literatura fantástica
Juego de tronos
decirle que se acercaba el invierno. El lema acudió a sus labios, estuvo a punto de decirlo en voz alta. Quizá, al final, se estaba convirtiendo en una Stark.
Por encima de Nieve, el viento era un ser vivo que aullaba en torno a ellas como un lobo en la pradera, y cesaba bruscamente, casi parecía que quisiera tentarlas para que se confiaran. Allí las estrellas brillaban más y la luna creciente se veía enorme en el cielo negro y despejado. A medida que avanzaban Catelyn se dio cuenta de que era mejor mirar hacia arriba, y no hacia abajo. Los escalones estaban agrietados y rotos tras siglos de nieves y deshielos, y el paso de incontables muías. Pese a la oscuridad, la altura hacía que viajara con el corazón encogido. Al llegar a un paso entre dos rocas altas, Mya desmontó.
— A partir de aquí es mejor llevar a las muías por las riendas— dijo Mya—. El viento en esta zona casi da miedo, mi señora.
Catelyn, rígida, salió de entre las sombras y contempló el sendero ante ella: seis metros de largo y menos de un metro de ancho, y con un precipicio a cada lado. El viento aullaba. Mya caminaba con paso ligero, y su muía la seguía tan tranquila como si estuvieran cruzando un patio. Luego le tocó a ella el turno. Pero, en cuanto dio el primer paso, se encontró en las fauces del terror más profundo. Sentía físicamente el vacío, los vastos golfos de aire que se abrían como precipicios a su alrededor. Se detuvo, temblorosa, incapaz de moverse. El viento seguía aullando, le agitaba la capa, intentaba tirarla por el borde. Catelyn trató de dar un paso atrás, pero allí estaba la muía. No podía retirarse. « Voy a morir aquí », pensó. El sudor frío le corría por la espalda.
— Lady Stark— la llamó Mya desde el otro lado. La niña parecía encontrarse a mil leguas de distancia—. ¿ Os encontráis bien?
— No... no puedo seguir, pequeña— dijo Catelyn Tully Stark tragándose lo que le quedaba de orgullo.— Claro que podéis— dijo la niña bastarda—. ¡ Mirad, si el camino es muy ancho!— No quiero mirar.— Sentía como si el mundo girase a su alrededor como la peonza de un chiquillo... la montaña, el cielo, las muías, todo. Catelyn cerró los ojos y trató de recuperar el aliento.— Volveré a por vos— dijo Mya—. No os mováis, mi señora. Catelyn no tenía la menor intención de moverse. Escuchó el aullido del viento y el roce del cuero contra la piedra. Pronto Mya estuvo a su lado y la cogió por el brazo con amabilidad.
— Si queréis, no abráis los ojos. Soltad la cuerda, Blanca sabe cuidarse sola. Muy bien, mi señora. Ahora os guiaré, ya veréis qué fácil. Venga, un pasito. Moved el pie, eso es, muy bien, adelante. Ahora otro. Qué fácil. Hasta podríais correr. Otro más. Muy bien.— Y así, paso a paso, centímetro a centímetro, la muchacha bastarda guió a Catelyn, ciega y temblorosa, mientras la muía blanca las seguía plácidamente.
El puesto de vigilancia llamado Cielo no era más que un muro en forma de luna creciente, hecho de roca, sin argamasa, pero en aquel momento ni las torres de Valyria habrían sido más hermosas a los ojos de Catelyn Stark. Allí era donde empezaban las nieves. Las piedras erosionadas de Cielo estaban cubiertas de escarcha, y de las laderas pendían largas estalactitas de hielo.
Ya salía el sol por el este cuando Mya Piedra llamó a los guardias, que les abrieron la puerta. Tras los muros sólo había rampas y un enorme montón de piedras de todos los tamaños. Iniciar una avalancha desde allí sería lo más sencillo del mundo. En la pared rocosa frente a ellos se abría un hueco.
— Los establos y los barracones están ahí dentro— dijo Mya—. El último tramo es por el interior de la montaña. Resulta un poco oscuro, pero al menos no hay viento. Las muías sólo llegan hasta aquí. Más allá es como una escalinata de piedra, muy empinada, pero se sube bien. En menos de una hora habremos llegado.
Catelyn alzó la vista. Justo sobre ella, claros a la luz del amanecer, se veían los cimientos del Nido de Águilas. Estaba a menos de doscientos metros, y desde abajo parecía un pequeño panal blanco. Recordó lo que había dicho su tío acerca de las grúas y los cestos.
— Los Lannister tendrán orgullo— dijo a Mya—, pero los Tully tenemos sentido común. Llevo cabalgando todo el día y toda la noche. Diles que bajen un cesto, subiré con los nabos.
El sol brillaba ya muy por encima de las montañas cuando Catelyn Stark llegó por fin al Nido de Águilas. Un hombre rechoncho de cabellos plateados, vestido con la capa azul celeste y el emblema de la luna y el halcón en el peto, la ayudó a salir del cesto. Era Ser Vardis Egen, capitán de la guardia de Jon Arryn. Tras él se encontraba el maestre Colemon, delgado y nervioso, con poco cabello y demasiado cuello.
— Lady Stark— dijo Ser Vardis—, el placer es tan grande como inesperado.
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