canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 132

literatura fantástica
Juego de tronos
Los únicos que quedaban eran Robb y el pequeño Rickon, y Robb había cambiado. Ahora era Robb el Señor, o al menos lo intentaba. Llevaba una espada de verdad y no sonreía nunca. Se pasaba el día ejercitando con la guardia y entrenándose en el manejo de la espada, con lo que en el patio resonaba constantemente el choque de metal contra metal mientras Bran miraba desconsolado desde la ventana. Por las noches se encerraba con el maestre Luwin para hablar o repasar libros de cuentas. En ocasiones se iba a caballo con Hallis Mollen, y estaba ausente varios días, visitando los fortines cercanos. Siempre que se iba durante más de un día, Rickon lloraba y no paraba de preguntar a Bran si Robb iba a volver. Pero, incluso cuando estaba en Invernalia, tenía más tiempo para Hallis Mollen y para Theon Greyjoy que para sus hermanos.
— Te puedo contar la historia de Brandon el Constructor— dijo la Vieja Tata—. Siempre ha sido tu favorita.
Hacía ya milenios, Brandon el Constructor había edificado Invernalia, y según algunas leyendas también el propio Muro. Bran conocía la historia, pero nunca había sido su favorita. Quizá fuera la favorita de algún otro Brandon. A veces Tata le hablaba como si fuera su Brandon, el bebé al que había dado el pecho hacía ya tantos años, y en otras lo confundía con su tío Brandon, el que había muerto a manos del Rey Loco antes incluso del nacimiento de Bran. Su madre le había dicho una vez que Tata había vivido tanto tiempo que, para ella, todos los Brandon Stark eran uno solo.— Ésa no es mi favorita— dijo—. Mis historias favoritas eran las de miedo. Se oyó un estrépito en el exterior, y se volvió hacia la ventana. Rickon corría por el patio hacia la caseta del guardia, y los lobos lo seguían, pero la orientación de la ventana de la torre no le permitía ver qué pasaba. Frustrado, se pegó un puñetazo en el muslo. No sintió nada.
— Ay, mi dulce niño de verano— dijo la Vieja Tata con voz queda—, ¡ qué sabrás tú del miedo! El miedo es cosa del invierno, mi pequeño señor, cuando la capa de nieve es de treinta metros y el viento aúlla gélido desde el norte. El miedo es para la larga noche, cuando el sol oculta el rostro durante años enteros, los bebés nacen, viven y mueren en la oscuridad, los huargos están famélicos y los caminantes blancos recorren los bosques.— Te refieres a los Otros— dijo Bran.— Los Otros— asintió la Vieja Tata—. Hace miles y miles de años hubo un invierno frío, duro y largo como jamás hombre alguno había conocido. Hubo una noche que duró una generación, los reyes tiritaban y morían en sus castillos igual que los porqueros en sus chozas. Las madres ahogaban a sus hijos con almohadas para no verlos morir de hambre, y lloraban, y las lágrimas se les helaban en las mejillas.— Su voz y sus agujas se callaron a la vez; miró a Bran con ojos claros, lechosos—. Dime, niño, ¿ son éstas las historias que te gustan?— Bueno— reconoció Bran de mala gana—, sí, pero... La Vieja Tata asintió.— Fue durante aquella oscuridad cuando aparecieron por primera vez los Otros— empezó, mientras las agujas hacían clic, clic, clic—. Eran cosas frías, cosas muertas, que aborrecían el hierro y el fuego y la luz del sol, y a toda criatura con sangre caliente en las venas. Arrasaron aldeas, ciudades y reinos, derrotaron a héroes y ejércitos. Eran innumerables, siempre a lomos de caballos blancuzcos y muertos, al frente de huestes de cadáveres. Ni todas las espadas de los hombres pudieron detener su avance, ni las doncellas ni los bebés de pecho despertaron su compasión. Dieron caza a las muchachas por los bosques helados y alimentaron a sus sirvientes muertos con la carne de los niños humanos.— Había bajado mucho la voz, casi no era más que un susurro, y Bran se dio cuenta de que se había inclinado hacia adelante para oírla.
— Eran los tiempos anteriores a la llegada de los ándalos, y mucho antes de que las mujeres cruzaran el mar Angosto huyendo de las ciudades de Thoyne; y los cien reinos de aquel entonces eran los reinos de los primeros hombres, que habían arrebatado estas tierras a los niños del bosque. Pero aquí y allá, en lo más profundo de las espesuras, los hijos seguían viviendo en sus ciudades de madera, en las entrañas de las colinas, y los rostros de los árboles montaban guardia. Así que, mientras el frío y la muerte invadían la tierra, el último héroe quiso buscar a los hijos, con la esperanza de que la magia antigua pudiera recuperar lo que los ejércitos de los hombres habían perdido. Emprendió la marcha hacia las tierras muertas con una espada, un caballo, un perro y una docena de compañeros. Buscó y buscó durante años, hasta que desesperó de dar jamás con los niños del bosque en sus ciudades secretas. Sus amigos fueron muriendo uno a uno, y también su caballo, y por último su perro, y hasta su espada se congeló de tal manera que se rompió cuando quiso utilizarla. Y los Otros olieron la
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