literatura fantástica
Juego de tronos
Descubrió que se encontraba en la salida de una alcantarilla, justo en el punto donde desembocaba en el río. Ella misma despedía un hedor tan repugnante que se desnudó allí mismo, dejó la ropa en la orilla y se sumergió en las aguas oscuras y negras. Nadó hasta que se sintió limpia, y salió del río tiritando. Por el camino cercano pasaban algunos jinetes, pero si se fijaron en la niña flaca que lavaba sus harapos a la luz de la luna, no dieron señales de ello.
Se encontraba a varios kilómetros del castillo, pero en cualquier punto de Desembarco del Rey bastaba con alzar la vista para ver la Fortaleza Roja, en lo más alto de la colina de Aegon, así que no había manera de perderse. Ya tenía la ropa casi seca cuando llegó ante la torre de entrada. El rastrillo estaba bajado y las puertas cerradas, así que dio la vuelta para entrar por una poterna trasera. Los capas doradas que estaban de guardia se echaron a reír cuando les dijo que le abrieran.
— Lárgate— le dijo uno—. En la cocina ya no quedan sobras, y no se admiten mendigos después de anochecer.— No vengo a mendigar— replicó ella—. Vivo aquí.— He dicho que te largues. ¿ O hace falta que te dé una bofetada para que me entiendas?— Quiero ver a mi padre. Los guardias se miraron.— Yo quiero follarme a la reina, y mira de lo que me sirve— dijo el más joven.—¿ Y quién es tu padre, chico?— preguntó el viejo con el ceño fruncido—. ¿ El ratonero de la ciudad?— La Mano del Rey— replicó Arya. Los dos hombres se echaron a reír, y el mayor le lanzó un bofetada, casi de manera automática, igual que haría con un perro que lo molestara. Arya vio venir el golpe antes de que iniciara el movimiento. Danzó para apartarse del camino y no llegó a tocarla.
— No soy un chico— les espetó—. Soy Arya Stark de Invernalia, y si me ponéis una mano encima mi señor padre hará que pongan vuestras cabezas en la punta de una pica. Si no me creéis, id a buscar a Jory Cassel o a Vayon Poole, en la Torre de la Mano.— Se puso las manos en las caderas—. ¿ Me abrís la puerta, o hace falta que os den una bofetada para que me entendáis?
Cuando Harwin y Tom el Gordo la acompañaron ante él, su padre estaba retirado en una habitación, con una lamparilla de aceite junto al codo. Leía el libro más grande que Arya había visto jamás, era un tomo gigantesco, grueso, con páginas de pergamino amarillo y quebradizo llenas de escritura ilegible, y tapas de cuero descolorido. Lo cerró para escuchar el informe de Harwin, y tenía el rostro tenso cuando dio las gracias a los hombres y ordenó que se retiraran.
—¿ Te das cuenta de que la mitad de mi guardia te estaba buscando?— dijo Eddard Stark en cuanto se encontraron a solas—. La septa Mordane está al borde de un ataque. Lleva horas en el sept, rezando por que te encuentres bien. Arya, sabes de sobra que nunca puedes cruzar las puertas del castillo sin mi permiso.
— No crucé las puertas— replicó ella—. Bueno, sí las crucé, pero sin querer. Bajé a las mazmorras, y resultó que había un túnel, estaba todo oscuro y yo no tenía antorcha ni velas, así que tuve que seguir caminando. No podía volver por donde había entrado porque había monstruos. ¡ Padre, hablaban de que querían matarte! Los monstruos no, los dos hombres. Ellos no me vieron porque me quedé quieta como una piedra y silenciosa como una sombra, pero yo los oí. ¡ Dijeron que tenías un libro y un bastardo, y que si una Mano podía morir otra también! ¿ Ése es el libro? ¿ Y el bastardo es Jon?—¿ Jon? Arya, ¿ se puede saber de qué hablas? ¿ Quién dijo eso?— Aquellos hombres— replicó la niña—. Había uno gordo con anillos y barba amarilla de dos puntas, y otro con cota de mallas y casco de acero, y el gordo dijo que tenían que retrasarlo, pero el otro dijo que no podía seguir haciendo juegos malabares, y que el lobo y el león se iban a enfrentar, y que esto ya no era un juego para dos jugadores.— Intentó recordar el resto. No había comprendido todo lo que había oído, y los conceptos se le mezclaban en la cabeza—. El gordo dijo que la princesa estaba preñada. El del casco de acero, que llevaba la antorcha, dijo que tenían que darse prisa. Me parece que era un mago.
— Un mago— dijo Ned sin sonreír—. ¿ Llevaba barba larga y blanca, y sombrero puntiagudo adornado con estrellas?
—¡ No! No era como en los cuentos de la Vieja Tata. No parecía un mago, pero el gordo dijo que era un mago.
— Arya, te lo advierto, como te estés inventando todo esto...
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