Autarquía número nueve | Page 8

Literatura El bosque exterior duerme. El sol florece entre dos montañas, pero los árboles, agotados de cargar la lluvia, lo ignoran. El espíritu del bosque quizá sea el viento, mas la voluntad yace en sus muros de madera: nadie despertará hasta que ellos lo hagan. Esto es el esqueleto del bosque, la carcasa que contiene a una bestia cuando decide regresar de su letargo; pero este bosque es diferente, este bosque parece no despertar nunca y, sin embargo, su centro late; existe como espectro en nuestro mundo, pero del otro lado sigue estando vivo; esto no es un bosque; ni frío, ni niebla, ni piedras: es algo que duerme. El bosque interior ha despertado hace unos minutos. Aún con los ojos cerrados y la cabeza soñando, el bosque interior comenzó a rugir desde que mi mirada salió por la ventana. Floreció con una idea y maduró con palabras; entonces el bosque interior se convirtió en niebla, sin voluntad o espíritu; sin cuerpo o razón; el bosque de niebla nació como una biblio- teca cuyos estantes se pierden o repiten, esclarecen o abruman, e inter- cambian lugares; este bosque tiene su propia vida, su propia conciencia que se alimenta de mis cavilaciones y deseos; que se funde conmigo y se traga mis intestinos, mis manos y mi corazón a falta de ellos; un bosque ajeno, que pronto será tan mío que olvidaré si al principio era humano o bosque; de flores o de huesos. El bosque interior será propio algún día y la humanidad que cargo ahora se repartirá entre sus ramas; entonces el bosque interior, como el exterior, tendrá un espíritu en forma de viento y voluntad entre sus troncos, y la gente que lo visite también dirá que su centro late aunque su vida esté mayormente dormida y que sería hermoso verlo despertar cuando el sol florezca entre dos montañas y, aun así, el bosque nunca despertará. En el mundo sólo hay cosas despiertas y cosas dormidas; el bosque interior ha despertado hace apenas unos minutos y, conforme su vida va tomando la mía, he comenzado a sentir cómo los ojos se me revelan pesados, cómo las flores aparecen sobre mi cuello en botón. En el exterior humano, las cosas duermen; en el interior, habitan. Los seres viven al interior de ojos y se apagan al salir. La vida habita en mira- das, pero no en el mundo; en mentes, pero no en el viento. En el mundo todos dormimos juntos, pero, a los ojos humanos, algunos a veces des- pertamos. La vida es la expresión de la resistencia humana a dormir: la línea que pintamos con el tiempo, el lenguaje y la historia entre lo silente, lo tranquilo, lo sencillo y nosotros. El mundo sosegado e inmóvil nos es tan lejano que nos hemos visto en la necesidad de embebernos en un con- cepto que nos separe de él, y lo hemos repetido y compartido tantas veces que siempre olvidamos que las cosas nunca nos dotaron de su verdade- ro concepto, de su verdadero nombre; nosotros sólo les donamos uno. La vida es una idea y no una realidad comprobable. Quizá solo un sueño, un producto de estar dormidos también. La cosmovisión que hemos cons- truido, todos los pilares en los que sostenemos nuestro paso por el mundo se han enfocado en separar lo salado de lo dulce, lo cálido de lo helado, lo despierto de lo dormido. En el bosque interior reside una somnolencia 8 Autarquía “El bosque de niebla nació como una biblioteca cuyos esta