literatura fantástica
Juego de tronos
—¡ No!— grito Bran desde su trono, mientras los hombres de Lannister desenfundaban las espadas—. ¡ Ven, Verano! ¡ Aquí!
El lobo huargo oyó la voz, miró a Bran y, a continuación, miró de nuevo a Lannister.
Retrocedió sin apartar los ojos del hombrecillo, y por último se tendió bajo los pies colgantes de Bran. Robb había estado conteniendo el aliento. Lo dejó escapar con un suspiro.—¡ Viento Gris!— llamó. Su lobo volvió con él, rápido y silencioso. Ya sólo quedaba Peludo, que seguía gruñendo al hombrecillo y mirándolo con unos ojos que eran como llamaradas verdes.—¡ Llámalo, Rickon!— gritó Bran a su hermano pequeño.—¡ A casa, Peludo, vamos a casa!— gritó Rickon al recuperarse de la sorpresa. El lobo negro gruñó por última vez a Lannister y corrió hacia Rickon, que se le abrazó con fuerza al cuello.— Qué interesante— comentó con voz átona Tyrion Lannister. Se quitó la bufanda y se secó la frente con ella.—¿ Os encontráis bien, mi señor?— preguntó uno de sus hombres, espada en mano. No dejaba de mirar a los lobos, nervioso.— Tengo una manga rota y los calzones incomprensiblemente mojados, pero no tengo nada herido salvo la dignidad.— Los lobos...— Hasta Robb parecía conmocionado—. No entiendo por qué han hecho eso...— No cabe duda de que me confundieron con la cena.— Hizo una reverencia rígida en dirección a Bran—. Muchas gracias por llamarlos, joven señor. Te aseguro que les habría resultado muy indigesto. Y ahora sí que me voy de verdad.
— Un momento, mi señor— dijo el maestre Luwin. Se dirigió hacia Robb e intercambió con él unos susurros. Bran trató de escuchar qué decían, pero hablaban demasiado bajo.
— Quizá...— dijo Robb Stark envainando la espada—. Puede que haya sido poco cortés contigo. Has sido amable con Bran, y... bueno...— Robb hizo un esfuerzo por recuperar la compostura—. Te ofrezco la hospitalidad de Invernalia, Lannister.
— No me vengas con falsas cortesías, chico. No simpatizas conmigo y no quieres que me quede aquí. Antes he visto una posada fuera de los muros, en la ciudad. Allí me darán cama, y así los dos dormiremos mejor. Y por unas cuantas monedas seguro que también encuentran a alguna ramera amable que me caliente las sábanas.— Se dirigió a uno de los hermanos negros, un hombre viejo de espada encorvada y barba enmarañada—. Partiremos hacia el sur al amanecer, Yoren. Nos encontraremos en el camino.— Sin añadir más, recorrió la sala trabajosamente con sus piernas cortas, pasó junto a Rickon y salió por la puerta. Sus hombres lo siguieron.
Los cuatro miembros de la Guardia de la Noche se quedaron donde estaban. Robb se volvió hacia ellos, inseguro.
— He ordenado que os preparen habitaciones y no os faltará agua caliente para limpiaros el polvo del camino. Espero que nos honréis con vuestra presencia esta noche durante la cena.
Formuló la invitación de manera tan torpe que hasta Bran se dio cuenta de que era un discurso aprendido, no palabras que le salieran del corazón. De todos modos, los hermanos negros se lo agradecieron igual.
Hodor tomó a Bran en brazos para llevarlo de vuelta a la cama, y Verano los siguió por las escaleras de la torre. La Vieja Tata estaba dormida en su silla. Hodor dijo: « Hodor », cogió a su tatarabuela, que roncaba con suavidad, y se la llevó. Bran se quedó allí tendido, pensando. Robb le había prometido que aquella noche podría cenar con la Guardia de la Noche en el Salón Principal.
— Verano— llamó. El lobo se subió a la cama de un salto. Bran lo abrazó con tanta fuerza que sintió el aliento cálido en la mejilla—. Ahora podré montar a caballo— susurró a su amigo—. Pronto iremos a cazar juntos por los bosques, ya verás. No tardó en quedarse dormido. En el sueño trepaba por una vieja torre sin ventanas, metía los dedos en las grietas de las piedras ennegrecidas y buscaba puntos de apoyo con los pies. Trepaba cada vez más alto y atravesaba las nubes hacia el cielo nocturno, pero la torre seguía y seguía. Cuando se detuvo para mirar abajo, el vértigo lo paralizó y los dedos casi perdieron su agarre. Bran gritó y se asió con todas sus fuerzas. La tierra estaba miles de kilómetros más abajo, y él no sabía volar. Él no sabía volar. Aguardó hasta que el corazón dejó de palpitarle con violencia, y siguió trepando. No podía hacer otra cosa que subir y subir. Muy por encima de él, como una silueta negra contra la luna, le pareció distinguir las formas de las gárgolas. Tenía los brazos doloridos y entumecidos, pero no se atrevía a detenerse para descansar. Se obligó a trepar más deprisa. Las gárgolas observaban su ascenso. Tenían ojos brillantes y rojos como carbones en un brasero. Quizá en el pasado fueran leones, pero en aquel momento eran seres
135