canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 211
literatura fantástica
Juego de tronos
DAENERYS
La Puerta del Caballo de Vaes Dothrak consistía en dos gigantescos corceles de bronce,
alzados sobre las patas traseras, con los cascos delanteros juntos a treinta metros por encima del
camino para formar un arco de punta.
Dany no entendía para qué necesitaba puertas una ciudad que no tenía muros... que ni siquiera
tenía edificios, al menos a la vista. Pero allí estaba, inmensa y hermosa, enmarcando las lejanas
montañas purpúreas. Los corceles proyectaban largas sombras sobre la hierba ondulada cuando Khal
Drogo hizo pasar al khalasar bajo sus cascos, por el camino de los dioses, siempre escoltado por sus
jinetes de sangre.
Dany los siguió en la plata, con Ser Jorah Mormont a un lado y su hermano Viserys, que
volvía a cabalgar, al otro. Después del día en que lo habían dejado atrás para que volviera caminando
al khalasar, los dothrakis se habían burlado de él llamándolo Khal Rhae Mhar, Rey de los Pies
Sangrantes. Khal Drogo le ofreció al día siguiente que viajara en uno de los carros, y Viserys accedió.
En su testaruda ignorancia, no se dio cuenta de que era una mofa más: los carros eran para los
eunucos, los tullidos, las mujeres que daban a luz, los muy jóvenes y los muy viejos. Aquello le ganó
otro sobrenombre: Khal Rhaggat, el Rey del Carro. Su hermano creía que era la manera que tenía el
khal de disculparse por la afrenta de que lo había hecho víctima Dany. Ella suplicó a Ser Jorah que no
lo sacara de su error para no avergonzarlo. El caballero le respondió que al rey le sentaría de maravilla
una buena dosis de humildad, pero hizo lo que le pedía. A Dany le hicieron falta muchas súplicas, y
todos los trucos de cama que Doreah le había enseñado, para que Drogo cediera y permitiera que
Viserys volviera con ellos a la cabeza de la columna.
—¿Dónde está la ciudad? —preguntó cuando pasaron bajo el arco de bronce. No se divisaba
ningún edificio, y tampoco gente, sólo la hierba y el camino, bordeado por los monumentos antiguos
que los dothrakis habían saqueado a lo largo de los siglos.
—Más adelante —respondió Ser Jorah—. Bajo la montaña.
Más allá de la Puerta del Caballo, los dioses saqueados y los héroes robados se alzaban a
ambos lados. Las deidades olvidadas de ciudades ya muertas blandían sus rayos rotos hacia el cielo
mientras Dany cabalgaba sobre la plata. Los reyes de piedra la contemplaban desde sus tronos, con
los rostros erosionados y manchados, mucho después de que sus nombres se perdieran en las
nieblas del tiempo. Esbeltas doncellas vestidas sólo con flores bailaban sobre peanas de mármol, o
vertían aire de sus jarras agrietadas. Los monstruos se alzaban sobre la hierba junto al camino; había
dragones de hierro negro con gemas en vez de ojos, grifos rugientes, mantícoras de colas con púas
prestas al ataque y otras bestias cuyos nombres desconocía. Había estatuas tan hermosas que le
quitaban el aliento, y otras tan deformes y espantosas que apenas si soportaba mirarlas. Ésas, según le
contó Ser Jorah, procedían probablemente de las Tierras Sombrías, de más allá de Asshai.
—Son muchas —dijo mientras la plata avanzaba a paso lento—, y vienen de muchas tierras.
—Es la basura de ciudades muertas —se burló Viserys que no se dejaba impresionar. Pero
tuvo buen cuidado de hablar en la lengua común, que pocos dothrakis dominaban. Aun así, Dany
volvió la vista hacia los hombres de su khas para asegurarse de que no lo habían oído. Su hermano
prosiguió, osado—. Estos salvajes sólo saben robar lo que otros hombres mejores que ellos han
creado. Y matar. —Se echó a reír—. Saben matar. De lo contrario no me servirían para nada.
—Ahora son mi pueblo —dijo Dany—. No deberías llamarlos salvajes, hermano.
—El dragón dice lo que le viene en gana —replicó Viserys... en la lengua común. Miró por
encima del hombro en dirección a Aggo y a Rak-haro, que cabalgaban tras ellos, y les dedicó una
sonrisa burlona—. ¿Lo ves? Estos salvajes son tan idiotas que ni siquiera entienden el idioma de las
personas civilizadas. —Un monolito de quince metros de altura, cubierto de musgo, se alzaba
imponente junto al camino. Viserys le echó un vistazo cargado de aburrimiento—. ¿Cuánto tiempo
tendremos que pasar entre estas ruinas antes de que Drogo me dé mi ejército? Me estoy hartando de
esperar.
—Hay que presentar a la princesa al dosh khaleen...
—Ah, sí, a los viejos —lo cortó su hermano—, y harán profecías tontas para el cachorro que
lleva en la barriga, ya me lo habías dicho. ¿Y a mí qué? Estoy cansado de comer carne de caballo,
estoy harto del hedor de estos salvajes. —Se llevó la ancha manga a la nariz, tenía la costumbre de
llevar en ella una almohadilla perfumada. No le debió de ser muy útil. Su túnica estaba asquerosa. Las
sedas y lanas que había lucido en Pentos estaban sucias y podridas de sudor tras el duro viaje.
211