literatura fantástica Juego de tronos
— Es mucho el odio que sientes contra ese tal Lord Stark— dijo Dany.
— Él me quitó todo lo que amaba, por culpa de unos piojosos cazadores furtivos y de su condenado honor— replicó con amargura. Dany advirtió en su tono de voz que la pérdida aún le dolía. El caballero cambió de tema con rapidez—. Mirad allí— señaló—. Vaes Dothrak. La ciudad de los señores de los caballos.
Khal Drogo y sus jinetes de sangre los precedieron por el inmenso bazar que era el Mercado Occidental, hacia las calles anchas que discurrían más adelante. Dany los seguía de cerca sobre la plata, sin dejar de observar todo lo extraño que la rodeaba. Vaes Dothrak era la ciudad más grande que había conocido, y también la más pequeña, todo al mismo tiempo. Calculó que tendría diez veces el tamaño de Pentos, era una inmensa extensión sin muros ni límites, con amplias calles azotadas por el viento, pavimentadas con barro y hierba, cubiertas por una alfombra de flores silvestres. En las Ciudades Libres del oeste se amontonaban los edificios, torres contra casas, cabanas contra puentes, tiendas contra pabellones. Pero Vaes Dothrak se extendía indolente bajo el sol abrasador, antigua, arrogante, vacía.
Hasta los edificios le resultaban extraños. Vio pabellones de piedra trabajada, casas de hierba trenzada grandes como castillos, raquíticas torres de madera, pirámides escalonadas con revestimientos de mármol, salones enormes sin tejado. Algunos palacios no tenían paredes, sino setos espinosos.— No hay dos casas iguales— dijo.— En eso a vuestro hermano no le faltaba razón— reconoció Ser Jorah—. Los dothrakis no construyen. Hace mil años, para hacer una casa se limitaban a excavar un agujero en el suelo y cubrirlo con un techo de paja trenzada. Los edificios que veis los erigieron esclavos capturados en las tierras que habían saqueado, y claro, los construyeron al estilo de sus respectivos pueblos.— Muchas edificaciones, incluso algunas de las más grandes, parecían desiertas.
—¿ Dónde están los que viven ahí?— preguntó Dany. En el bazar había visto multitud de niños que correteaban y de hombres que pregonaban a voces sus mercancías, pero en el resto de la ciudad sólo había unos cuantos eunucos dedicados a sus asuntos.
— En la ciudad sagrada sólo residen de manera permanente las viejas brujas del dosh khaleen, junto con sus esclavos y sirvientes— respondió ser Jorah—, pero en Vaes Dothrak habría sitio para alojar a todos los hombres de todos los khalasars, por si los khals quisieran regresar a la vez a la Madre. Las viejas brujas han profetizado que eso sucederá algún día, así que Vaes Dothrak debe estar en condiciones de acoger a todos sus hijos.
Por fin, Khal Drogo dio orden de detener la marcha cerca del Mercado Oriental, el lugar donde comerciaban las caravanas procedentes de Yi Ti, Asshai y las Tierras Sombrías, al pie de la Madre de las Montanas. Dany sonrió al recordar a la joven esclava del magíster Illyrio y su charla incesante sobre un palacio con doscientas habitaciones y puertas de plata maciza. El « palacio » era una sala de banquetes inmensa, de madera, con paredes de troncos de doce metros de altura, y un techo de seda bordada que se podía alzar para protegerse de las escasas lluvias o quitar para que se viera el cielo infinito. En torno a la edificación había una extensión de hierba para los caballos vallada con setos altos, agujeros para las hogueras, y cientos de casas redondas de barro con techos de hierba que surgían del suelo como colinas en miniatura.
Un ejército de esclavos se había adelantado para prepararlo todo para la llegada de Khal Drogo. En cuanto los jinetes desmontaban, se quitaban los arakhs y los entregaban junto con el resto de armas que portaran a los esclavos. Ni siquiera Khal Drogo constituía una excepción. Ser Jorah había contado a Dany que estaba prohibido llevar armas en Vaes Doth-rak, así como derramar la sangre de un hombre libre. Hasta los khalasars enfrentados en guerra dejaban a un lado sus disputas y compartían la carne y el aguamiel cuando se encontraban bajo la mirada de la Madre de las Montañas. En aquel lugar, las viejas brujas del dosh khaleen habían decretado que todos los dothrakis fueran una sola sangre, un solo khalasar, un solo pueblo.
Cohollo se acercó a Dany mientras Irri y Jhiqui la ayudaban a bajarse de la plata. De los tres jinetes de sangre de Drogo, era el de más edad. Se trataba de un hombre calvo y rechoncho, con la nariz ganchuda y los dientes rotos a causa del mazazo que había recibido hacía veinte años, al salvar al joven khalakka de unos mercenarios que querían capturarlo para venderlo a los enemigos de su padre. Su vida había quedado ligada a la de Drogo desde el día en que nació el señor esposo de Dany.
Todo khal tenía jinetes de sangre. Al principio Dany pensó que eran una especie de Guardia Real de los dothrakis, juramentados para proteger a su señor, pero eran mucho, mucho más. Jhiqui le había enseñado que un jinete de sangre no era un simple guardián. Eran los hermanos del khal, sus
213