literatura fantástica
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Juego de tronos
TYRION
Tyrion Lannister observó cómo, a la mortecina luz que precedía al amanecer, Chiggen le cortaba la garganta a su caballo, y anotó una ofensa más en la cuenta de los Stark. El mercenario se acuclilló junto al animal y le abrió el vientre con el cuchillo de desollar. Movía las manos con destreza, sin malgastar un solo corte: había que hacer el trabajo deprisa, o el olor de la sangre atraería a los gatosombras de las cumbres.— Esta noche no nos acostaremos con hambre— dijo Bronn. Él sí que parecía una sombra, flaco como un esqueleto, con ojos negros, pelo negro y barba de varios días.— Puede que algunos sí— replicó Tyrion—. No me gusta la carne de caballo. Y menos la del mío.— La carne es carne— replicó Bronn mientras se encogía de hombros—. A los dothrakis les gusta el caballo más que la ternera o el cerdo.—¿ Tengo pinta de dothraki?— preguntó Tyrion con amargura. Era cierto, los dothrakis comían carne de caballo; también abandonaban a los bebés deformes para que los devorasen los perros salvajes que corrían tras sus khalasars. Las costumbres de los dothrakis no le parecían un modelo aceptable.
—¿ Quieres probar, enano?— preguntó Chiggen mientras cortaba una tira fina de carne sanguinolenta y la examinaba.
— Ese caballo me lo regaló mi hermano Jaime en mi vigesimotercer día del nombre— señaló Tyrion con voz átona.
— Pues dale las gracias de nuestra parte. Si vuelves a verlo.— Chiggen sonrió, mostró los dientes amarillentos y se comió la carne cruda de dos bocados—. Parece de buena raza.— Está mejor frito con cebollas— señaló Bronn. Tyrion no respondió, sino que se alejó cojeando. El frío se le había clavado en los huesos, y tenía las piernas tan doloridas que apenas podía caminar. Quizá su yegua había tenido suerte. A él le quedaban por delante más horas de cabalgar, seguidas por unos pocos bocados de comida y breves ratos de sueño sobre el suelo frío y duro. Y después otra noche igual, y otra, y otra, y sólo los dioses sabían cuándo terminaría aquello.
— Maldita mujer— murmuró mientras caminaba trabajosamente para reunirse con sus captores—. Maldita sea ella, malditos sean todos los Stark.
Los recuerdos aún le resultaban amargos. En un momento dado estaba pidiendo la cena, y al siguiente se enfrentaba a una habitación repleta de hombres armados, mientras Jyck desenfundaba su espada y la tabernera gritaba:—¡ Nada de espadas, nada de espadas aquí, os lo ruego, señores! Tyrion se apresuró a agarrar el brazo de Jyck para que lo bajara, antes de que ambos acabaran despedazados.
— No seas descortés, Jyck— dijo—. Nuestra anfitriona ha dicho que nada de espadas. Haz lo que te ha pedido.— Se obligó a esbozar una sonrisa, aunque sabía que le estaba saliendo tan débil como se sentía él—. Estáis equivocada, Lady Stark, no tengo nada que ver con ningún ataque que haya sufrido vuestro hijo. Por mi honor...
— Honor de Lannister— replicó ella. Alzó las manos para que las vieran todos los presentes—. Fue su daga la que me dejó estas cicatrices. El cuchillo con el que quería cortarle la garganta a mi hijo.
Tyrion sintió crecer a su alrededor la rabia, una rabia espesa alimentada por los cortes en las manos de la Stark.
— Matadlo— siseó desde el fondo una borracha sucia. Otras voces la secundaron, más deprisa de lo que parecía imaginable. Eran desconocidos que hasta hacía un instante se habían mostrado amistosos y ahora pedían a gritos su cabeza.
— Si Lady Stark cree que debo responder de algún crimen— dijo Tyrion alzando la voz y procurando que no le temblara—, la acompañaré de buena gana.
Era la única salida posible. Tratar de abrirse camino por la fuerza era un suicidio seguro. Más de una docena de espadas se habían desenfundado como respuesta a la petición de ayuda de la Stark: el hombre de los Harrenhal, los tres Bracken, un par de mercenarios desabridos que, por su aspecto, lo matarían en cuanto hiciera algo, aunque fuera escupir, y unos cuantos campesinos idiotas que, obviamente, no tenían ni idea de qué hacían. ¿ Y qué tenía Tyrion a su favor? Una daga colgada del