canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 133
literatura fantástica
Juego de tronos
sangre caliente que le corría por las venas, y siguieron su rastro en silencio, lo persiguieron con
manadas de arañas blancas, casi transparentes, grandes como sabuesos...
La puerta se abrió con estrépito, y faltó poco para que a Bran se le saliera el corazón por la
boca del susto. Pero sólo era el maestre Luwin, aunque inmediatamente después apareció por la puerta
el gigantesco Hodor.
—¡Hodor! —anunció el mozo de cuadras como tenía por costumbre, al tiempo que dedicaba a
todos una amplia sonrisa.
—Han llegado visitantes —dijo el maestre Luwin, que no sonreía—. Se requiere tu presencia,
Bran.
—Me estaban contando un cuento —se quejó el niño.
—Los cuentos esperan, mi pequeño señor, cuando vuelvas éste estará donde lo dejaste —dijo
la Vieja Tata—. En cambio los visitantes no tienen tanta paciencia. Y a veces traen sus propios
cuentos.
—¿De quién se trata? —preguntó Bran al maestre Luwin.
—De Tyrion Lannister, y también vienen algunos hombres de la Guardia de la Noche con
noticias de tu hermano Jon. Robb está reunido con ellos. Hodor, ayuda a Bran a bajar a la sala.
—¡Hodor! —asintió el mozo alegremente. Se agachó para no tropezar con la parte superior de
la puerta. Medía bastante más de dos metros, tanto que costaba creer que por las venas le corría la
misma sangre que por las de la Vieja Tata. Bran se preguntaba si, cuando fuera viejo, se arrugaría y se
encogería tanto como su tatarabuela. No parecía probable ni aunque viviera mil años.
Hodor levantó a Bran con tanta facilidad como si se tratara de una bala de heno, y lo acunó
contra el pecho gigantesco. Siempre despedía cierto olor a caballo, pero no era desagradable. Tenía
brazos grandes y musculosos, cubiertos de vello castaño.
—Hodor —repitió.
En cierta ocasión Theon Greyjoy había comentado que Hodor sabía muy pocas cosas, pero
que no cabía duda de que al menos sabía muy bien su nombre. Cuando Bran se lo contó, la Vieja Tata
se echó a reír con cloqueos de gallina, y le confesó que el verdadero nombre de Hodor era Walder.
Nadie sabía de dónde había salido lo de «Hodor», pero cuando empezó a repetirlo constantemente
pasaron a llamarlo así. Era la única palabra que decía.
Dejaron a la Vieja Tata en la habitación de la torre, con sus agujas y sus recuerdos. Hodor
tarareaba algo sin melodía mientras cargaba a Bran escaleras abajo y por la galería. El maestre Luwin
iba tras ellos, aunque tenía que apurar el paso para seguir las largas zancadas del mozo de cuadras.
Robb estaba sentado en el trono elevado de su padre. Vestía cota de mallas y cuero
endurecido, y tenía el rostro adusto de Robb el Señor. Theon Greyjoy y Hallis Mollen estaban de
pie a su lado. Junto a los muros de piedra gris, bajo las ventanas altas y estrechas, había una
docena de soldados. En el centro de la sala se encontraban el enano y sus criados, con cuatro
desconocidos que lucían las prendas negras de la Guardia de la Noche. En cuanto Hodor entró con
él en la sala, Bran captó la ira contenida en el ambiente.
—Cualquier miembro de la Guardia de la Noche es bienvenido en Invernalia, durante
tanto tiempo como desee permanecer —decía Robb con la voz de Robb el Señor.
Tenía la espada cruzada sobre las rodillas, desenfundada para que todos vieran el acero.
Hasta Bran sabía qué significaba recibir a un invitado con la espada así.
—Cualquier miembro de la Guardia de la Noche —repitió el enano—. Pero yo no,
¿verdad? ¿Te he entendido bien, chico?
—En ausencia de mis padres, yo soy el señor de Invernalia, Lannister —dijo Robb
levantándose y apuntando al hombrecillo con la espada—. No me llames chico.
—Si fueras un señor, tendrías la cortesía de un señor —replicó el hombrecillo, como si no
viera la espada que le apuntaba al rostro—. Por lo visto tu hermano bastardo heredó toda la
elegancia de tu padre.
—Jon. —A Bran se le cortó la respiración en los brazos de Hodor.
—Así que es cierto, el chico sigue vivo. —El enano se había girado para mirarlo—. Me
parecía increíble. Los Stark sois duros de pelar.
—Y los Lannister haríais bien en recordarlo —dijo Robb al tiempo que bajaba la espada—
. Trae aquí a mi hermano, Hodor.
—Hodor —dijo Hodor. Se adelantó sonriente