canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 214

literatura fantástica
Juego de tronos
sombras, sus amigos más cercanos. Drogo los llamaba « sangre de mi sangre », y eso eran: compartían una vida. Las antiguas tradiciones de los señores de los caballos exigían que, si el khal moría, sus jinetes de sangre murieran con él, para cabalgar a su lado en las tierras de la noche. Si el khal moría a manos de algún enemigo, ellos vivían lo justo para vengarlo y luego lo seguían con alegría a la tumba. Siempre según Jhiqui, en algunos khalasars los jinetes de sangre compartían el vino del khal, su tienda, incluso sus esposas, aunque jamás sus caballos. El caballo de un hombre era sólo suyo.
Daenerys se alegraba de que Khal Drogo no siguiera las antiguas tradiciones. No le habría gustado que la compartieran. Y, aunque el viejo Cohollo la trataba con amabilidad, los demás le daban miedo. Haggo, que era enorme y silencioso, la miraba a menudo como si hubiera olvidado quién era. Y Qotho tenía ojos crueles y manos rápidas con las que le gustaba hacer daño. Siempre que tocaba a Doreah le dejaba magulladuras en la delicada piel blanca, y a veces hacía que Irri sollozara en medio de la noche. Hasta sus caballos le tenían miedo.
Pero estaban unidos a Drogo en la vida y en la muerte, así que a Dany no le quedaba más remedio que aceptarlos. Y a veces deseaba que a su padre lo hubieran protegido hombres como aquéllos. En las canciones, los caballeros blancos de la Guardia Real eran siempre nobles, valientes y leales, pero había sido uno de ellos el que asesinó al rey Aerys, el atractivo muchacho al que ahora llamaban Matarreyes; y otro Ser Barristan el Bravo, estaba al servicio del Usurpador. Quizá todos los hombres de los Siete Reinos fueran así de falsos. Cuando su hijo se sentara en el Trono de Hierro, ella se encargaría de que tuviera jinetes de sangre para protegerlo de los traidores de la Guardia Real.
— Khaleesi— le dijo Cohollo en dothraki—, Drogo, que es la sangre de mi sangre, me envía a decirte que esta noche debe ascender a la Madre de las Montañas para hacer sacrificios a los dioses en gratitud por su regreso.
Dany sabía que sólo los hombres podían pisar la Madre. Los jinetes de sangre del khal irían con él y no regresarían hasta el amanecer.
— Dile a mi sol y estrellas que sueño con él, y espero ansiosa su retorno— respondió agradecida.
A medida que el bebé crecía dentro de ella Dany se cansaba cada vez con mayor facilidad, le sentaría bien una noche de descanso. El embarazo no había hecho más que inflamar la pasión de Drogo, y últimamente sus atenciones la dejaban exhausta.
Doreah la guió hacia la colina hueca que le habían habilitado para ella y para su khal. El interior era fresco y umbrío, como una tienda de tierra.— Un baño, Jhiqui, por favor— ordenó. Deseaba quitarse de la piel el polvo del viaje y poner en remojo los huesos agotados. La perspectiva de permanecer allí un tiempo y de que no tendría que subir a lomos de la plata a la mañana siguiente le resultaba agradable. El agua estaba muy caliente, tal como a ella le gustaba. lili I— Esta noche le daré a mi hermano los regalos— decidió mientras Jhiqui le lavaba el pelo—. En la ciudad sagrada, debe parecer un rey.— Viserys era más amable con la chica lysena que con las criadas doth-rakis, quizá porque el magíster Illyrio le había dejado que se la llevara a la cama en Pentos—. Irri, ve al bazar y compra fruta y carne. De la que sea, menos de caballo.— Pues es la mejor— dijo Irri—. El caballo da fuerza a los hombres.— Viserys detesta la carne de caballo.— Como deseéis, khaleesi. Volvió con una pata de cabra y una cesta de frutas y verduras. Jhiqui asó la carne con hierbadulce y chiles, bañándola con miel de cuando en cuando. Había comprado melones, granadas, ciruelas y algunas frutas orientales extrañas que Dany no conocía. Mientras las doncellas preparaban la comida, Dany sacó las ropas que habían mandado hacer a medida para su hermano: túnica y polainas de lino blanco, sandalias de cuero con cordones hasta la rodilla, cinturón adornado con medallones de bronce y chaleco de cuero con dibujos de dragones que lanzaban fuego por las fauces. Tenía la esperanza de que los dothrakis lo respetarían más si se quitaba de encima aquel aspecto de mendigo, y quizá él la perdonaría por haberlo avergonzado aquel día en la hierba. Al fin y al cabo seguía siendo su rey y su hermano. Los dos eran de la sangre del dragón.
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