literatura fantástica
Juego de tronos
comparar. Para aporrear a martillazos una cota de mallas vale cualquier herrero de pueblo. Lo que yo hago son obras de arte.
Ned bebió un sorbo de vino y dejó que el hombre siguiera parloteando. Tobho se jactó de que el Caballero de las Flores compraba allí su armadura, así como otros muchos grandes señores, los que entendían del buen acero, incluso Lord Renly, el hermano del propio rey. ¿ Había visto la Mano la armadura nueva de Lord Renly, la verde con las astas doradas? No había otro armero en la ciudad capaz de conseguir un verde tan intenso; él sabía cómo dar color al mismísimo acero; la pintura y los esmaltes eran los recursos del aprendiz. ¿ O tal vez lo que buscaba la Mano era una espada nueva? Tobho había aprendido de niño a trabajar el acero valyriano en las forjas de Qohor. Para coger armas viejas y forjarlas de nuevo había que conocer los hechizos.
— El lobo huargo es el emblema de la Casa Stark, ¿ verdad? Puedo haceros un yelmo de huargo tan realista que los niños huirán nada más veros— le aseguró.—¿ Le hiciste un yelmo con un halcón a Lord Arryn?— preguntó Ned con una sonrisa.— La Mano vino a visitarme, acompañado por Lord Stannis, el hermano del rey— contestó Tobho Mott después de una larga pausa y de dejar a un lado la copa de vino—. Por desgracia ninguno de los dos me hizo el honor de encargarme armas ni armaduras.
Ned se lo quedó mirando sin decir palabra, a la espera. A lo largo de los años había aprendido que a veces el silencio da más fruto que las preguntas. Aquélla fue una de esas ocasiones.— Querían ver al chico— añadió al final el armero—. Así que los llevé a la fragua.— El chico— repitió Ned. No tenía ni la menor idea de a quién se refería—. A mí también me gustaría ver al chico.— Como deseéis, mi señor— dijo Tobho Mott dirigiéndole una mirada fría, desconfiada, sin rastro de su anterior amabilidad.
Guió a Ned a una puerta trasera y por un patio estrecho, hasta el enorme silo de piedra donde estaba la fragua. Cuando el armero abrió la puerta, la ráfaga de aire caliente hizo que Ned se sintiera como si entrara en la boca de un dragón. En el interior refulgía una forja en cada esquina y el aire apestaba a humo y a azufre. Los trabajadores alzaron la vista de las tenazas y los martillos el tiempo justo para secarse el sudor de la frente, mientras los aprendices de torso desnudo seguían manejando los fuelles.
El maestro llamó a un muchacho alto, más o menos de la edad de Robb, pero con el pecho y los brazos muy musculosos.
— Éste es Lord Stark, la nueva Mano del Rey— dijo al chico de ojos azules y hoscos, que se retiraba de la frente el pelo empapado de sudor. Tenía el cabello negro como la tinta, espeso e indómito. La sombra de una barba incipiente le oscurecía la mandíbula—. Éste es Gendry. Es muy fuerte para su edad, y trabaja duro. Enséñale a la Mano el yelmo que has hecho, chico.
El muchacho los guió hacia su mesa de trabajo y, casi con timidez, tendió a Ned un yelmo de acero con forma de cabeza de toro y dos enormes cuernos curvos.
Ned dio vueltas al yelmo entre sus manos. Era de acero basto, sin pulir, pero que denotaba una mano experta.— Un trabajo excelente. Sería un placer que me permitieras comprarlo.— No está en venta— dijo el chico arrebatándoselo de las manos.— Estás hablando con la Mano del Rey, chico.— Tobho Mott lo miraba horrorizado—. Si su señoría quiere este yelmo, regálaselo. Te ha hecho el honor de pedírtelo.— Lo he forjado para mí— replicó el muchacho con testarudez.— Os pido mil perdones, mi señor— dijo el maestro a Ned—. El chico es todavía basto como el acero sin trabajar, le sentarán bien unos cuantos golpes. De todas maneras, ese yelmo es un trabajo de aprendiz. Perdonadlo y prometo que os haré otro como nadie ha visto jamás.
— El muchacho no ha hecho nada que deba perdonarle. Gendry, cuando Lord Arryn vino a verte, ¿ de qué hablasteis?— Me hizo preguntas, mi señor, nada más.—¿ Qué preguntas?— Que cómo estaba— contestó el chico encogiéndose de hombros—, que si me trataban bien, que si me gustaba el trabajo, y cosas sobre mi madre. Que quién era, y qué aspecto tenía y todo eso.
—¿ Qué le respondiste?— insistió Ned.
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