canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Seite 121
literatura fantástica
Juego de tronos
Los golpes en la puerta cesaron. Un momento más tarde oyó pisadas que se alejaban. Era fácil
engañar a Tom el Gordo.
Arya se dirigió hacia el baúl situado al pie de la cama. Se arrodilló, levantó la tapa, y empezó
a sacar la ropa a brazadas. La seda, el satén, el terciopelo y la lana se amontonaron en el suelo sin
orden ni concierto. Estaba allí, en el fondo del baúl, donde la había escondido. Arya la sacó casi con
ternura, y extrajo la esbelta hoja de la funda.
—Aguja.
Pensó de nuevo en Mycah, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por su culpa, por su culpa, por
su culpa. Si no le hubiera pedido que jugara a las espadas con ella...
Se oyeron golpes en la puerta, más fuertes que antes.
—Arya Stark, haz el favor de abrir esta puerta, ¿me oyes?
Arya se giró, con Aguja en la mano.
—¡Será mejor que no entres! —advirtió al tiempo que hendía el aire con ademán fiero.
—¡Se lo voy a decir a la Mano! —rugió la septa Mordane.
—¡Y a mí qué! —gritó a su vez Arya—. ¡Vete!
—¡Te vas a arrepentir de este comportamiento insolente, jovencita, te lo aseguro!
Arya prestó atención hasta que oyó el sonido de los pasos de la septa que se alejaban.
Volvió junto a la ventana, con Aguja en la mano, y miró abajo, hacia el patio. Ojalá se le diera
bien trepar, como a Bran, pensó. Saldría por la ventana, bajaría de la torre y escaparía de aquel palacio
odioso, de Sansa, de la septa Mordane y del príncipe Joffrey, de todos. Robaría comida en las cocinas,
se llevaría a Aguja, sus botas buenas y una capa abrigada. Buscaría a Nymeria en los bosques cerca del
Tridente, y volverían juntas a Invernalia, o tal vez huirían al Muro con Jon. Echaba de menos a Jon
más que a nadie en el mundo. Con él quizá no se sentiría tan sola.
Alguien dio unos golpes suaves en la puerta. Arya se apartó de la ventana y de sus sueños de
evasión.
—Arya —oyó la voz de su padre—. Ábreme. Tenemos que hablar.
Arya cruzó la habitación y levantó la tranca. Su padre estaba solo. Parecía más triste que
furioso. Aquello hizo que la niña se sintiera aún peor.
—¿Puedo pasar? —Arya asintió y bajó la vista avergonzada. Su padre cerró la puerta—. ¿De
quién es esa espada?
—Mía. —Casi se había olvidado de que tenía a Aguja en la mano.
—Dámela.
Le entregó la espada de mala gana, quizá no volviera a sostenerla en la vida. Su padre la
examinó a la luz, haciendo girar la hoja para examinar los dos lados. Probó la punta con el pulgar.
—Una espada como las de los criminales —dijo—. Pero me parece reconocer la marca del
forjador. Es obra de Mikken. —Arya no era capaz de mentirle. Bajó los ojos. Lord Eddard Stark
suspiró—. Mi hija de nueve años consigue armas de mi herrería y yo ni me entero. Se supone que la
Mano del Rey tiene que gobernar los Siete Reinos, y ni siquiera puedo controlar mi casa. ¿Cómo es
que tienes una espada, Arya? ¿Cómo la has conseguido? —Ella se mordió el labio y no dijo
nada. Nunca traicionaría a Jon, ni siquiera ante su padre—. Bueno, tampoco importa —añadió
él tras una pausa. Contempló la espada que tenía entre las manos—. No es juguete para un niño, y
menos todavía para una chiquilla. ¿Qué diría la septa Mordane si supiera que juegas con espadas?
—No estaba jugando —replicó Arya—. Y odio a la septa Mordane.
—Basta ya —le espetó su padre con tono duro y cortante—. La septa no hace más que cumplir
con su obligación, y bien saben los dioses que se lo pones difícil a la pobre mujer. Tu madre y yo la
hemos cargado con la misión imposible de hacer de ti una dama.
—¡Yo no quiero ser una dama! —rugió Arya.
—Debería romper este juguete en dos ahora mismo, así se acabaría tanta tontería.
—Aguja no se romperá —dijo Arya desafiante, aunque el temblor en la voz traicionaba sus
palabras.
—Vaya, así que tiene nombre, ¿eh? —Su padre suspiró—. Ay, Arya. Tienes algo de salvaje,
hija. Mi padre lo llamaba «la sangre del lobo». Lyanna tenía un poco de eso, y mi hermano Brandon
mucho. A los dos los llevó a morir jóvenes. —La niña captó la tristeza en su voz; no acostumbraba
hablar de su padre, ni de sus hermanos, que habían muerto mucho antes de que ella naciera—. Lyanna
habría llevado una espada si mi padre lo hubiera permitido. A veces me recuerdas a ella. Hasta te le
pareces.
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