canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 103
literatura fantástica
Juego de tronos
Cuando por fin divisaron el Castillo Negro, los torreones entibados y las torres de piedra
parecían simples juguetes esparcidos sobre la nieve al pie de la vasta muralla de hielo. La antigua
fortaleza de los hermanos negros no era ninguna Invernalia. De hecho no era un verdadero castillo.
Como carecía de muros era imposible defenderlo de ataques procedentes del sur, del este o del oeste;
pero en realidad lo único que importaba a la Guardia de la Noche era el norte, y al norte se alzaba el
Muro. Tenía una altura de más de doscientos metros, tres veces más que la torre más alta de la
fortaleza que protegía. Su tío le contó que la cima era tan ancha que una docena de caballeros con
armaduras podían cabalgar por ella hombro con hombro. Allí montaban guardia las líneas sobrias de
catapultas enormes y las monstruosas grúas de madera, como esqueletos de pájaros inmensos, y entre
ellos caminaban hombres de negro a los que la distancia reducía al tamaño de pulgas.
Allí, junto a la entrada de la armería, mirando arriba, Jon volvió a sentir un sobrecogimiento
casi tan abrumador como el día en que lo había visto por primera vez desde el camino real. Así era el
Muro. A veces uno casi se olvidaba de que estaba allí, igual que se olvida del cielo o de la tierra que se
pisa, pero en otras ocasiones parecía como si no hubiera otra cosa en el mundo. Era más viejo que los
Siete Reinos,
y Jon empezó a sentir vértigo mirándolo desde abajo. Sentía como si el peso de todo aquel
hielo cayera sobre él, como si estuviera a punto de derrumbarse. Y el muchacho tenía la intuición de
que, si el muro caía, el mundo caería con él.
—Hace que uno se pregunte qué hay al otro lado —dijo una voz conocida.
—Lannister —dijo Jon bajando la vista—. No me había dado cuenta... Es decir, creía que
estaba solo.
—Pillar a la gente desprevenida tiene muchas ventajas. —Tyrion Lannister iba envuelto en
pieles tan gruesas que parecía un oso diminuto—. Nunca se sabe qué vas a aprender.
—De mí no aprenderás nada —replicó Jon. Apenas había visto al enano desde que terminara
el viaje. Como hermano de la reina, Tyrion Lannister había sido el invitado de honor de la Guardia de
la Noche. El Lord Comandante lo había instalado en habitaciones de la Torre del Rey (así llamada
aunque hacía más de un siglo que ningún rey ponía el pie en ella), Lannister comía en la mesa de
Mormont, se pasaba los días cabalgando sobre el muro y las noches bebiendo y jugando a los dados
con Ser Alliser, Bowen Marsh y los otros oficiales de alto rango.
—Yo siempre aprendo algo allí donde voy. —El hombrecillo señaló la cima del Muro con un
bastón negro y nudoso—. Como iba diciendo... ¿por qué será que, en cuanto un hombre construye un
muro, inmediatamente su vecino quiere saber qué hay al otro lado? —Inclinó la cabeza y miró a Jon
con sus curiosos ojos dispares—. Porque quieres saber qué hay al otro lado, ¿verdad?
—Nada especial —dijo Jon. Se moría por acompañar a Benjen Stark en sus expediciones, por
adentrarse en los misterios del Bosque Encantado, quería combatir a los salvajes de Mance Rayder, y
proteger el reino del ataque de los Otros, pero era mejor no hablar de las cosas que uno quería—. Los
guardias dicen que sólo hay bosques, montañas, lagos helados y nieve por todas partes.
—Y también hay grumkins y snarks —señaló Tyrion—. No nos olvidemos de ellos, Lord
Nieve, ¿si no a qué vendría tanto jaleo?
—No me llames Lord Nieve.
—¿Preferirías que te llamaran el Gnomo? —preguntó el enano arqueando una ceja—. Si dejas
que se den cuenta de que sus palabras te hacen daño, jamás te librarás de las burlas. Si te ponen un
mote, recógelo y transfórmalo en tu nombre. —Hizo otro gesto con el bastón—. Ven, acompáñame.
Deben de estar sirviendo alguna bazofia en la sala común, y me iría bien tomar algo caliente.
Jon también tenía hambre, así que echó a andar junto a Lannister, acortando el paso para
acomodarse al avance torpe del enano. El viento empezaba a soplar y a su alrededor se oían los
crujidos de los edificios de madera. A lo lejos una contraventana olvidada golpeteaba sin cesar, y en
un momento dado resonó un golpe sordo, cuando una espesa capa de nieve se deslizó de un tejado y
cayó al suelo cerca de ellos.
—No he visto a tu lobo —dijo Lannister mientras caminaban.
—Cuando entrenamos lo dejo encadenado en los establos viejos. Ahora todos los caballos
están en los establos del este, así que no molesta a nadie. El resto del tiempo lo pasa conmigo. Mi
celda dormitorio está en la Torre de Hardin.
—La que tiene el almenaje derrumbado, ¿verdad? Hay un montón de piedras en el patio, y la
torre se inclina tanto como nuestro noble rey Robert después de una noche de borrachera. Creía que
esos edificios estaban abandonados.
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