canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 180

literatura fantástica Juego de tronos Willis, y los mercenarios Bronn y Chiggen. Tenía preparada una lección muy especial para Marillion, el de la lira y la voz dulce de tenor, que tanto se esforzaba en rimar «enano» con «fulano», y «cojo» con «despojo», para preparar el canto sobre su humillación. —Dejad que hable —ordenó Lady Stark. Tyrion Lannister se sentó en una roca. —A estas alturas los soldados de mi familia deben de estar cruzando el Cuello al galope por el camino real, en pos de vuestro bulo... eso si se han puesto en marcha, cosa que no es segura en modo alguno. Oh, no me cabe duda de que mi padre habrá recibido la noticia... pero el amor que siente hacia mí es bien limitado, y no estoy seguro de que se vaya a tomar muchas molestias. —Aquello era mentira sólo a medias; a Lord Tywin Lannister le importaba un bledo su hijo deforme, pero no toleraba el menor insulto contra el honor de su Casa—. Estamos en tierras crueles, Lady Stark. No encontraréis amparo ni auxilio hasta que no lleguéis al Valle. Y lo peor es que os arriesgáis a perderme a mí. Soy pequeño, no muy fuerte, y si muero... ¿de qué habrá servido todo? Lo que decía era verdad; Tyrion no sabía cuánto tiempo más podría resistir aquel ritmo. —Podría contestaros que mi deseo es que muráis, Lannister —replicó Catelyn Stark. —No lo creería —replicó Tyrion—. Si me quisierais ver muerto sólo tendríais que dar la orden, y cualquiera de vuestros incondicionales amigos me proporcionaría de buena gana una gran sonrisa roja. —Miró a Kurleket, pero aquel hombre era demasiado obtuso como para captar el sarcasmo. —Los Stark no matamos a hombres indefensos. —Tampoco yo —dijo—. ¿Cuántas veces he de decirlo? No tuve nada que ver en el intento de asesinato de vuestro hijo. —El asesino iba armado con vuestra daga. —No era mi daga —insistió Tyrion; sintió que la sangre se le subía a la cabeza—. ¿Queréis que os lo vuelva a jurar? Penséis lo que penséis de mí, Lady Stark, no soy ningún imbécil. Y sólo un idiota entregaría a un patán su arma. —Por un instante, le pareció ver la sombra de una duda en los ojos de la mujer, pero ésta se repuso. —¿Por qué iba a mentirme Petyr? —¿Por qué caga un oso en el bosque? —replicó—. Porque está en su naturaleza. A los hombres como Meñique les cuesta menos mentir que respirar. Vos deberíais saberlo mejor que nadie. —¿Qué queréis decir, Lannister? —La mujer dio un paso hacia él con el rostro tenso. —Vaya —dijo Tyrion inclinando la cabeza a un lado—, pues que en la corte todo el mundo le ha oído contar cómo le entregasteis vuestra virtud, mi señora. —¡Mentira! —gritó Catelyn Stark. —Enano malvado... —dijo Marillion, conmocionado. —Sólo tenéis que dar la orden, mi señora —dijo Kurleket mientras desenfundaba el puñal, un arma de hierro negro y aspecto sanguinario—, y pondré a vuestros pies esa lengua mentirosa. —Le brillaban los ojillos de cerdo de anticipación ante la perspectiva. —En el pasado, Petyr Baelish me amaba. —Catelyn Stark miraba a Tyrion. Tenía los ojos más fríos que había visto en la vida—. No era más que un niño. Su pasión fue una tragedia para todos nosotros, pero era sincera y pura, y no algo de lo que se pueda hacer mofa. Quería mi mano. Ésa es la única verdad. Realmente sois un hombre malvado, Lannister. —Y vos sois una mujer estúpida, Lady Stark. Meñique nunca ha amado a nadie que no fuera Meñique. Y os aseguro que de lo que alardea no es de vuestra mano, sino de esos pechos redondos, de esa boca dulce y del calor que hay entre vuestras piernas. Kurleket lo agarró por el pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás hasta dejarle la garganta al descubierto. Tyrion sintió el beso frío del acero bajo la barbilla. —¿Lo rajo, mi señora? : —Si me matas, la verdad muere conmigo —jadeó Tyrion. —Dejad que hable —ordenó Catelyn Stark. Kurleket soltó el pelo de Tyrion de mala gana. Éste inhaló una bocanada de aire fresco. —¿Cómo os dijo Meñique que llegó a mi poder esa daga? Decídmelo. —Dijo que se la habíais ganado en una apuesta, durante el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey. —Cuando el Caballero de las Flores derribó a mi hermano Jaime. ¿Fue eso lo que os contó? —Sí —admitió ella, con el ceño fruncido. —¡Jinetes! 180