canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 157

literatura fantástica
Juego de tronos
— Sólo ha visto a un par de viajeros manchados de barro, empapados y cansados, a un lado del camino. Ni se le pasaría por la cabeza que uno de ellos fuera la hija de su señor. No pasará nada si entramos en la posada, Ser Rodrik.
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Ya era casi de noche cuando llegaron al edificio, situado en la encrucijada al norte de la gran confluencia del Tridente. Masha Heddle estaba más gruesa y canosa de como la recordaba Catelyn, y seguía mascando hojamarga, pero apenas si les dedicó una mirada somera, sin rastro de su aterradora sonrisa roja.
— Lo único que me quedan son dos habitaciones en la planta de arriba— dijo sin dejar de mascar—. Están bajo el campanario, así seguro que no os olvidáis de las horas de las comidas, aunque a algunos les parece que el ruido es excesivo. Pero no hay otra cosa, estamos hasta arriba. O dormís en esas habitaciones, o en el camino.
Optaron por las habitaciones, un par de buhardillas polvorientas en la cima de una escalera estrecha y destartalada.
— Dejad las botas aquí— dijo Masha en cuanto le hubieron pagado—. El chico os las limpiará. No quiero que me embarréis las escaleras. Y estad atentos a la campana, el que llega tarde a la mesa no come. No hubo sonrisas, ni mencionó pastel alguno. La campana que anunciaba la cena resonó ensordecedora. Catelyn se había puesto ropa seca, y estaba sentada junto a la ventana, viendo caer la lluvia. El cristal era lechoso, lleno de burbujas, y en el exterior el ocaso empezaba a tender su manto. Catelyn apenas llegaba a divisar el lodazal que era la encrucijada de los dos grandes caminos.
La encrucijada la hacía pensar. Si en aquel punto se desviaban hacia el oeste tendrían por delante un viaje agradable hasta Aguasdulces. Su padre siempre le había dado consejos sabios cuando más los necesitaba, y deseaba con toda el alma hablar con él, prevenirlo contra la tormenta que se fraguaba. Si Invernalia debía prepararse para la guerra, cuánto más Aguasdulces, que se encontraba más cerca de Desembarco del Rey y tenía el poderío de Roca Casterly vigilando desde el oeste como una sombra. Si su padre hubiera estado más fuerte quizá lo habría hecho, pero Hoster Tully llevaba dos años postrado en el lecho, y Catelyn no quería cargarlo con más preocupaciones.
El camino que se dirigía hacia el este era más agreste y peligroso, había que ascender por colinas rocosas y atravesar bosques espesos para adentrarse en las Montañas de la Luna, recorrer caminos estrechos y atravesar simas profundas, hasta llegar al Valle de Arryn y a los pedregosos Dedos. Allí encontraría a su hermana... y quizá algunas de las respuestas que Ned buscaba. Sin duda Lysa sabría más de lo que se había atrevido a poner por escrito en la carta. Quizá tuviera las pruebas que Ned necesitaba para provocar la caída de los Lannister, y si empezaba la guerra necesitarían a los Arryn y a los señores de oriente que les habían jurado lealtad.
Pero el camino de la montaña era peligroso. Los gatosombras merodeaban por los desfiladeros, no eran extraños los desprendimientos de rocas, y los clanes montañeses se dedicaban a robar y asesinar a los viajeros, antes de desaparecer como la bruma cada vez que los caballeros recorrían el Valle en su busca. Hasta el propio Jon Arryn, uno de los más grandes caballeros que había conocido el Nido de Águilas, viajaba siempre con una buena guarnición cuando tenía que cruzar las montañas. El único guardián de Catelyn era un caballero anciano, cuya mejor armadura era la lealtad.
No, pensó. Aguasdulces y el Nido de Águilas tendrían que esperar. Debía encaminar sus pasos hacia el norte, hacia Invernalia, donde sus hijos y sus obligaciones la aguardaban. En cuanto cruzaran el Cuello podría descubrir su identidad a cualquiera de los abanderados de Ned, y enviar jinetes con orden de montar guardia en el camino real.
La lluvia oscurecía los campos más allá de la encrucijada, pero Catelyn veía en sus recuerdos las tierras despejadas. El mercado quedaba justo al otro lado del camino, y el pueblo, a apenas un par de kilómetros, no era más que medio centenar de granjas blancas alrededor de un pequeño sept de piedra. Seguramente ya habría más. El verano había sido largo y tranquilo. Hacia el norte el camino real discurría a lo largo del Forca Verde del Tridente, por valles fértiles y bosques frondosos, cerca de ciudades prósperas, fortines seguros y castillos donde habitaban los señores del río.
Catelyn los conocía a todos: los Blackwood y los Bracken, enemigos eternos, cuyas disputas se veía obligado a zanjar su padre; Lady Whent, la última de su estirpe, que moraba con sus fantasmas bajo las bóvedas cavernosas de Harrenhal; y el irascible Lord Frey, que había enterrado a siete esposas y había llenado sus dos castillos de hijos, nietos y bisnietos, y también de hijos bastardos y nietos bastardos. Todos eran abanderados de los Tully, habían jurado poner sus espadas al servicio de
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