literatura fantástica Juego de tronos
CATELYN
— Deberíais cubriros la cabeza, mi señora— le dijo Ser Rodrik mientras los caballos trotaban hacia el norte—. Os vais a resfriar.
— No es más que agua, Ser Rodrik— replicó Catelyn. Tenía la cabellera empapada y pesada, con mechones pegados a la frente, y se imaginaba el aspecto descuidado que debía de tener, pero por una vez no le importaba en absoluto. La lluvia del sur era suave y cálida. A Catelyn le gustaba sentirla en la cara, dulce como el beso de una madre. La hacía volver a su infancia, a los largos días grises en Aguas-dulces. Recordaba bien el bosque de dioses, las ramas dobladas por el peso de la humedad, las risas de su hermano que la perseguía entre montones de hojas mojadas. Recordaba cómo preparaba con Lysa pasteles de barro, lo pesados de eran, cómo le resbalaba el lodo entre los dedos. Se los habían servido a Meñique entre risitas, y el niño había comido tanto barro que se había pasado una semana enfermo. Qué jóvenes eran entonces.
Catelyn casi había olvidado aquello. En el norte la lluvia caía fría y dura, a veces se helaba durante la noche. Mataba tantas cosechas como nutría, y hacía que los hombres corrieran en busca del refugio más cercano. No era una lluvia bajo la que jugaran las niñas.
— Estoy empapado— se quejó Ser Rodrik—. Calado hasta los huesos.— Los rodeada un bosque cerrado, y el golpeteo constante de la lluvia en las hojas se acompasaba con el chapoteo de los cascos de los caballos en el lodo del camino—. Esta noche nos hará falta una buena hoguera, mi señora. Y tampoco nos sentaría mal una buena cena caliente.— En la próxima encrucijada hay una posada— le dijo Catelyn. En su juventud había dormido en ella más de una vez, cuando acompañaba a su padre en algún viaje. Lord Hoster Tully era un hombre inquieto, siempre estaba yendo de un lugar a otro. Catelyn recordaba bien aquella taberna, y a una mujer obesa llamada Masha Heddle, que masticaba hojamarga día y noche, y parecía tener una provisión inagotable de sonrisas y pasteles para los niños. Los pasteles rebosaban miel, eran riquísimos y dulces, pero las sonrisas eran el terror de Catelyn. La hojamarga había manchado los dientes de Masha de un color rojo oscuro y su sonrisa era un horror ensangrentado.
— Una posada— repitió Ser Rodrik, melancólico—. Ojalá... Pero no podemos correr el riesgo. Si queremos conservar el anonimato, es mejor que busquemos algún refugio de pastores...— Se interrumpió bruscamente al oír unos sonidos más adelante en el camino; chapoteos en el agua, tintineo de mallas, el relincho de un caballo—. Jinetes— avisó al tiempo que echaba mano a la espada. Nunca estaba de más ser precavido, ni siquiera en el camino real.
Siguieron los sonidos, doblaron un recodo del camino y los vieron: era una columna de hombres armados, que vadeaba sin el menor sigilo un arroyuelo crecido. Catelyn tiró de las riendas para cederles el paso. El estandarte que portaba el primero de los jinetes estaba empapado y colgaba lacio del asta, pero los guardias llevaban capas color añil y sobre sus hombros volaba el águila plateada de Varamar.
— Son hombres de Mallister— le susurró Ser Rodrik, como si ella no se hubiera dado cuenta—. Será mejor que os echéis la capucha sobre la cara, mi señora.
Catelyn no se movió. Entre los hombres viajaba el propio Lord Jason Mallister, rodeado por sus caballeros, junto a su hijo Patrek y seguido por los escuderos. Sabía que se dirigían a Desembarco del Rey, al torneo de la Mano. A lo largo de la semana se habían cruzado con incontables viajeros que iban en dirección contraria a ellos: caballeros y mercenarios, juglares con arpas y tambores, carromatos cargados de lúpulo, maíz o barriletes de miel, comerciantes, artesanos y prostitutas. Todos se dirigían hacia el sur.
Escudriñó a Lord Jason sin la menor discreción. La última vez que lo había visto bromeaba con su tío, durante el banquete de su boda con Ned. Los Mallister eran abanderados de los Tully, y los regalos habían sido muy generosos. Lord Jason tenía ya el pelo encanecido y el tiempo le había cincelado arrugas en el rostro, pero los años no habían conseguido hacer mella en su orgullo. Cabalgaba como si no tuviera miedo a nada. Catelyn lo envidió por eso. Ella tenía miedo de tantas cosas... Lord Jason hizo un gesto de saludo con la cabeza al pasar junto a ellos, pero no era más que el ademán cortés de un gran señor al cruzarse con unos desconocidos. En sus ojos fieros no hubo asomo de identificación, y su hijo ni se molestó en mirarlos.
— No os ha reconocido— se asombró Ser Rodrik cuando hubieron pasado de largo.
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