canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | 页面 243

literatura fantástica
Juego de tronos
alzaban al oeste de la Torre Sombría, los que luchaban contra los salvajes, los gigantes y los terribles osos de las nieves.
— Yo no quiero— dijo Halder—. Prefiero estar con los constructores. ¿ De qué servirían los exploradores si el Muro se viniera abajo?
De la orden de los constructores salían los albañiles y los carpinteros, que se encargaban del mantenimiento de las torres y fortalezas; los mineros, que cavaban túneles y trituraban rocas para empedrar caminos y senderos, y los leñadores, que despejaban la maleza siempre que el bosque presionaba demasiado contra el Muro. Se decía que, en cierta ocasión, habían acarreado sobre trineos bloques inmensos de hielo desde los lagos helados, en lo más profundo del Bosque Encantado, para llevarlos hacia el sur y elevar todavía más el Muro. Pero había sido en tiempos ya muy lejanos; en aquellos momentos apenas si daban abasto a recorrer el Muro desde Guardiaoriente a la Torre Sombría, siempre alerta en busca de grietas o zonas derretidas, para realizar las reparaciones necesarias.
— El Viejo Oso no es ningún idiota— señaló Dareon—. Seguro que a ti te hacen constructor, y a Jon, explorador. Es el que mejor monta y el que mejor maneja la espada de todos nosotros, y su tío era el capitán de los exploradores antes de...— Se dio cuenta de lo que había estado a punto de decir y se interrumpió, avergonzado.
— Benjen Stark todavía es el capitán de los exploradores— le dijo Jon mientras jugueteaba con su cuenco de arándanos. Quizá los demás dieran ya por perdido a su tío, pero él no. Apartó a un lado el postre que apenas había tocado y se levantó del banco.—¿ No te lo vas a comer?— preguntó Sapo.— Todo tuyo.— Jon casi no había probado el excelente festín de Hobb—. No me cabe ni un bocado más.— Recogió la capa que colgaba de un gancho cerca de la puerta y se dirigió hacia la salida. Pyp corrió tras él.—¿ Qué te pasa, Jon?— Es Sam— dijo el muchacho—. Hoy no se ha sentado a la mesa.— No es propio de él perderse una comida— asintió Pyp, pensativo—. ¿ Crees que estará enfermo?
— Lo que está es asustado. Lo vamos a dejar solo.— Recordó el día en que había partido de Invernalia, rememoró las despedidas agridulces; Bran, inconsciente, y Robb con el pelo lleno de nieve, y los besos de Arya cuando le regaló a Aguja—. Una vez pronunciemos los juramentos, tendremos obligaciones. Puede que a algunos nos envíen fuera, a Guardiaoriente o a la Torre Sombría. Sam tendrá que seguir entrenándose, con tipos de la calaña de Rast o Cuger, y con los nuevos que vienen por el camino real. Los dioses saben cómo serán, pero seguro que Ser Alliser nace que se enfrenten a él en cuanto tenga ocasión.— Has hecho todo lo que has podido— le dijo Pyp con una mueca.— Todo lo que he podido hacer no ha bastado— replicó Jon. Inquieto, se dirigió hacia a la Torre Hardin para buscar a Fantasma. El lobo huargo lo siguió hasta los establos. Cuando entraron, los caballos más asustadizos empezaron a cocear en los compartimientos y agacharon las orejas. Jon ensilló su yegua, montó y salió del Castillo Negro en dirección sur, bajo la luna que iluminaba la noche. Fantasma corría por delante de él, casi parecía volar, y desapareció en un instante. Los lobos necesitaban cazar.
Jon cabalgaba sin rumbo fijo. Sólo quería montar. Durante un rato siguió el curso del arroyo, escuchando el discurrir del agua helada sobre las rocas, y luego cortó campo a través para llegar al camino real. Se extendía ante él, estrecho y pedregoso, lleno de hierbajos. No parecía nada prometedor, pero con sólo verlo el corazón de Jon Nieve se llenó de nostalgia. Si siguiera aquel camino llegaría a Invernalia y a Aguasdulces, a Desembarco del Rey, al Nido de Águilas y a tantos otros lugares: Roca Casterly, la Isla de los Rostros, las montañas rojas de Dorne, las cien islas de Braavos en el mar, las ruinas humeantes de la antigua Valyria... Lugares que Jon no vería jamás. El mundo estaba al otro lado de aquel camino, y él estaba allí.
Una vez hiciese los juramentos, el Muro sería su hogar hasta que fuera tan viejo como el maestre Aemon.— Pero aún no he jurado nada— susurró. No era ningún forajido, obligado a elegir entre pagar por sus crímenes o vestir el negro. Había ido allí por su voluntad y de la misma manera podía marcharse... siempre que no hiciera el juramento. Sólo tenía que seguir cabalgando y todo quedaría atrás. Antes de que brillara la luna llena estaría en Invernalia, con sus hermanos.
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