canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 146
literatura fantástica
Juego de tronos
Pero pese a todo se levantó, se echó sobre los hombros la capa con ribetes de piel y siguió a
Jon fuera de la sala común, todavía desconfiado, como si temiera que alguna trampa cruel le aguardara
en el exterior. Fantasma iba junto a ellos.
—No me imaginaba que sería así —dijo Sam mientras andaban. Sus palabras formaban nubes
de vapor en el aire helado, y el esfuerzo por mantener el paso de Jon lo hacía jadear—. Los edificios
están medio derrumbados, y hace tanto... tanto...
—¿Frío? —La escarcha formaba ya una costra dura sobre el castillo, y Jon oía el crujido suave
de la hierba gris bajo las botas. Sam asintió con tristeza.
—No soporto el frío —dijo—. La otra noche me desperté, y el fuego se había apagado. Pensé
que iba a morir congelado antes del amanecer.
—¿En el lugar de donde vienes hacía calor?
—No había visto la nieve hasta hace un mes. Venía hacia aquí con los hombres que mi padre
designó para acompañarme al norte, y de repente empezó a caer esa cosa blanca, como si fuera lluvia.
Al principio me pareció muy bonito, era como si bajaran plumas del cielo, pero no paraba, y yo me
helaba hasta los huesos. Los hombres tenían hielo en las barbas y en los hombros, y seguía cayendo
nieve. Tenía miedo de que no acabara nunca.
Jon sonrió.
El Muro se alzaba ante ellos, con su brillo pálido a la luz de la luna menguante. En el cielo las
estrellas brillaban claras y nítidas.
—¿Me van a obligar a subir ahí arriba? —preguntó Sam; al ver los peldaños de madera el
rostro se le había desencajado—. Si tengo que subir por esa escalera me muero.
—Hay una grúa —señaló Jon—. Te pueden llevar arriba en una especie de jaula.
—Me dan miedo las alturas. —Samwell Tarly sorbió por la nariz.
—¿Es que tienes miedo de todo? —preguntó Jon, incrédulo, frunciendo el ceño. Aquello ya
era demasiado—. No lo entiendo. Si de verdad eres tan gallina, ¿qué haces aquí? ¿Por qué se une un
cobarde a la Guardia de la Noche?
Samwell Tarly lo miró durante un momento larguísimo, y al final la cara redonda pareció
desmoronarse. Se sentó en el suelo cubierto de escarcha y se echó a llorar con unos sollozos tremendos
que le estremecían todo el cuerpo. Jon Nieve no sabía qué hacer, se limitó a mirarlo; como la nieve,
parecía que las lágrimas no acabarían jamás.
Fantasma sí supo qué hacer. El huargo claro, silencioso como una sombra, se acercó a
Samwell Tarly y empezó a lamerle las lágrimas del rostro. El chico gordo dejó escapar un grito de
sobresalto... y sin saber por qué, al instante siguiente, los sollozos se habían transformado en risas.
Jon Nieve también se echó a reír. Después, se sentaron juntos en el suelo helado, arrebujados
en las capas y con Fantasma tendido entre ellos. Jon le contó cómo Robb y él habían encontrado a los
cachorros recién nacidos entre las nieves de las postrimerías del verano. Le parecía como si hubieran
pasado mil años. No tardó en hablarle también de Invernalia.
—A veces sueño con ese lugar —dijo—. Recorro las salas desiertas. Mi voz levanta ecos, pero
nadie responde, así que camino más deprisa, abro las puertas, llamo a la gente. Ni siquiera sé a quién
estoy buscando. La mayor parte de las noches es a mi padre, pero otras es a Robb, o a mi hermanita
Arya, o a mi tío.
El recuerdo de Benjen Stark lo entristeció; su tío seguía desaparecido. El Viejo Oso había
enviado expediciones en su búsqueda. Ser Jaremy Rykker había dirigido dos batidas, y Quorin
Mediamano había recorrido todo el terreno desde la Torre Sombría, pero lo único que encontraron
fueron unas marcas en los árboles que su tío había dejado para señalar el camino. En las tierras altas y
pedregosas del noroeste, las marcas desaparecían de repente, y se perdía por completo todo rastro de
Ben Stark.
—En tu sueño, ¿encuentras a alguien alguna vez? —preguntó Sam.
—A nadie -contestó Jon sacudiendo la cabeza—. El castillo está siempre desierto. —Nunca
había hablado a nadie de aquel sueño, y no entendía por qué se lo contaba a Sam, pero se sentía bien al
hacerlo—. Hasta los cuervos de la pajarera han desaparecido, y en los establos sólo quedan huesos. Es
lo que más miedo me da siempre. Echo a correr, abro todas las puertas, subo los escalones de la torre
de tres en tres, llamo a gritos a alguien, a cualquiera. Y por fin me encuentro ante la puerta que lleva a
las criptas. Dentro todo es oscuridad, pero veo la escalera de caracol que desciende. Y sé que tengo
que bajar, pero no quiero. Me da miedo lo que sea que me espera abajo. Los antiguos Reyes del
Invierno están en las criptas, sentados en sus tronos, con lobos de piedra a los pies y espadas de hierro
sobre el regazo, pero no son ellos los que me dan miedo. Grito que yo no soy un Stark, que aquel lugar
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