canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 205
literatura fantástica
Juego de tronos
—Desde luego, mi señora —dijo el maestre Colemon con un gesto de asentimiento—. He
mandado avisar a vuestra hermana. Dejó órdenes de que la despertaran en cuanto llegaseis.
—Espero que haya dormido bien esta noche —replicó Catelyn, con cierta ironía que pasó
desapercibida.
La escoltaron desde la sala de la grúa por una escalera de caracol. El Nido de Águilas era un
castillo pequeño para lo que era habitual en las casas grandes: siete torres esbeltas y blancas, muy
juntas como flechas en un carcaj que colgara del hombro de la gran montaña. Allí no hacían falta
establos, herrerías ni perreras, pero según Ned los graneros eran tan grandes como los de Invernalia, y
en sus torres se podían alojar hasta quinientos hombres. De todos modos, a Catelyn le dio la sensación
de que el castillo estaba desierto, y de que las salas de piedra blanca resonaban, vacías.
Lysa la aguardaba en sus habitaciones, todavía con las ropas de dormir. Llevaba la melena
castaña suelta sobre los hombros desnudos y blancos. Una doncella le cepillaba el pelo, pero cuando
entró Catelyn su hermana se levantó sonriente.
—Cat —dijo—, oh, Cat, cuánto me alegro de verte. Mi hermana querida. —Cruzó la estancia
y abrazó a Catelyn—. Ha pasado tanto tiempo —murmuró Lysa sin soltarla—. Tanto, tanto tiempo...
Eran cierto, habían sido cinco años, y cinco años muy crueles para Lysa, que le habían
cobrado un alto precio. Tenía dos años menos que ella, pero parecía mayor. Era más baja que Catelyn,
y ahora su cuerpo era grueso, y su rostro estaba pálido e hinchado. Tenía los ojos azules de los Tully,
pero los suyos eran de un color claro y acuoso, y siempre parecían inquietos. La boca pequeña se había
congelado en una mueca petulante. Mientras la abrazaba, Catelyn recordó a la muchacha esbelta y de
pechos erguidos que había estado a su lado aquel día, en el sept de Aguasdulces. ¡Qué hermosa era,
cuántas esperanzas albergaba entonces! Lo único que quedaba de la belleza de su hermana era la
espesa cascada de pelo castaño, que le llegaba hasta la cintura.
—Tienes buen aspecto —mintió Catelyn—. Pero... pareces cansada.
—Cansada —dijo su hermana, apartándose de ella—. Sí. Oh, sí, mucho. —Sólo entonces
pareció advertir la presencia de los demás: su doncella, el maestre Colemon y Ser Vardis—. Podéis
marcharos —les dijo—. Quiero hablar con mi hermana a solas.
Mantuvo la mano de su hermana entre las suyas mientras salían...
... y se la soltó en cuanto se cerró la puerta. Catelyn vio cómo le cambiaba el rostro. Fue como
si el sol se ocultara tras una nube.
—¿Es que te has vuelto loca? —le espetó Lysa—. ¿Cómo te atreves a traerlo aquí, sin mi
permiso, sin siquiera avisarme? ¿Cómo osas meternos en tus peleas con los Lannister...?
—¿Mis peleas? —Catelyn apenas daba crédito a lo que oía. En la chimenea ardía un buen
fuego, pero en la voz de Lysa no había ni rastro de calidez—. Antes que mías fueron «tus» peleas,
hermana. Fuiste tú quien me envió aquella maldita carta, me escribiste que los Lannister habían
asesinado a tu marido.
—¡Para avisarte, para que no te acercaras a ellos! ¡Nunca quise un enfrentamiento! Dioses,
Cat, ¿te das cuenta de qué has hecho?
—¿Madre? —dijo una vocecita aguda. Lysa se dio la vuelta, la pesada bata envolvió su cuerpo
al girar. En la puerta estaba Robert Arryn, señor de