canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 102
literatura fantástica
Juego de tronos
—Sí. Frío, duro y cruel. Así es el Muro, y así son los hombres que lo patrullan. Nada que ver
con los cuentos que te contaba tu niñera. Nosotros nos meamos en los cuentos, y también en la niñera.
Las cosas son como son, y estarás aquí el resto de tu vida, igual que nosotros.
—Vida —repitió Jon con amargura. El armero podía hablar de la vida, porque había vivido.
Sólo vistió el negro después de perder un brazo en el asedio de Bastión de Tormentas. Antes de eso
había sido herrero de Stannis Baratheon, el hermano del rey. Había recorrido los Siete Reinos de punta
a punta. Había disfrutado de los banquetes y de las mujeres, había combatido en cien batallas. Se decía
que Donal Noye había forjado la maza del rey Robert, la que acabó con Rhaegar Targaryen en el
Tridente. Había hecho todo lo que Jon jamás podría hacer y, cuando fue viejo, más cerca ya de los
cuarenta que de los treinta, había recibido un hachazo, y la herida se infectó hasta tal punto que hubo
que amputarle el brazo. Sólo entonces, tullido, cuando poco le quedaba ya de vida, Donal Noye llegó
al Muro.
—Sí, vida —asintió Noye—. Una vida larga o corta, eso depende de ti, Nieve. Por el camino
que vas, tus hermanos te cortarán la garganta cualquier noche de éstas.
—No son mis hermanos —saltó Jon—. Me detestan porque soy mejor que ellos.
—No. Te detestan porque te comportas como si fueras mejor que ellos. Te miran y ven a un
bastardo criado en un castillo que se comporta como un señor. —El armero se inclinó hacia él—. No
eres ningún señor. Recuérdalo siempre. Tu apellido es Nieve, no Stark. Eres un bastardo y un matón.
—¿Yo? ¿Matón, yo? —Jon estuvo a punto de atragantarse con la palabra. La acusación era tan
injusta que lo había dejado sin aliento—. Fueron ellos los que me atacaron. Los cuatro.
—Cuatro muchachos a los que habías humillado en el patio. Cuatro muchachos que
seguramente te tienen miedo. Te he visto pelear. Contigo no es un entrenamiento. Si tu espada tuviera
filo, estarían muertos. Eso lo sabes bien, y ellos también lo saben. No les dejas nada. Los avergüenzas.
¿Te sientes orgulloso de eso?
Jon titubeó. Se sentía orgulloso cuando ganaba. ¿Por qué no? Pero el armero le estaba
quitando también eso, hacía que pareciera algo malo.
—Todos son mayores que yo —dijo a la defensiva.
—Mayores, más altos y más fuertes, cierto. Pero me apuesto lo que sea a que tu maestro de
armas te enseñó a pelear con hombres más corpulentos en Invernalia. ¿Era algún anciano caballero?
—Ser Rodrik Cassel —asintió Jon con cautela. Percibía que allí había alguna trampa, notaba
cómo se cerraba en torno a él.
—Piénsalo bien, chico. —Donal Noye se inclinó hacia delante, hasta que su rostro casi rozó el
de Jon—. Antes de conocer a Ser Alliser ninguno de los otros había tenido un maestro de armas. Sus
padres eran granjeros, carreteros, cazadores furtivos, herreros, mineros, remeros en galeras
mercantes... Lo poco que saben de lucha lo aprendieron en los malecones, en los callejones de Antigua
y de Lannisport, en burdeles de las afueras y tabernas a lo largo del camino real. Quizá esgrimieran
palos alguna vez antes de llegar aquí, pero te puedo asegurar que, en veinte años, no he visto ni a uno
que tuviera suficiente dinero para comprar una espada de verdad. —Parecía sombrío, torvo—. Bueno,
¿qué tal te saben ahora las victorias, Lord Nieve?
—¡No me llames así! —le espetó Jon. Pero su ira carecía ya de fuerza. De pronto se sentía
avergonzado y culpable—. No sabía... no pensé...
—Pues más vale que empieces a pensar —le advirtió Noye—. O eso, o tendrás que dormir con
una daga bajo la almohada. Ya te puedes ir.
Cuando Jon salió de la armería era ya casi mediodía. El sol había conseguido asomar entre las
nubes. Le dio la espalda y alzó la vista hacia el Muro, que resplandecía azul y cristalino bajo