literatura fantástica
Juego de tronos
las cosas de otra manera tras unos cuantos años en la corte... Pero el detalle era demasiado llamativo para que Ned lo pasara por alto.—¿ Puedo serviros en algo más?— Tendrás que empezar a visitar prostíbulos.— Dura misión me encomendáis, señor— sonrió Jory—. A mis hombres no les importará ayudarme. Creo que Porther ya ha empezado por su cuenta.
El caballo favorito de Ned estaba ensillado y lo aguardaba en el patio. Varly y Jacks se unieron a él. Debían de estar asfixiados en los cascos de acero y las cotas de mallas, pero no se quejaban. Lord Eddard pasó por la Puerta del Rey y salió al hedor de la ciudad, con la capa blanca y gris ondeando a sus espaldas. Le parecía ver ojos por todas partes, y puso el caballo al trote. Sus guardias lo siguieron.
Atravesaron las concurridas calles de la ciudad, pero no podía evitar mirar hacia atrás con frecuencia. Tomard y Desmond habían salido del castillo temprano aquella misma mañana para ocupar posiciones en la ruta que iban a seguir y vigilar que nadie fuera tras ellos, pero incluso así Ned no se sentía seguro. La sombra de la Araña del Rey y de sus pajaritos lo ponía tan nervioso como una doncella en su noche de bodas.
La calle del Acero comenzaba en la plaza del mercado, junto a la Puerta del Río, que era como se la denominaba en los mapas, o la Puerta del Lodazal, que era como la llamaba la gente. Un comediante subido en unos zancos se movía entre la multitud como un insecto gigantesco, entre el griterío de una horda de críos descalzos que lo seguían. Cerca de allí, un par de niños que no serían mayores que Bran se batían en duelo con palos, rodeados por los gritos de ánimo de unos y las maldiciones furiosas de otros. Una vieja puso fin a la contienda mediante el sistema de asomarse por la ventana y vaciar un cubo de agua sucia sobre las cabezas de los contendientes. A la sombra del muro los granjeros pregonaban la mercancía de sus carretas: « Manzanas, las mejores manzanas, serían baratas aunque costaran el doble »; o « Melones, dulces como la miel », o « Patatas, cebollas, ajos, que se acaban, que se acaban ».
La Puerta del Lodazal estaba abierta, y unos cuantos Guardias de la Ciudad, con capas doradas, se encontraban bajo el rastrillo apoyados en las lanzas. Cuando una columna de jinetes procedentes del oeste se acercó a ellos, los guardias se pusieron en acción, empezaron a gritar órdenes y a organizar el tránsito de personas y carros para que el caballero pudiera entrar con su escolta. El primer jinete que cruzó la puerta portaba un largo estandarte negro. La seda ondeaba al viento como si estuviera viva. En el tejido aparecía el dibujo de un cielo nocturno hendido por un rayo púrpura.—¡ Dejad paso a Lord Beric!— gritaba el jinete—. ¡ Dejad paso a Lord Beric! Tras él llegó el señor en persona, un joven gallardo de pelo dorado rojizo y capa de seda negra tachonada de estrellas.—¿ Venís a combatir en el torneo de la Mano, mi señor?— le preguntó un guardia.—¡ Vengo a ganar el torneo de la Mano!— replicó Lord Beric sobre el clamor de la multitud. Ned se alejó de la plaza por la calle del Acero y siguió su tortuoso recorrido por una larga colina, pasando junto a herreros que trabajaban en sus fraguas al aire libre, mercenarios que regateaban por cotas de mallas y mercaderes encanecidos que trataban de vender espadas y navajas. Cuanto más ascendían, más grandes eran los edificios. El hombre que buscaban estaba en la cima de la colina, en una gran casa de madera y yeso cuyos pisos superiores descollaban sobre la calle estrecha. La doble puerta de la entrada era de ébano y arciano, y tenía tallada una escena de caza. Un par de caballeros de piedra montaban guardia en la entrada, sus armaduras eran unas hermosas obras de brillante acero rojo que los transformaban en un grifo y un unicornio. Ned dejó el caballo al cuidado de Jacks y entró en la casa.
La joven criada se fijó al instante en el broche y el emblema de Ned, y el maestre salió de inmediato, todo sonrisas y reverencias.
— Trae vino para la Mano del Rey— dijo a la criada, al tiempo que señalaba a Ned el sillón más cómodo—. Soy Tobho Mott, mi señor, poneos cómodo, os lo ruego.— Llevaba una casaca de terciopelo negro con martillos bordados en las mangas con hilo de plata. Del cuello le colgaba una cadena de plata muy pesada, con un zafiro del tamaño de un huevo de paloma—. Si lo que queréis son armas nuevas para el torneo de la Mano, habéis venido al lugar indicado.— Ned no se molestó en corregirlo—. Mi trabajo cuesta su buen dinero, mi señor, y lo digo con orgullo— siguió mientras llenaba dos copas de plata—. En los Siete Reinos no hay artesano capaz de igualar mis piezas, eso os lo aseguro. No tenéis más que visitar todas y cada una de las forjas de Desembarco del Rey para
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