canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 201

literatura fantástica Juego de tronos El sol estaba ya muy al oeste cuando la ladera empezó a convertirse en llanura bajo los cascos de los caballos. El camino se hizo más ancho y recto, y Catelyn vio por primera vez hierba y flores. Una vez en la cuenca del valle pudieron avanzar más deprisa. Pasaron junto a bosques frondosos y pueblecillos adormilados, bordearon huertos y campos dorados de trigo, cruzaron una docena de arroyuelos bañados por la luz del sol poniente. Su tío envió por delante un portaestandarte con los emblemas de la luna y el halcón, de la Casa Arryn, y bajo él su pez negro. Los carros de los granjeros, los carromatos de los mercaderes y los jinetes de las casas menores se apartaban a un lado para dejarles paso. Pese a todo, era ya noche cerrada cuando llegaron al castillo que se alzaba al pie de la Lanza del Gigante. En sus baluartes brillaban las antorchas, y la luna se reflejaba en las aguas oscuras del foso. El puente levadizo estaba ya alzado y el rastrillo bajado, pero Catelyn vio que en la caseta de la guardia brillaban luces. También la luz se derramaba de las ventanas de las torres interiores. —Las Puertas de la Luna —dijo su tío mientras el grupo se detenía. El portaestandarte cabalgó hasta el borde del foso para llamar a los guardias—. Aquí vive Lord Néstor. Nos estará esperando. Mira, arriba. Catelyn alzó la vista, un largo trecho. Al principio lo único que divisó fueron piedras y árboles, la mole imponente de la gran montaña envuelta en la noche, negra como una noche sin estrellas. Entonces advirtió el brillo de hogueras lejanas, muy por encima de ellos: era un torreón de vigilancia, edificado en la ladera de la montaña, con luces como ojos anaranjados que los observaban desde arriba. Por encima había otro torreón, aún más lejano, y un tercero que no era sino una chispa titilante en el cielo. Y por fin, en la cima, hasta donde sólo se remontaban los halcones, un rayo blanco a la luz de la luna. Al contemplar las torres claras, tan altas y lejanas, la invadió el vértigo. —Es el Nido de Águilas —murmuró Marillion, asombrado. —Por lo visto a los Arryn no les gustan mucho las visitas —intervino la voz chillona del enano—. Si tenéis pensado que subamos en la oscuridad, casi prefiero que me matéis ahora mismo. —Pasaremos la noche aquí, mañana iniciaremos el ascenso —le dijo Brynden. —La impaciencia me consume —replicó el enano—. ¿Cómo vamos a subir? Nunca he montado a lomos de una cabra. —En muías —dijo Brynden con una sonrisa. —Hay peldaños excavados en la montaña —dijo Catelyn. Ned se lo había contado al hablarle de su juventud allí, con Robert Baratheon y Jon Arryn. Su tío asintió. —Ahora mismo está muy oscuro y no se ven, pero hay escalones. Son demasiado altos y estrechos para los caballos, pero en muía se puede recorrer casi todo el camino. Hay tres torreones de vigilancia, Piedra, Nieve y Cielo. Con las muías llegaremos hasta Cielo. —¿Y luego? —Tyrion Lannister miró hacia arriba, dubitativo. —Luego el camino se vuelve demasiado empinado hasta para las muías —contestó Brynden con una sonrisa—. Hay que recorrerlo a pie. O tal vez prefiráis ir en un cesto. El Nido de Águilas se encuentra en la ladera de la montaña, justo por encima de Cielo, y en los sótanos hay seis grúas enormes con cadenas de hierro largas, para subir las provisiones. Si mi señor Lannister lo prefiere, puedo hacer que lo suban junto con el pan, la cerveza y las patatas. —Ni que fuera una calabaza —dijo el enano soltando una risotada—. Por desgracia, mi señor padre se sentiría muy ofendido si un Lannister acudiera al encuentro de su destino como si fuera un manojo de nabos. Si vosotros subís a pie, yo haré lo mismo. Los Lannister tenemos un poco de orgullo. —¿Orgullo? —le espetó Catelyn. El tono burlón y tranquilo del enano la ponía furiosa—. Hay quien lo llamaría arrogancia. Arrogancia, codicia y ansia de poder. —Mi hermano es arrogante, no cabe duda —replicó Tyrion Lannister—. Mi padre es la viva imagen de la codicia, y mi querida hermana Cersei ansia el poder con toda su alma. Yo, en cambio, soy inocente como un corderillo. —Sonrió—. ¿Queréis oír mi balido? Antes de que tuviera ocasión