canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 107
literatura fantástica
Juego de tronos
—Así es —replicó Ned con voz gélida. Lo exasperaba la arrogancia del comentario—. Tengo
entendido que también conocisteis a mi hermano Branden.
Renly Baratheon se echó a reír. Varys se acercó discretamente para escuchar.
—Demasiado bien —respondió Meñique—. Todavía conservo un recuerdo de su amistad.
¿También hablaba de mí Brandon?
—A menudo, y con cierto ardor —dijo Ned. Tenía la esperanza de que aquello pusiera
punto final a la conversación. Los duelos verbales le colmaban la paciencia.
—Pensaba que el ardor no se correspondía con la personalidad de los Stark —siguió
Meñique—. Aquí, en el sur, se dice que estáis hechos de hielo, y que os derretís si bajáis del
Cuello.
—No tengo intención de derretirme a corto plazo, Lord Baelish. De eso podéis estar
seguro. —Ned se dirigió hacia la mesa del Consejo—. Espero que os encontréis bien, maestre
Pycelle —dijo.
—Tan bien como puede encontrarse un hombre de mi edad, mi señor —dijo el Gran
Maestre sonriéndole con amabilidad desde su silla elevada, al extremo de la mesa—. Pero, por
desgracia, me canso enseguida.
Sobre el rostro bondadoso, unos mechones de pelo blanco le bordeaban la amplia cúpula
calva de la frente. Su collar de maestre no era una simple gargantilla de metal como el que lucía
Luwin, sino que consistía en dos docenas de cadenas muy pesadas, enlazadas de manera que le
llegaban hasta el pecho. Los eslabones eran de todos los materiales conocidos: hierro negro y oro
rojo, cobre brillante y plomo mate, acero, estaño, plata blanca, latón, bronce y platino. Tenía
engarzados granates, amatistas, perlas negras y, aquí y allá, una esmeralda o un rubí.
—Deberíamos empezar ya —dijo el Gran Maestre con las manos entrelazadas sobre el
amplio estómago—. De lo contrario puedo quedarme dormido en cualquier momento.
—Como deseéis.
El sillón del rey, con los cojines bordados en oro con el venado coronado de los
Baratheon, estaba vacío en la presidencia de la mesa. Ned ocupó la silla contigua, como
correspondía a la mano derecha del rey.
—Señores —empezó en tono formal—. Lamento haberos hecho esperar.
—Sois la Mano del Rey —dijo Varys—. Estamos a vuestra disposición, Lord Stark.
Los demás fueron ocupando sus asientos habituales, y Eddard Stark tuvo la repentina
sensación de que estaba fuera de lugar allí, en aquella sala, con aquellos hombres. Recordó lo que
le había dicho Robert en las criptas de Invernalia. «Estoy rodeado de imbéciles y aduladores», se
había quejado el rey. Ned miró a los hombres sentados en torno a la mesa, y se preguntó cuáles
serían los imbéciles y cuáles los aduladores. Creía saber la respuesta.
vi, —Sólo somos cinco —señaló.
—Lord Stannis se fue a Rocadragón poco después de que el rey emprendiera la marcha
hacia el norte —dijo Varys—, y no me cabe duda de que el valiente Ser Barristan cabalga en estos
momentos junto al rey por la ciudad, como corresponde al Lord Comandante de la Guardia Real.
—Deberíamos esperar a que llegaran el rey y Ser Barristan —sugirió Ned.
—Si esperamos a que mi hermano nos honre con su regia presencia —dijo Renly
Baratheon con una carcajada—, nos pueden salir canas.
—El buen rey Robert tiene muchas preocupaciones —dijo Varys—. Nos confía a nosotros
los asuntos de menor importancia para aliviar su carga.
—Lo que Lord Varys dice es que todos estos asuntos de finanzas, cosechas y justicia
matan de aburrimiento a mi regio hermano —intervino Lord Renly—, así que nos corresponde a
nosotros gobernar el reino. De cuando en cuando nos hace llegar alguna orden. —Se sacó de la
manga un papel enrollado y lo puso sobre la mesa—. Esta mañana me ordenó partir a caballo a
toda prisa, y pedir al Gran Maestre Pycelle que convocara este Consejo. Tiene una misión
apremiante para nosotros.
Meñique sonrió y tendió el papel a Ned. Llevaba el sello real. Ned rompió la cera con el
pulgar, y extendió el papel para leer las órdenes urgentes del rey. A medida que iba leyendo, la
incredulidad se apoderaba de él. ¿Es que Robert estaba loco? Y que quisiera hacerlo en su honor
ya era demasiado.
—Por todos los dioses —maldijo.
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