canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Página 155

literatura fantástica Juego de tronos —Murió cuando yo era muy pequeño. —Gendry se apartó de la mente un mechón de pelo negro—. Sé que tenía el pelo rubio y que a veces me cantaba canciones, de eso sí me acuerdo. Trabajaba en una taberna. —¿Lord Stannis también te hizo preguntas? —¿El calvo? No, ése no dijo ni palabra, sólo me miraba como si yo fuera un violador y me hubiera tirado a su hija. —Cuidado con lo que dices, malhablado —intervino el maestro—. Estás ante la Mano del Rey. —El chico bajó los ojos—. Es un muchacho listo, pero muy terco. Ese yelmo es porque los demás dicen que es obstinado como un toro, hasta lo llaman así, Cabeza de Toro. Y por lo visto a él le gusta. Ned apartó el espeso pelo negro de la frente del chico. —Mírame, Gendry. —El aprendiz alzó la vista. Ned estudió la forma de la mandíbula, los ojos como hielo azul. «Claro. Ya lo entiendo», pensó—. Sigue trabajando, muchacho. Siento haberte molestado. Volvió a la casa con el maestro. —¿Quién pagó la tasa para el aprendizaje del chico? —preguntó a la ligera. —Vos mismo habéis visto que es muy fuerte. —Mott parecía alarmado—. Tiene buenas manos, parecen hechas para sostener el martillo. Promete mucho. Lo acepté como aprendiz sin que me pagaran. —Dime la verdad —replicó Ned—. Las calles están a rebosar de chicos fuertes. El día que aceptes a un aprendiz gratis será el día en que el Muro se derrumbe. ¿Quién pagó su cuota? —Un señor importante —confesó el maestro de mala gana—. No me dijo su nombre y no lucía ningún emblema. Me pagó en oro el doble de la tarifa habitual, y me dijo que me pagaba una vez por el chico y otra por mi silencio. —Descríbemelo. —Era recio, fuerte, no tan alto como vos. De barba castaña pero con hebras rojas, o eso me pareció. Llevaba una capa de buen tejido, terciopelo púrpura muy grueso con bordados de plata. Se había echado la capucha sobre la cara y no lo vi bien. —Titubeó un instante—. No quiero meterme en problemas, mi señor. —Ninguno queremos, pero vivimos en tiempos problemáticos, maestro Mott —dijo Ned—. Ya sabes quién es el chico. —Sólo soy un armero, mi señor. Sólo sé lo que me dicen. —Ya sabes quién es el chico —repitió Ned con paciencia—. No te hago ninguna pregunta. —Es mi aprendiz —replicó el hombre. Miró a Ned cara a cara, con ojos duros como el hierro forjado—. No me importa quién fuera antes de llegar aquí. Ned asintió. Tobho Mott, maestro armero, le caía bien. —Si llega un día en que Gendry prefiera esgrimir espadas en vez de forjarlas, envíamelo. Tiene madera de guerrero. Hasta entonces, maestro Mott, cuenta con mi agradecimiento. Y con mi promesa: si alguna vez quiero un casco para asustar a los niños, acudiré a ti. Su guardia aguardaba en el exterior con los caballos. —¿Habéis averiguado algo, mi señor? —preguntó Jacks mientras Ned montaba. —Sí —respondió Ned, todavía intrigado. ¿Por qué había mostrado interés Jon Arryn en un bastardo del rey, y por qué eso le había costado la vida? 155