literatura fantástica Juego de tronos
EDDARD
Eddard Stark cruzó a caballo las imponentes puertas de bronce de la Fortaleza Roja. Estaba magullado, cansado, hambriento e irritado. Aún no había descabalgado, y soñaba con un largo baño caliente, una gallina asada y un colchón de plumas, cuando el mayordomo del rey le dijo que el Gran Maestre Pycelle había convocado una reunión urgente del Consejo. Se solicitaba que la Mano los honrara con su presencia en cuanto lo considerase conveniente.
— El momento más conveniente sería mañana por la mañana— gruñó Ned mientras descabalgaba.
— Transmitiré vuestras disculpas a los consejeros, mí señor— dijo el mayordomo con una profunda reverencia.
— No, maldita sea— suspiró Ned. No era conveniente ofender al Consejo incluso antes de empezar su trabajo—. Iré a verlos. Pero antes quiero ponerme algo más presentable.
— Sí, mi señor— asintió el mayordomo—. Os hemos preparado las antiguas habitaciones de Lord Arryn, en la Torre de la Mano. Espero que os resulten adecuadas. Haré que suban vuestras cosas allí.
— Gracias— dijo Ned al tiempo que se arrancaba los guantes de montar y se los colgaba del cinturón. El resto de su grupo llegaba en aquel momento a las puertas. Vio a Vayon Poole, su mayordomo, y lo llamó—. Por lo visto el Consejo me necesita con urgencia. Encárgate de acompañar a mis hijas a sus dormitorios, y dile a Jory que las vigile para que no salgan. Sobre todo que Arya no vaya a explorar.— Poole hizo una reverencia. Ned se volvió hacia el mayordomo real—. Mis carros aún vienen de camino por la ciudad. Necesito una indumentaria más adecuada.— Será un placer conseguírosla— dijo el mayordomo. Y así fue cómo llegó Ned a la cámara del Consejo, muerto de cansancio y vestido con ropas prestadas. Cuatro consejeros aguardaban su llegada.
La cámara tenía una decoración suntuosa. El suelo estaba cubierto de alfombras de Myr, en vez de esteras, y en un rincón había un biombo tallado, procedente de las Islas del Verano, en el que aparecían un centenar de bestias fabulosas pintadas en colores brillantes. De las paredes colgaban tapices de Norvos, Qohor y Lys, y una pareja de esfinges valyrianas flanqueaban la puerta, con ojos de granates tallados que brillaban en las cabezas de mármol negro. El consejero al que Ned apreciaba menos, el eunuco Varys, se acercó a él en cuanto entró.— Lord Stark, me entristecieron mucho las noticias de los problemas que surgieron durante el viaje. Todos hemos visitado el sept y encendido velas por el príncipe Joffrey. Rezo por que se recupere pronto.
La mano del eunuco manchaba de polvo la manga de Ned. El eunuco desprendía un olor desagradable y dulzón, como el de las flores de los cementerios.
— Vuestros dioses os han escuchado— replicó Ned con educada frialdad—. El príncipe está cada día más fuerte.
Se liberó de la mano del eunuco y cruzó la sala hacia donde estaba Lord Renly, al lado del biombo, hablando en voz baja con un hombre de poca estatura que no podía ser más que Meñique. Renly acababa de cumplir los ocho años cuando Robert subió al trono, pero era ya un hombre, y tan parecido a su hermano que a Ned le resultó desconcertante. Al mirarlo tenía la sensación de que no habían pasado los años y era Robert quien estaba ante él, recién obtenida la victoria en el Tridente.— Ya veo que habéis llegado sano y salvo, Lord Stark— dijo Renly.— Y también vos— respondió Ned—. Perdonadme, pero a veces sois la viva imagen de vuestro hermano Robert.— Una mala copia— dijo Renly encogiéndose de hombros.— Pero con mucho mejor gusto en el vestir— apostilló Meñique—. Lord Renly se gasta en ropa más que la mitad de las damas de la corte.
Era cierto. Lord Renly lucía una indumentaria de terciopelo verde, con doce venados de oro bordados en el jubón. Llevaba echada al hombro de manera informal una capa corta de hilo de oro, prendida con un broche de esmeraldas.— Hay crímenes peores— dijo Renly con una carcajada—. Por ejemplo, tu gusto en el vestir. Meñique hizo caso omiso de la puya y miró a Ned con una sonrisa casi insolente.— Hace años que tenía ganas de conoceros, Lord Stark. Supongo que Lady Catelyn os habrá hablado de mí.
106