canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 178

literatura fantástica
Juego de tronos
cinturón y dos hombres. Jyck manejaba bien la espada, pero Morree ni contaba, era parte mayordomo, parte cocinero y parte ayuda de cámara, no soldado. En cuanto a Yoren, fueran cuales fueran sus sentimientos, no haría nada: los hermanos negros juraban no tomar partido en las disputas del reino.
Y así fue, el hermano negro se apartó a un lado con discreción cuando intervino el anciano caballero que acompañaba a Lady Catelyn Stark.
— Desarmadlos— dijo; el mercenario llamado Bronn se adelantó para cogerle la espada de la mano a Jyck y quitarles las dagas—. Bien— asintió el anciano. La tensión en la sala común había cedido de manera palpable—. Excelente.
Tyrion reconoció entonces la voz gruñona del maestro de armas de Invernalia, sólo que sin bigotes.—¡ No lo matéis aquí!— suplicó a Catelyn la posadera con una lluvia de salivillas teñidas de escarlata.— No lo mates en ninguna parte— puntualizó Tyrion.— Lleváoslo a otro sitio, mi señora, nada de sangre aquí, por favor, nada de peleas de grandes señores.— Nos lo llevamos a Invernalia— dijo ella. « Bueno, tal vez...», pensó Tyrion. Para entonces ya había tenido ocasión de echar un vistazo detenido a la estancia y valorar así su situación. Lo que vio no le resultó del todo desalentador. Sí, la Stark había sido lista, sin duda. Los había obligado a recordar en público los juramentos que sus respectivos señores habían prestado a su padre, y luego les pidió socorro, claro, porque era mujer. Sí, muy inteligente. Pero no había tenido tanto éxito como creía. En la sala común había casi cincuenta personas, y la súplica de Catelyn Stark apenas había puesto en pie a una docena. Los demás parecían confusos, o asustados, algunos hasta hoscos. Tyrion advirtió que sólo dos de los Frey se habían movido, y eso para volver a sentarse enseguida cuando vieron que su capitán no se levantaba. Si se hubiera atrevido habría esbozado una sonrisa.
— De acuerdo, vayamos a Invernalia— dijo. El camino era largo, lo sabía bien porque llegaba de allí. Y en un camino largo podían suceder muchas cosas—. Mi padre querrá saber qué me ha pasado— siguió al tiempo que establecía contacto visual con el hombre que se había ofrecido a cederle su habitación—. Pagará una cantidad muy generosa a quien le lleve la noticia de lo que ha pasado esta noche.— No era cierto, desde luego, pero Tyrion compensaría al mensajero cuando recuperase la libertad.
— También nos llevaremos a sus hombres— anunció Ser Rodrik mirando a su señora. Parecía preocupado, y tenía motivos—. Y os estaremos agradecidos a los demás si guardáis silencio acerca de lo que habéis visto.
Tyrion tuvo que contenerse para que no se le escapara una carcajada. ¿ Silencio? Viejo idiota... A menos que se llevaran a todos los presentes, la noticia empezaría a correr en cuanto salieran por la puerta. El jinete que llevaba la moneda de oro en el bolsillo volaría como una flecha a
Roca Casterly. Y si no, otro lo haría. Yoren contaría la historia en el sur. Aquel juglar idiota también le sacaría partido. Los Frey informarían a su señor, y sólo los dioses sabían qué haría él. Lord Walder Frey era abanderado de Aguasdulces, sí, pero también era un hombre cauteloso que había llegado a su avanzada edad porque siempre se aseguraba de estar en el bando del vencedor. Como mínimo enviaría un pájaro mensajero a Desembarco del Rey, y quizá llegara incluso más lejos.
— Tenemos que ponernos en marcha de inmediato.— Catelyn Stark no era mujer que perdiera el tiempo—. Necesitamos caballos descansados, y provisiones para el camino. Vosotros, sabed que contáis con la gratitud eterna de la Casa Stark. Si alguno quiere acompañarnos para vigilar a nuestros cautivos hasta Invernalia, será bien recompensado, lo garantizo.
No hizo falta más. Los muy idiotas se abalanzaron sobre la oportunidad. Tyrion examinó sus rostros, y se prometió a sí mismo que serían bien recompensados, aunque no de la manera que imaginaban.
Pero, mientras lo sacaban en vilo al exterior, ensillaban los caballos bajo la lluvia y le ataban las manos con soga basta, Tyrion Lannister no sentía verdadero temor. Antes de que acabara el día los jinetes saldrían en pos de ellos, los pájaros surcarían el cielo, y sin duda alguno de los señores que vivían cerca del río tendría tantas ganas de ganarse el favor de su padre como para echarle una mano. Todavía se estaba congratulando por su astucia cuando alguien le echó una capucha sobre los ojos y lo alzó a la silla del caballo.
Emprendieron el galope bajo la lluvia, y antes de que pasara mucho tiempo Tyrion tenía calambres en los muslos y las nalgas le palpitaban de dolor. Incluso cuando estuvieron a buena
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