canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 147

literatura fantástica Juego de tronos no me corresponde, pero no sirve de nada, tengo que bajar, y empiezo a descender por las escaleras, tanteando las paredes porque no llevo ninguna antorcha y no hay luz. Todo está cada vez más oscuro, y empiezo a tener ganas de gritar. —Se detuvo, algo avergonzado—. En ese punto es donde siempre me despierto. —Y despertaba con la piel fría y pegajosa, temblando en la oscuridad de su celda. Fantasma se subía de un salto y se tendía junto a él, le proporcionaba un calor reconfortante como el amanecer. Volvía a dormirse con el rostro contra el pelaje blanco del huargo—. ¿Tú sueñas con Colina Cuerno? —preguntó. —No. —Sam apretó los labios—. Detestaba aquel lugar. Rascó a Fantasma detrás de las orejas, ensimismado, y Jon respetó el silencio. Pasó un largo rato. Al final, Samwell Tarly empezó a hablar, y Jon Nieve escuchó sin interrumpir, para descubrir cómo un cobarde confeso había llegado al Muro. Los Tarly eran una familia antigua y honorable, abanderados de Mace Tyrell, señor de Altojardín y Guardián del Sur. El hijo mayor de Lord Randyll Tarly, Samwell, nació destinado a heredar tierras ricas, una fortaleza sólida y un espadón casi legendario llamado Veneno de Corazón, forjado en acero valyriano y que se transmitía de padre a hijo desde hacía casi quinientos años. Si su señor padre sintió algún orgullo cuando nació Samwell, éste se fue desvaneciendo a medida que el muchacho crecía regordete, blando y torpe. A Sam le gustaba escuchar música y componer canciones, vestir ropas de terciopelo y jugar junto a los cocineros en las cocinas del castillo, rodeado por los aromas deliciosos de los pasteles de limón y las tartas de arándanos. Sus grandes pasiones eran los libros, los gatitos y la danza, pese a su torpeza natural. Pero la mera visión de la sangre le daba mareos, y lloraba si veía matar un pollo. Por Colina Cuerno pasaron una docena de maestros de armas, que intentaron transformar a Samwell en el caballero que su padre soñaba. El niño recibió insultos y bastonazos, lo abofetearon y lo mataron de hambre. Un hombre lo hacía dormir con la cota de mallas para hacerlo más marcial. Otro lo vistió con las ropas de su madre y lo hizo desfilar por las afueras del castillo, para ver si la vergüenza le inculcaba algún valor. Pero Sam no hacía más que engordar y cada vez era más asustadizo, hasta que la decepción de Lord Randyll se transformó en furia y en desprecio. —Una vez —le confió Sam en susurros—, vinieron al castillo dos hombres de Quarth, dos hechiceros de piel blanca y ojos azules. Mataron un uro y me hicieron bañarme en la sangre caliente porque decían que eso me daría valor. Pero me dieron arcadas y vomité. Mi padre los mandó azotar. Por fin, después de tres niñas en otros tantos años, Lady Tarly dio a su señor esposo otro hijo varón. Desde aquel día en adelante Lord Randyll no volvió a mirar a Sam, y dedicó todo su tiempo a su hijo pequeño, un niño robusto y feroz mucho más de su agrado. Samwell conoció así varios años de paz y tranquilidad, con su música y sus libros. Hasta que amaneció el decimoquinto día de su nombre, cuando lo despertaron y se encontró con el caballo ensillado y el equipaje listo. Tres hombres lo escoltaron hasta un bosque cercano a Colina Cuerno, donde su padre estaba despellejando un ciervo. —Ya eres casi un hombre, y sigues siendo mi heredero —dijo Lord Randyll Tarly a su hijo mayor, sin dejar de limpiar la carcasa con un cuchillo largo—. No me has dado motivos para desheredarte, pero no permitiré que te quedes con las tierras y el título que corresponden a Dickon por derecho. Veneno de Corazón debe ser para un hombre que pueda esgrimirla, y tú no eres digno ni de tocar la empuñadura. Así que he decidido que hoy anunciarás que deseas vestir el negro. Renunciarás a todo derecho sobre la herencia de tu hermano, y emprenderás el viaje hacia el norte antes de que anochezca. »De lo contrario, mañana habrá una cacería, tu caballo tropezará en estos bosques, tú te caerás y morirás... o eso es lo que diré a tu madre. Y por favor, no imagines que te resultaría fácil desafiarme. Nada me produciría mayor placer que darte caza como al cerdo que eres. —Dejó el cuchillo de desollar a un lado. Tenía los brazos empapados de sangre hasta el codo—. Así que puedes elegir. La Guardia de la Noche... —Metió las manos en las entrañas del ciervo, le arrancó el corazón y se lo mostró, ensangrentado y goteante—. O esto. Sam contó la historia con voz tranquila, átona, como si le hubiera pasado a otra persona y no a él. Y por extraño que pareciera no lloró ni una vez. Cuando terminó, los dos chicos se 147