canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 179
literatura fantástica
Juego de tronos
distancia de la posada, y Catelyn Stark les permitió avanzar al trote, el viaje era duro, por terreno
escabroso, y todo lo empeoraba la imposibilidad de ver. La capucha amortiguaba también los ruidos,
así que no alcanzaba a entender lo que se decía a su alrededor; la lluvia empapaba la tela y hacía que
se le pegara a la cara, hasta el punto de que le costaba trabajo respirar. La soga le estaba dejando las
muñecas en carne viva, y sentía como si le apretara más y más a medida que pasaba la noche. «Estaba
a punto de sentarme ante un fuego y una gallina asada y ese condenado bardo fue y abrió la boca»,
pensó con disgusto. El condenado bardo los acompañaba en el viaje. «De esto va a salir una gran
canción, y yo seré el que la componga», había dicho a Catelyn Stark, al tiempo que anunciaba su
intención de cabalgar con ellos para ver cómo terminaba aquella aventura fascinante. Tyrion
sospechaba que al muchacho no le iba a parecer nada fascinante la aventura cuando los alcanzaran los
jinetes Lannister.
La lluvia había cesado por fin, y la luz del amanecer se filtraba a través de la tela húmeda que
le cubría los ojos cuando Catelyn Stark dio por fin orden de desmontar. Unas manos bruscas lo
apearon del caballo, le desataron las muñecas y le arrancaron la capucha de la cabeza. Cuando vio el
estrecho sendero pedregoso, las colinas escarpadas a su alrededor y los picos nevados a lo lejos en el
horizonte, sus esperanzas se desvanecieron de inmediato.
—Esto es el camino alto —farfulló al tiempo que miraba a Lady Stark con ojos acusadores—.
Es el camino hacia oriente. ¡Dijisteis que iríamos a Invernalia!
—Lo dije, sí, varias veces, y muy alto —asintió Catelyn Stark dedicándole la más leve de las
sonrisas—. No me cabe duda de que vuestros amigos irán en esa dirección cuando empiecen a
perseguirnos. Les deseo un buen viaje.
Incluso días después, el recuerdo de aquel momento le haría sentir una rabia amarga. Tyrion se
había enorgullecido toda la vida de su astucia, era el único don que le habían dado los dioses, pero
aquella loba siete veces maldita de Catelyn Stark había sido más lista que él. Aquello le dolía más que
el hecho del secuestro.
Se detuvieron el tiempo justo para alimentar y abrevar a los caballos, y emprendieron la
marcha de nuevo. No volvieron a ponerle la capucha a Tyrion. Después de la segunda noche tampoco
se molestaron en atarle las manos, y una vez ganaron altura apenas si lo vigilaban. Por lo visto no
temían que escapara. ¿Y por qué iba a ser de otra manera? Allí el terreno era abrupto y escarpado, el
camino alto se convertía en un sendero pedregoso. Si escapaba, ¿hasta dónde podría llegar, solo y sin
provisiones? Los gatosombras lo devorarían, y los clanes que habitaban en los refugios de la montaña
eran simples grupos de bandoleros y asesinos que no acataban más ley que la de la espada.
Pero aun así la Stark los hacía avanzar sin reposo. Tyrion sabía hacia dónde se dirigían. Lo
había sabido desde el momento en que le quitaron la capucha. Aquellas montañas eran los dominios de
la Casa Arryn, y la viuda de la antigua Mano era una Tully, la hermana de Catelyn Stark... y poco
amiga de los Lannister. Tyrion apenas había tratado a Lady Lisa durante los años que pasara en
Desembarco del Rey, y no sentía las menores ganas de retomar la relación.
Sus secuestradores estaban agrupados en torno a un riachuelo, poco más abajo del camino
alto. Los caballos habían bebido a placer de las aguas gélidas, y en aquel momento pastaban la hierba
parda que crecía en las grietas de las rocas. Jyck y Morree estaban sentados muy juntos,
hoscos y deprimidos. Mohor estaba de pie junto a ellos, se apoyaba sobre la lanza y lucía en la
cabeza un casco de hierro redondo que más bien parecía un cuenco. Cerca de allí Marillion, el bardo,
engrasaba su lira y se quejaba de que la humedad estaba dañando las cuerdas.
—Tenemos que descansar un poco, mi señora —le estaba diciendo a Catelyn Stark Ser Willis
Wode cuando Tyrion se aproximó a ellos. Era uno de los hombres de Lady Whent, un caballero rígido
e impasible que había sido el primero en levantarse en apoyo de Catelyn Stark en la posada.
—Ser Willis está en lo cierto, mi señora —intervino Ser Rodrik—. Ya hemos perdido tres
caballos...
—Los caballos no serán lo único que perdamos si los Lannister nos alcanzan —les recordó la
mujer. Tenía el rostro demacrado y curtido por el viento, pero no había perdido ni un ápice de su
decisión.
—No parece muy probable —señaló Tyrion.
—La señora no te ha pedido tu opinión, enano —le espetó Kurleket, un hombretón gordo de
pelo cortado a cepillo y rostro porcino. Estaba al servicio de los Bracken, concretamente de Lord
Jonos. Tyrion se había tomado un interés especial en memorizar todos sus nombres, para poder
agradecerles más adelante el trato cortés que le habían dado. Un Lannister siempre pagaba sus deudas.
Kurleket lo descubriría tarde o temprano, al igual que sus amigos Lharys y Mohor, y el buen Ser
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