadie pone en duda vuestro valor, Ser Loras, pero ahora se trata de justicia, y lo que buscáis vos es venganza.— Se volvió hacia Lord Beric—. Emprended el camino al alba. Estas cosas es mejor hacerlas deprisa.— Alzó una mano—. El trono no escuchará hoy más peticiones.
Alyn y Porther subieron los escalones de hierro que llevaban al trono para ayudarlo a descender. Ned no pudo dejar de advertir la mirada hosca de Loras Tyrell, pero el muchacho se alejó antes de que llegara a su altura.
Al pie de la base del Trono de Hierro, Varys recogía papeles de la mesa del Consejo. Meñique y el Gran Maestre Pycelle se habían marchado ya.— Tenéis más valor que yo, mi señor— dijo con voz suave el eunuco.—¿ Por qué lo decís, Lord Varys?— preguntó Ned en tono brusco. La pierna le dolía mucho y no estaba de humor para juegos de palabras.
— De haber estado en vuestro lugar, yo habría enviado a Ser Loras. Lo deseaba con tanta vehemencia... y cualquier hombre que tenga por enemigos a los Lannister haría bien en ganarse la amistad de los Tyrell.— Ser Loras es joven— replicó Ned—. Ya se le pasará la decepción.—¿ Y qué hay de Ser Ilyn?— El eunuco se acarició la mejilla regor-deta y empolvada—. Al fin y al cabo él es la Justicia del Rey. Eso de enviar a otros hombres a cumplir con las misiones de su cargo... hay quien lo consideraría un insulto grave.
— No era mi intención.— La verdad era que Ned no confiaba en el caballero mudo, aunque tal vez fuera porque no le gustaban los ejecutores—. Os recuerdo que los Payne son vasallos de la Casa Lannister. Me pareció más adecuado elegir hombres que no debieran lealtad alguna a Lord Tywin.
— Una decisión prudente, no me cabe duda— dijo Varys—. Pero dio la casualidad de que vi a Ser Ilyn al fondo de la sala, mirándonos con sus ojos claros, y la verdad, no parecía nada contento, aunque eso es siempre difícil de asegurar cuando se trata de nuestro silencioso caballero. Supongo que a él también se le pasará. Aunque le gusta tanto su trabajo...
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