canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 224
literatura fantástica
Juego de tronos
TYRION
—¿Quieres comer? —le preguntó Mord con el ceño fruncido. Llevaba en las manos gruesas,
de dedos coitos, un plato de alubias cocidas.
Tyrion Lannister se moría de hambre, pero no quería que aquel animal notara su debilidad.
—Una pierna de cordero, muchas gracias —replicó desde el montón de paja sucia que había
en un rincón de su celda—. Y un plato de guisantes y cebollitas, si puede ser; pan recién hecho, con
mantequilla, y una jarra de vino tibio para bajarlo todo. Si no hay, cerveza, me da igual. No quiero ser
demasiado exigente.
—Son alubias —dijo Mord—. Toma.
Le tendió el plato. Tyrion suspiró. El carcelero era una mole de ciento cuarenta kilos de
estupidez pura, con dientes amarillentos podridos y ojos oscuros diminutos. En el lado izquierdo de la
cara tenía una cicatriz espantosa de un hacha, que le había cortado la oreja y parte de la mejilla. Era
tan predecible como feo, pero lo cierto era que Tyrion tenía mucha hambre. Tendió la mano para coger
el plato.
Mord lo apartó, sonriente.
—Aquí lo tienes —dijo, manteniéndolo fuera del alcance de Tyrion.
—¿Tenemos que jugar a la misma tontería en cada comida? —El enano se puso en pie
trabajosamente, le dolían todas las articulaciones. Hizo otro intento por alcanzar las alubias. Mord
retrocedió y le mostró los dientes podridos en una sonrisa.
—Aquí las tienes, enano. —Mantuvo el plato en alto, con el brazo extendido, más allá del
borde donde la celda terminaba y empezaba el cielo abierto—. ¿No tienes hambre? Toma, ven a
cogerlas.
Los brazos de Tyrion eran demasiado cortos para alcanzar el plato, y tampoco tenía intención
de acercarse tanto al borde. Bastaría un empujón de la pesada barriga blanca de Mord para que se
convirtiera en una mancha roja en las piedras de Cielo, al igual que les había sucedido a tantos
prisioneros del Nido de Águilas a lo largo de los siglos.
—Bien pensado, no tengo tanta hambre —declaró mientras se retiraba al rincón de la celda.
Mord gruñó, abrió los dedos, y el viento se llevó el plato. Unas cuantas alubias se colaron en
la celda mientras la comida caía al vacío. El carcelero se echó a reír, con lo que su barriga se agitó
como si fuera de gelatina.
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—Jodido cabrón, hijo de una mula con viruelas —escupió Tyrion, que no pudo contener la
rabia—. Ojalá te mueras comido por la sífilis. —Al salir, Mord le asestó una buena patada en las
costillas con la bota de puntera de acero—. Lo pagarás —gimió, doblado sobre sí mismo en el lecho
de paja—. ¡Te mataré con mis manos, lo juro!
La pesada puerta blindada se cerró de golpe. Tyrion oyó el tintineo de las llaves.
Para ser tan pequeño tenía una boca muy grande. Ésa era su maldición, reflexionó mientras se
arrastraba hacia el rincón de lo que los Arryn llamaban, no sin cierto humor, su mazmorra. Se acurrucó
bajo la fina manta que era todo su lecho, y se dedicó a contemplar el cielo azul y las montañas lejanas
que parecían extenderse hasta el infinito. Añoraba con todas sus fuerzas la capa de gatosombra que le
había ganado jugando a los dados a Marillion, quien a su vez la había robado del cadáver del jefe
muerto de los bandoleros. Recordaba que las pieles hedían a sangre y a moho, pero eran gruesas y
cálidas. Mord se la había quitado nada más verla.
El viento le tironeaba de la manta con ráfagas afiladas como zarpazos. La celda era diminuta
hasta para un enano. A metro y medio de donde se encontraba, donde debía haber un muro, donde en
una mazmorra real habría un muro, terminaba el suelo y empezaba el cielo. Tenía aire fresco
abundante, la luz del sol, y por las noches veía la luna y las estrellas, pero lo habría cambiado todo por
el agujero más sombrío y húmedo de las entrañas de Roca Casterly.
—Volarás —le había asegurado Mord al empujarlo hacia el interior de la celda—. Dentro de
veinte días, o de treinta, o a lo mejor de cincuenta. Pero volarás.
Los Arryn contaban con la única mazmorra de todo el reino en la que se permitía a los
prisioneros escapar cuando lo desearan. Aquel primer día, tras pasarse horas reuniendo el valor que le
quedaba, Tyrion se tendió de bruces en el suelo y se arrastró hasta el borde para asomar la cabeza y
mirar abajo. Divisó Cielo a unos doscientos metros en picado. Asomó la cabeza y la giró cuanto pudo,
y vio otras celdas a la derecha y a la izquierda, y también sobre la suya. Estaba en una colmena de
piedra y le habían arrancado las alas.
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