canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 209
literatura fantástica
Juego de tronos
—¡Abrid paso o morid! —exclamó.
—Los lobos aúllan —comentó el líder. Ned vio que le corría la lluvia por el rostro—. Pero es
una manada pequeña.
—¿Qué significa esto? —dijo Meñique mientras avanzaba con su caballo, paso a paso, con
suma cautela—. Es la Mano del Rey.
—Era la Mano del Rey. —El barro amortiguaba el sonido de los cascos del semental bayo. La
hilera de hombres se abrió para dejarle paso. El león de los Lannister rugía desafiante en su coraza
dorada—. Para ser sinceros, ahora ya no sé qué es.
—Esto es una locura, Lannister —dijo Meñique—. Déjanos pasar. Nos esperan en el castillo.
¿Qué crees que haces?
—Sabe muy bien lo que hace —dijo Ned con voz tranquila.
—Muy cierto —dijo Jaime Lannister con una sonrisa—. Busco a mi hermano. Os acordáis de
mi hermano, ¿verdad, Lord Stark? Estuvo con nosotros en Invernalia, no sé si caéis. Pelo rubio, ojos
desemparejados, lengua afilada... un tipo bajito...
—Lo recuerdo perfectamente —replicó Ned.
—Por lo visto ha tenido problemas por el camino. Mi señor padre se siente insultado. No
tendréis idea de quién habrá maltratado a mi hermano, ¿verdad?
—Vuestro hermano ha sido detenido por orden mía, para responder por sus crímenes —dijo
Ned Stark.
—Mis señores... —gimió Meñique, desalentado.
—Mostradme vuestro acero, Lord Eddard —dijo Ser Jaime desenvainando la espada mientras
avanzaba—. Si es necesario os mataré como a Aerys, pero preferiría que murierais con una espada en
la mano. —Lanzó a Meñique una mirada fría y despectiva—. Lord Baelish, apartaos si no queréis que
caiga alguna mancha de sangre en esos ropajes tan caros.
—Iré a buscar a la Guardia de la Ciudad —prometió a Ned. A Meñique no le hacía falta que le
insistieran.
La hilera de los Lannister se abrió para dejarle paso y volvió a cerrarse tras él. Meñique
espoleó a la yegua y desapareció al doblar una esquina.
Los hombres de Ned habían desenvainado las espadas, pero eran tres contra veinte. Muchos
ojos los espiaban desde las ventanas cercanas, pero nadie iba a intervenir. Su grupo iba a caballo,
mientras que los Lannister, a excepción de Jaime, iban a pie. Si cargaban podrían escapar, pero Eddard
Stark consideró que había una táctica con más garantías de éxito.
—Si me matáis —advirtió al Matarreyes—, Catelyn no dudará en acabar con Tyrion.
Jaime Lannister puso contra el pecho de Ned la espada dorada que había derramado la sangre
del último de los Reyes Dragón.
—¿De veras? ¿La noble Catelyn Tully de Aguasdulces asesinaría a un rehén? No... no lo creo.
—Suspiró—. Pero no pienso arriesgar la vida de mi hermano confiando en el honor de una mujer. —
Jaime envainó la espada—. Así que dejaré que vayáis corriendo a contarle a Robert el susto que os he
dado. ¿Creéis que le importará mucho? —Se echó hacia atrás con los dedos el pelo mojado y dio
media vuelta a su caballo. Cuando estuvo detrás de la línea de hombres, volvió la vista hacia el
capitán—. Encárgate de que Lord Stark regrese sano y salvo, Tregar.
—A vuestras órdenes, mi señor.
—Pero... tampoco queremos que escape sin castigo, así que... —A pesar de la lluvia y la
noche, Ned divisó la sonrisa blanca de Jaime—. Mata a sus hombres.
—¡No! —gritó Ned Stark al tiempo que desenvainaba la espada.
Jaime se alejaba ya por la calle cuando oyó gritar a Wyl. Los hombres armados cayeron sobre
ellos. Ned arrolló a uno, lanzando golpes contra los fantasmas de capas rojas que se ponían ante él.
Jory Cassel espoleó su montura y cargó. Un casco con herradura de acero acertó a un guardia
Lannister en la cara y se oyó un crujido estremecedor. Otro hombre cayó, y Jory se encontró libre. Wyl
maldijo cuando lo derribaron de su caballo moribundo, las espadas chocaban bajo la lluvia. Ned
galopó hacia él, y asestó un golpe de espada contra el yelmo de Tregar. El impacto le hizo apretar los
dientes. Tregar cayó de rodillas, con el león de la cresta hendido en dos y el rostro lleno de sangre.
Heward lanzaba tajos contra las manos que se habían apoderado de sus riendas cuando una lanza se le
clavó en el vientre. De repente, Jory saltó entre ellos, su espada hacía brotar una lluvia roja.
—¡No! —gritó Ned—. ¡Vete, Jory! —El caballo de Ned resbaló y fue a caer al barro. Durante
un momento el dolor fue cegador, sintió el sabor de la sangre en la boca.
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