canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 254
literatura fantástica
Juego de tronos
—Tienes más razón de la que crees, buena mujer —le dijo Lord Eddard—. Decís que no
llevaban estandarte. ¿Y qué armaduras utilizaban? ¿Alguno de vosotros se fijó en los adornos, en las
decoraciones, cualquier detalle de los escudos o de los yelmos?
—Me duele deciros esto, mi señor —contestó Joss, el cervecero, sacudiendo la cabeza—, pero
no, las armaduras que llevaban eran sencillas. Sólo... bueno, el que parecía que mandaba, la armadura
suya era igual que las otras, pero llamaba la atención. Era por el tamaño, mi señor. Quien diga que los
gigantes ya no existen es porque no ha visto a este hombre, os lo juro. Era grande como un buey, y su
voz retumbaba como un trueno.
—¡La Montaña! —exclamó Ser Marq de manera que todos lo oyeran—. ¿A alguien le cabe la
menor duda? Esto ha sido obra de Gregor Clegane.
Ned oyó murmullos bajo las ventanas y al otro extremo de la sala. Hasta en las galerías se
escuchaban susurros nerviosos. Tanto los grandes señores como el pueblo llano entendían qué
significaría que Ser Marq estuviera en lo cierto. Ser Gregor Clegane era vasallo de Lord Tywin
Lannister.
Escudriñó los rostros aterrados de los aldeanos. No era de extrañar que estuvieran tan
asustados: creían que los habían arrastrado allí para llamar asesino a Lord Tywin, ante el rey que
estaba casado con su hija. Seguramente los caballeros no les habían dejado elección.
El Gran Maestre Pycelle se levantó pausadamente de su lugar en la mesa del Consejo. La
cadena que simbolizaba su cargo tintineó.
—Con todos los respetos, Ser Marq, no podéis saber si ese forajido era Ser Gregor o no. En el
reino hay muchos hombres corpulentos.
—¿Tan corpulentos como la Montaña que Cabalga? —replicó Ser Karyl—. Yo no he
conocido a ninguno.
—Ni nadie entre los presentes —añadió Ser Raymun, ardoroso—. Hasta su hermano parece un
cachorrillo en comparación. Abrid los ojos, mis señores. ¿Os hace falta ver su sello sobre los
cadáveres? Fue Gregor.
—¿Por qué iba a actuar Ser Gregor como un bandido? —preguntó Pycelle—. Su señor le
otorgó una fortaleza y tierras propias. Es un caballero ungido.
—¡Un falso caballero! —replicó Ser Marq—. Es el perro rabioso de Lord Tywin.
—Mi señor Mano —declaró Pycelle con tono rígido—, os ruego que recordéis a este «buen»
caballero que Lord Tywin Lannister es el padre de nuestra amada reina.
—Gracias, Gran Maestre Pycelle —dijo Ned—. Si no llegáis a decirlo quizá lo hubiéramos
olvidado.
Desde su lugar privilegiado en el trono, vio cómo varios hombres salían a hurtadillas por la
puerta del fondo de la sala. Los conejos corrían a esconderse... o tal vez las ratas iban a mordisquear el
queso de la reina. Divisó a la septa Mordane en la galería, acompañando a su hija Sansa. Ned sintió un
ramalazo de ira: aquél no era lugar apropiado para una niña. Pero la septa no podía haber imaginado
que la sesión iba a ir más allá de la tediosa rutina de escuchar peticiones, zanjar disputas entre aldeas
rivales y marcar límites entre poblados.
Abajo, junto a la mesa del Consejo, Petyr Baelish pareció perder interés en la pluma y se
inclinó hacia delante.
—Ser Marq, Ser Karyl, Ser Raymun... ¿puedo haceros una pregunta? Esas aldeas estaban bajo
vuestra protección. ¿Dónde estabais mientras tenían lugar tantos asesinatos e incendios?
—Yo estaba al lado de mi señor padre, en el paso bajo el Colmillo Dorado —respondió Ser
Karyl—. Igual que Ser Marq. Cuando Ser Edmure Tully recibió la noticia de estas afrentas, nos envió
instrucciones de organizar un grupo de hombres para buscar a los supervivientes que hubiera y traerlos
ante el rey.
—Ser Edmure me había convocado a Aguasdulces, junto con todos mis hombres —explicó
por su parte Ser Raymun Darry—. Estaba acampado al otro lado del río, aguardando sus órdenes,
cuando me llegó la noticia. Cuando regresé a mis tierras, Clegane y sus alimañas ya estaban al otro
lado del Forca Roja, en las colinas de Lannister.
—¿Y si vuelven, señor? —Meñique se acarició la barbita puntiaguda, pensativo.
—Si vuelven su sangre regará los campos que quemaron —declaró Ser Marq Piper, en tono
fervoroso.
—Ser Edmure ha enviado hombres a todo pueblo y aldea a menos de un día a caballo de la
frontera —explicó Ser Karyl.
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