canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 203

literatura fantástica Juego de tronos
— Antes también mencionaste a Mychel— dijo.— Es mi amado— explicó Mya—. Mychel Redfort. Ahora es escudero de Ser Lyn
Corbray. Nos casaremos en cuanto lo nombren caballero, el año que viene o el siguiente.
¡ Cuánto se parecía aquella muchacha a Sansa, tan feliz e inocente, con aquellos sueños! Catelyn sonrió, pero con cierta tristeza. Los Redfort eran una de las familias más antiguas del Valle, por sus venas corría la sangre de los primeros hombres. Quizá fuera su amado, pero ningún Redfort se casaría con una bastarda. Su familia le concertaría un matrimonio más adecuado, con una Corbray, o una Waynwood, o una Royce, o quizá con la hija de alguna casa importante de fuera del Valle. Si Mychel Redfort se acostaba con aquella chica, sería sin matrimonio.
El ascenso era más sencillo de lo que Catelyn había osado soñar. Los árboles crecían muy juntos, se cerraban sobre el camino creando una techumbre de follaje que ocultaba la luna, así que era como si avanzaran por un túnel negro interminable. Pero las muías eran seguras e incansables, y Mya parecía tener el don de la visión nocturna. Subieron por la ladera de la montaña, siguiendo los recovecos del sendero, tan cubierto de las agujas caídas de los pinos que los cascos de las muías apenas si hacían ruido contra la roca. El silencio era tranquilizador, y el vaivén suave de la montura mecía a Catelyn en la silla. Pronto tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerse despierta. Puede que se adormilara un instante, porque de repente se encontró ante un inmenso portalón blindado.— Piedra— anunció Mya alegremente al tiempo que desmontaba. Los formidables muros de piedra estaban coronados por púas de hierro, y la pequeña fortaleza contaba con dos torrecillas en la cima. Mya pidió paso a gritos, y el portalón se abrió. Una vez dentro, el corpulento caballero al mando saludó a la muchacha por su nombre, y ofreció a las viajeras espetones de carne y cebollas asadas, recién salidos de las brasas. Hasta aquel momento Catelyn no se había dado cuenta de lo hambrienta que estaba. Comió de pie, en medio del patio, mientras los mozos de cuadra cambiaban las sillas a muías descansadas. Los jugos calientes de la carne le corrieron por la barbilla y le mancharon la capa, pero tenía demasiada hambre para que aquello le importara.
Pronto estuvo a lomos de otra muía, de nuevo bajo la luz de las estrellas. Le dio la sensación de que el segundo tramo del ascenso era mas traicionero. El sendero era más empinado, los escalones estaban más desgastados, y a menudo encontraba zonas llenas de guijarros y piedras rotas. Mya tuvo que desmontar media docena de veces para apartar del sendero las rocas caídas. ¡ No querréis que la muía se rompa una pata en estos momentos!— dijo. Catelyn no pudo por menos que darle la razón. Habían ganado altura de manera perceptible. Allí los árboles eran más escasos y el viento soplaba con más fuerza, en ráfagas bruscas que le agitaban las ropas y le metían el pelo en los ojos. De cuando en cuando los escalones parecían girar sobre ellos mismos, y podía ver la mole de Piedra abajo, y más abajo aún las Puertas de la Luna, cuyas antorchas brillaban apenas como velas.
Nieve era un fortín más pequeño que Piedra: constaba sólo de una torre, una edificación de madera y un establo, todo oculto tras un muro bajo de roca sin argamasa. Pero su posición en la Lanza del Gigante permitía que desde allí se dominara toda la escalera de piedra hasta el torreón de vigilancia inferior. Cualquier enemigo que intentara llegar al Nido de Águilas tendría que combatir desde Piedra, peldaño a peldaño, mientras desde Nieve le llovían flechas y rocas. El comandante, un caballero joven y nervioso con el rostro picado de viruelas, les ofreció pan con queso y la posibilidad de calentarse ante la hoguera, pero Mya la rechazó.
— Tenemos que seguir adelante, mi señora— dijo—. Si os parece bien, claro.— Catelyn asintió. Una vez más, les proporcionaron muías descansadas. La suya era blanca. Al verla, Mya sonrió—. Blanca es estupenda, mi señora. Pisa firme incluso sobre el hielo, pero deberéis tener cuidado. Si no le gustáis, os dará una buena coz.
Por lo visto a la muía blanca le gustó Catelyn, y gracias a los dioses no hubo coces. Tampoco había hielo, otro motivo para dar gracias.
— Mi madre me cuenta que, hace cientos de años, la nieve empezaba aquí— le dijo Mya—. De aquí para arriba siempre estaba todo blanco, y el hielo no se derretía jamás.— Se encogió de hombros—. Yo nunca he visto nieve tan abajo, pero a lo mejor antes sí, en la antigüedad.
«¡ Es tan joven...!», pensó Catelyn. Intentó recordar si ella había sido tan joven alguna vez. Aquella niña había vivido la mitad de su vida en verano, y no conocía otra cosa. Le habría gustado
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