literatura fantástica
Juego de tronos
Rickon, y que Robb le sonriera. Quería que Jon le revolviera el pelo y la llamara « hermanita », y que los dos acabaran las frases al unísono. Pero ninguno de ellos estaba allí. No le quedaba nadie, sólo Sansa, y Sansa no le dirigía la palabra si su padre no la obligaba.
En Invernalia comían en el Salón Principal la mitad de las veces. Su padre decía que un señor tiene que comer con sus hombres si quiere conservarlos.
— Debes conocer a los hombres que te siguen— le oyó decir a Robb una vez—, y ellos deben conocerte. No pidas a tus hombres que mueran por un desconocido.
En Invernalia había siempre un asiento de más a su mesa, y cada día pedía a un hombre diferente que comiera con ellos. Una noche podía ser Vayon Poole, y la charla versaría sobre monedas, panaderías y sirvientes. La noche siguiente sería Mikken, y su padre lo escucharía hablar acerca de armaduras, espadas, sobre cómo debe ser una forja caliente y la mejor manera de templar el acero. Otro día podía ser Mullen con su interminable charla sobre caballos, o el septon Chayle de la biblioteca, o Jory, o Ser Rodrik, o incluso la Vieja Tata con sus cuentos.
No había nada en el mundo que a Arya le gustara más que sentarse a la mesa de su padre y escuchar aquellas conversaciones. También le encantaba oír a los hombres de los bancos, mercenarios curtidos como el cuero, caballeros, jóvenes escuderos osados, ancianos hombres de armas ya canosos... Les tiraba bolas de nieve y los ayudaba a robar empanadas de la cocina. Sus esposas le daban galletas, ella inventaba nombres para sus bebés, y jugaba con sus hijos a monstruos y doncellas, a esconder el tesoro, a los castillos... Tom el Gordo la llamaba « Arya Entrelospiés », porque decía que ahí era donde estaba siempre. A ella le gustaba el apodo mucho más que « Arya Caracaballo ».
Pero aquello era en Invernalia, a un mundo de distancia, y allí todo era diferente. Aquélla era la primera vez que comían con los hombres desde que llegaran a Desembarco del Rey. Y Arya lo detestaba. Odiaba el sonido de las voces, la manera en que se reían, las historias que contaban. Antes eran sus amigos, se sentía a salvo entre ellos, pero ya sabía que era mentira. Habían permitido que la reina matara a Dama, y eso ya era espantoso, pero cuando el Perro encontró a Mycah... Jeyne Poole le había dicho a Arya que lo habían cortado en tantos trozos que se lo entregaron al carnicero en un saco, y al principio éste pensó que era un cerdo que habían matado. Y nadie alzó una protesta, ni desenfundó una espada, ni nada. Ni Harwin, que siempre parecía tan osado al hablar, ni Alyn que iba a ser caballero, ni Jory que era el capitán de la guardia. Ni siquiera su padre.
— Era mi amigo— le susurró Arya al plato, en voz tan baja que nadie la oyó. Ni siquiera había tocado las costillas, ya frías y con una película de grasa solidificada bajo ellas en el plato. La niña las miró y sintió náuseas. Se apartó de la mesa.—¿ A dónde crees que vas, jovencita?— preguntó la septa Mordane.— No tengo hambre.— A Arya le costó un gran trabajo hablar con educación—. ¿ Me disculpáis, por favor?— recitó, rígida.— No, no te disculpamos— replicó la septa—. Si casi no has tocado la comida. Siéntate ahí y limpia el plato.—¡ Limpíalo tú! Antes de que nadie pudiera detenerla, Arya corrió hacia la puerta, mientras los hombres reían a carcajadas y la septa Mordane la llamaba a gritos con voz cada vez más chillona. Tom el Gordo estaba en su puesto de guardia ante la puerta de la Torre de la Mano. Parpadeó sorprendido al ver que Arya corría hacia él y al oír los gritos de la septa.— Eh, pequeñaja, alto ahí— empezó. Pero Arya se le escurrió entre las piernas y subió como un rayo por la escalera de caracol de la torre. Tom el Gordo jadeaba tras ella.
De todo Desembarco del Rey, el único lugar que a Arya le gustaba era su dormitorio, y lo mejor de éste era la puerta, una plancha enorme de roble oscuro con refuerzos de hierro negro. Cuando cerraba aquella puerta y bajaba la tranca, nadie podía entrar, ni la septa Mordane, ni Tom el Gordo, ni Sansa ni Jory ni el Perro, ¡ nadie! La cerró. Cuando tuvo la puerta atrancada, Arya se sintió por fin a salvo y pudo echarse a llorar. Se sentó junto a la ventana sollozando. Odiaba a todo el mundo, pero sobre todo se odiaba a sí misma. Todo era por su culpa, todo lo malo que pasaba era por su culpa. Lo decía Sansa, y también Jeyne.
— Arya, nena, ¿ qué te pasa?— preguntó Tom el Gordo mientras llamaba a la puerta—. ¿ Estás ahí?—¡ No!— gritó ella.
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