canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 255

literatura fantástica Juego de tronos «Que es probablemente lo que quiere Lord Tywin —se dijo Ned para sus adentros—, mermar las fuerzas de Aguasdulces, engañar al chico para que disperse a sus hombres.» El hermano de su esposa era joven, y más valeroso que inteligente. Intentaría defender cada centímetro de sus tierras, a cada hombre, mujer y niño de los que lo llamaban señor, y Tywin Lannister, astuto como era, lo sabría. —Si vuestros campos y aldeas están a salvo de todo daño —decía Lord Petyr—, ¿qué pedís al trono? —Los señores del Tridente mantienen la paz del rey —respondió Ser Raymun Darry—. Los Lannister la han quebrado. Pedimos permiso para darles cumplida respuesta, acero por acero. Pedimos justicia para los habitantes de Sherrer, de Wendish y del Vado del Titiritero. —Edmure está de acuerdo, debemos pagar a Gregor Clegane con su misma moneda sangrienta —declaró Marq—, pero el anciano Lord Hoster nos ordenó venir aquí a pedir el permiso del rey antes de atacar. «Gracias a los dioses por el anciano Lord Hoster.» Tywin Lannister tenía tanto de zorro como de león. Si era verdad que había enviado a Ser Gregor para quemar y saquear, y de eso a Ned no le cabía la menor duda, se había asegurado de que lo hiciera amparado en la noche, sin estandartes, como un vulgar bandolero. Cuando Aguasdulces contraatacara, Cersei y su padre insistirían en que los que habían roto la paz del rey habían sido los Tully, no los Lannister. Y sólo los dioses sabían a quién creería Robert. —Mi señor Mano —lo interpeló el Gran Maestre Pycelle, que se había levantado de nuevo—, si estos aldeanos creen que Ser Gregor ha dejado de lado sus votos sagrados para dedicarse a las violaciones y el pillaje, que vayan a presentar tales quejas a su señor. Estos crímenes no tienen nada que ver con el trono. Que busquen la justicia de Lord Tywin. —Toda justicia es justicia del rey —replicó Ned—. Todo lo que hacemos en el norte, en el sur, en el este o en el oeste, es en nombre de Robert. —Es la justicia del rey —insistió el Gran Maestre Pycelle—. Por lo tanto, deberíamos aplazar este asunto hasta que Su Alteza... —El rey está cazando al otro lado del río, y puede que no regrese en varios días —dijo Lord Eddard—. Robert me ordenó ocupar su lugar, escuchar con sus oídos y hablar con su voz. Y es precisamente lo que voy a hacer... aunque estoy de acuerdo en que se le debe comunicar este asunto. —Divisó bajo los tapices un rostro conocido—. Ser Robar —llamó. —Mi señor. —Ser Robar Royce dio un paso al frente e hizo una reverencia. —Vuestro padre está cazando con el rey —dijo Ned—. ¿Queréis ir a llevarles la noticia de lo que se ha dicho y hecho hoy aquí? —Al momento, mi señor. —¿Tenemos pues vuestro permiso para emprender la venganza contra Ser Gregor? — preguntó Marq Piper al trono. —¿Venganza? —inquirió Ned—. Pensaba que estábamos hablando de justicia. Con quemar los campos de Clegane y matar a sus siervos no se recuperará la paz del rey, no haréis más que poner parches en vuestro orgullo. —Apartó la vista antes de que el joven caballero pudiera protestar airadamente, y se dirigió a los aldeanos—. Habitantes de Sherrer, no puedo devolveros los hogares ni las cosechas, ni tampoco devolver la vida a vuestros muertos. Pero quizá pueda mostraros, aunque sea en pequeña medida, la justicia de nuestro rey Robert. Todos los ojos de la sala estaban clavados en él, a la espera. Ned se puso en pie muy despacio y se levantó del trono con la fuerza de los brazos, haciendo caso omiso del dolor punzante en la pierna rota; no era el mejor momento para que nadie advirtiera su debilidad. —Los primeros hombres creían que el juez que ordena la muerte debe ser también el que esgrima la espada, y en el norte todavía nos regimos por esa costumbre. No me gusta enviar a nadie a matar en mi nombre... pero me temo que no tengo otro remedio —dijo señalándose la pierna herida. —¡Lord Eddard! —El grito procedía del ala oeste de la sala. Un muchachito muy joven y atractivo se adelantó con paso osado. Sin la armadura, Ser Loras Tyrell ni siquiera aparentaba sus dieciséis años. Llevaba ropas de seda color azul celeste, y su cinturón era una cadena de rosas 255