canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 134
literatura fantástica
Juego de tronos
en el Norte. El asiento era de piedra fría, pulida por incontables traseros. En los extremos de los
gigantescos brazos había tallas de cabezas de huargos con las fauces abiertas. La enormidad del
trono lo hacía sentirse casi como un bebé.
—Dices que tienes algo que hablar con Bran —dijo Robb mientras le ponía una mano en
el hombro a Bran—. Bien, Lannister, aquí lo tienes.
La mirada de Tyrion Lannister hacía sentir incómodo a Bran. Tenía un ojo negro y el otro
verde, ambos clavados en él como si lo estudiara, como si lo calibrara.
—Me han dicho que eras un trepador excelente, Bran —dijo por último—. Cuéntame,
¿cómo es que te caíste aquel día?
—Yo nunca me caigo —insistió el niño. Nunca, nunca, nunca se caía.
—No recuerda nada de la caída, ni de lo que estaba haciendo antes —intervino con
amabilidad el maestre Luwin.
—Qué extraño —dijo Tyrion Lannister.
—Mi hermano no está aquí para responder a tus preguntas, Lannister —dijo Robb,
cortante—. Pregúntale lo que quieras y sigue tu camino.
—Tengo un regalo para ti —dijo el enano a Bran—. ¿Te gustaría cabalgar, chico?
—El niño ha perdido el uso de las piernas, mi señor —se adelantó el maestre Luwin—. No
puede montar a caballo.
—Tonterías —replicó Lannister—. Con el caballo correcto y la silla adecuada, hasta un
tullido puede cabalgar.
—¡Yo no soy un tullido! —La palabra había sido como una puñalada en el corazón de
Bran. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas incontenibles.
—Entonces yo no soy un enano —dijo el enano con una mueca—. Mi padre se alegrará
mucho cuando se entere.
Greyjoy soltó una carcajada. El maestre Luwin se echó a reír.
—¿A qué clase de caballo y silla os referís? —preguntó Luwin
—A un caballo inteligente —replicó Lannister—. El chico no puede darle órdenes con las
piernas, así que hay que adaptar el caballo al jinete, enseñarle a que responda a las riendas, a la
voz. Yo optaría por un potro de un año que esté sin entrenar, así no habrá que hacerle olvidar unas
cosas antes de aprender otras. —Se sacó un rollo de papel del cinturón—. Dadle esto a
quienquiera que os fabrique las sillas. Será más que suficiente.
—Ya... ya veo —dijo el maestre, que curioso como una ardilla gris había cogido el papel
de manos del enano, lo había desenrollado y lo estaba estudiando—. Dibujáis muy bien, mi señor.
Sí, seguro que funcionará. Tendría que habérseme ocurrido a mí.
—No me ha resultado difícil, maestre. No se diferencia tanto de las sillas que utilizo yo.
—¿De verdad podré montar a caballo? —preguntó Bran. Quería creerlo, pero le daba
miedo. Quizá fuera otra mentira. El cuervo le había prometido que podría volar.
—Podrás —le aseguró el enano—. Y te juro una cosa, chico: a lomos de un caballo, serás
tan alto como cualquier hombre.
—¿Qué es esto, Lannister, una trampa? —Robb Stark parecía desconcertado—. ¿Qué significa
Bran para ti? ¿Por qué quieres ayudarlo?
—Me lo pidió tu hermano Jon —respondió con una sonrisa Tyrion Lannister llevándose una
mano al pecho—. Y mi punto débil son los tullidos, los bastardos y las cosas rotas.
En aquel momento se abrieron de golpe las puertas que daban al patio. La luz del sol entró a
raudales en la sala mientras Rickon, jadeante, se precipitaba hacia el interior. Los lobos huargo lo
seguían. El niño se detuvo en la puerta con los ojos muy abiertos, pero los lobos entraron. Clavaron las
miradas en Lannister, o quizá captaron su olor. Verano fue el primero en empezar a gruñir. Viento Gris
lo imitó. Se acercaron amenazantes al hombrecillo, uno desde la derecha y otro desde la izquierda.
—A los lobos no les gusta vuestro olor, Lannister —comentó Theon Greyjoy.
—Ya va siendo hora de que me marche —asintió Tyrion.
Dio un paso hacia atrás... y en aquel momento, a sus espaldas, Peludo salió de entre las
sombras, gruñendo. Lannister retrocedió, y Verano se lanzó contra él desde el otro lado. El enano se
tambaleó inseguro, y Viento Gris le lanzó una dentellada al brazo que le arrancó un trozo de tela de la
manga.
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