canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 257

literatura fantástica Juego de tronos SANSA —No quiso enviair a Ser Loras —contó Sansa a Jeyne Poole aquella noche, mientras compartían una cena fría a la luz de la lamparilla—. Me parece que ha sido por lo de la pierna. Lord Eddard haibía hecho que le llevaran la cena a sus aposentos para tomarla con Alyn, Harwin y Vayon Poole, y así poder descansar de sus heridas; y la septa Mordane se había quejado de que tenía los pies en carne viva después? de estar en la galería todo el día. Arya debería estar con ellas, pero lleg;aba tarde de su lección de danza. —¿La pierna? —preguntó Jeyne, insegura. Era una chiquilla bonita, de pelo oscuro, y tenía la misma edad que Sansa—. ¿Es que Ser Loras se ha hecho daño en la pierna? —No, él no, tomta —replicó Sansa mientras mordisqueaba con delicadeza un muslo de pollo—. La pierna de mi padre. Le duele tanto que está siempre de rmuy rnal humor. Si no, habría enviado a Ser Loras, seguro. La decisión de su padre le había parecido sorprendente. Cuando el Caballero de las Flores se adelantó, dio por seguro que estaba a punto de ver cómo cobraba vida una de las historias de la Vieja Tata. Ser Gregor era el monstruo, y Ser Loras el gran héroe que lo iba a matar. Hasta su aspecto era el de un gran héroe, porque era muy guapo y esbelto, con aquel cinturón de rosas doradas y aquella cabellera castaña que le caía sobre los ojos. ¡Y su padre lo rechazó! Aquello la había disgustado muchísimo. Se lo había dicho a la septa Mordane mientras bajaban de la galería, pero la mujer le respondió que no le correspondía a ella cuestionar las decisiones de su señor padre. Y había sido entonces cuando Lord Baelish interrumpió su conversación. —No sabría qué decir, septa. Su señor padre ha tomado algunas decisiones que él mismo habría hecho bien en cuestionar. La joven dama es tan sabia como hermosa. —Hizo una reverencia a Sansa, una inclinación tan profunda que la niña no supo si era un cumplido o una burla. —La niña sólo hacía comentarios, mi señor —dijo la septa Mordane que se había puesto muy nerviosa al darse cuenta de que Lord Baelish se había enterado de su conversación—. Simple charla. No pretendía decir nada. —¿Nada? —Lord Baelish se acarició la barbita puntiaguda—. Cuéntame, pequeña, ¿por qué habrías enviado tú a Ser Loras? —A Sansa no le quedó más remedio que hablarle de los héroes y los monstruos. El consejero del rey sonrió—. Bueno, no son precisamente los argumentos que habría planteado yo, pero... —Le acercó la mano al rostro y le siguió con el dedo la línea del pómulo—. La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso. A Sansa no le apetecía contarle todo aquello a Jeyne. De hecho, sólo con pensar en el tema se ponía nerviosa. —La Justicia del Rey es Ser Ilyn, no Ser Loras —señaló Jeyne—. Lord Eddard debería haberlo enviado a él. Sansa se estremeció. Siempre que veía a Ser Ilyn le pasaba lo mismo. Tenía la sensación de que le correteara una cosa muerta sobre la piel desnuda. —Ser Ilyn es casi como otro monstruo. Me alegro de que mi padre no lo eligiera. —Pues Lord Beric es tan héroe como Ser Loras. Es tan valiente, tan guapo... —Sí, bueno... —titubeó Sansa. Beric Dondarrion era atractivo, sin duda, pero también era muy viejo, tenía casi veintidós años. El Caballero de las Flores habría sido mucho mejor. Pero claro, Jeyne se había enamorado de Lord Beric desde la primera vez que lo vio en las justas. En opinión de Sansa, Jeyne se comportaba como una tonta. Al fin y al cabo no era más que la