Autarquía número nueve | Page 5

sentir, a nuestro enfrentamiento primero con las cosas. Este enfrentamiento con las cosas, los otros y con nosotros mis- mos, es nuestro sentir originario y es un hecho primordial en el que aprehendemos (con “h”) algo otro que queda en espera de ser determinado, recogido por nosotros, esto es, en espe- ra de ser incorporado a nuestra vida para que ésta continúe fluyendo y se vaya haciendo; por esto, el sentir originario es originante, es el supuesto real de nuestro comportamiento y manejo de las cosas. La incorporación de lo aprehendido im- plica su determinación como más o menos significativo para nuestra vida y esta determinación pende de la lectura, de la interpretación elemental que hagamos de él. Lectura llevada a cabo con nuestra concreta estructura intelectiva, a una apre- hensiva, afectiva y volitiva. Estructura que ha sido forjada vi- vencial, social e históricamente. Esa estructura intelectiva es peso: habla de y desde nuestro pasado social y personal. Así entendida ─otra manera me parecería limitada─, la lectura está en la base de la fabricación de nosotros mismos. Ahora bien, si leer es interpretar, ¿cómo podemos estar seguros de que nuestra mirada, nuestros miedos, preocupa- ciones, intereses, necesidades, nuestra mentalidad no es un poderoso filtro que nos hace ver lo que le conviene, lo que encaja en ella, aquello para lo que está habilitada por la inter- vención de los otros que nos han enseñado a mirar de cierto modo?, ¿cómo sabemos que nuestra lectura no está dominada por esa forma de percibir, sentir y querer ya fabricada? Dado lo anterior, sería deseable atender al llamado de vigilia sobre estas limitaciones, distorsiones y velos que carga la mirada a la hora de acercarse a las cosas materializados en esquema- tismos y en falsa seguridad de que nuestra mirada es trans- parente, de que es la mirada y nos entrega las cosas como son; seguridad que nos hace proclives a esperar que los otros acepten lo que elaboramos a partir de nuestra lectura y que se comporten conforme a la misma. Si tenemos en cuenta lo anterior, entonces es claro que una lectura adecuada implica no sólo que nos acerquemos a las cosas, las observemos, experimentemos, verifiquemos, com- probemos, contrastemos una y otra vez metódicamente; que no es suficiente que procedamos rigurosa y correctamente por inducción o deducción, porque estas acciones suponen ya la puesta en acto del esquema intelectivo de cada uno, el cual puede hacer que nuestra lectura sea inadecuada y par- cial. En algunos casos las consecuencias no tendrán impor- tancia, pero si lo que está en juego es la configuración de nuestra persona, el hacernos cargo de nosotros mismos o la interacción con los otros, entonces parece que leer tiene peso, gravedad; como sabemos, pequeños y grandes conflictos hu- manos tienen de fondo una mala lectura de la realidad. Creo que este peso vital de la lectura en la existencia humana lleva a Amartya Sen a afirmar que la capacidad de leer y escribir es un derecho fundamental de las personas y de los grupos humanos, porque están en la base del alumbramiento de po- sibilidades que los seres humanos necesitamos para hacernos plenamente personas y ciudadanos. Si deseamos que nuestra vida tenga una base suficientemen- te sólida, parece necesario contar con una lectura precavida de las cosas, una lectura que se cuestione ¿qué de nuestra percepción de los objetos lo ‘ponemos’ nosotros y qué la rea- lidad?, es decir, ¿qué de lo que percibimos es dato, dado, no puesto por nosotros o por otros, sino dado por la cosa, por lo real?, ¿cómo saberlo? Necesitamos restituir a la lectura el lugar que de hecho tiene en nuestra vida y empeñarnos en una comprensión crítica de la misma, es decir, realizar un ejercicio encaminado no solo a las cosas sino también a la estructura intelectiva que so- porta nuestra le ctura de ellas. No darnos por satisfechos con ejercerla para analizar y juzgar, por ejemplo, la situación en la que se encuentra un grupo humano o el valor de una obra de arte. Es deseable ir más allá y cuestionar la mirada con la que analizamos y juzgamos; esto es, asumir una disposición reflexiva, una disposición que vuelva sobre la herramienta con la cual se lee y que haga posible ganar una libertad que descanse, cada vez más y mejor, en las posibilidades reales de las cosas. Es la invitación a un ejercicio capaz de ponerse en cuestión, la invitación a una auto-vigilancia epistémica. Además de la lectura, la base sobre la que descansa la educa- ción está constituida por otros actos igualmente determinan- tes como escribir, organizar y articular las ideas, problema- tizar y dialogar. Estos actos complejos están implicados en cualquier abordaje intelectivo que llevemos a cabo, desde el más sencillo de la vida ordinaria –¿cómo organizo mi día?– hasta el más complejo como la investigación teórica; están implicados en toda cuestión que involucre nuestra capacidad de atender y entender lo real. Finalmente, hago una precisión respecto a la lectura. He afirmado que no sabemos leer, con ello no me refiero a una dificultad técnica para realizar una lectura correcta y com- prender lo que leemos; no me refiero a la cuestión expresada en la pregunta ¿cómo leer?, sino a la cuestión fundamental ¿qué es y para qué leer? La pregunta ¿cómo leer? espera como respuesta una técnica; la pregunta ¿qué es leer?, espera la respuesta del pensar y abre la posibilidad de problematizar- la, de darle una dirección o de cambiar la que tiene. La última me da el quid, el ser, la índole de la lectura. Si lo aquí escrito es claro y cierto, entonces podría aceptarse que el acto de leer es vital, personal. Leer es leer-se, así en modo reflexivo: sólo lee realmente quien también se lee a sí mismo y escudriña la mirada con la que lee. Que la lectura sea personal significa que es un acto de diálogo del alma con- sigo misma como nos ha enseñado Platón al referirse al saber vital, no un diálogo del alma encerrada en sí y sobre ella mis- ma sino un diálogo sobre la resonancia que en ella tienen las cosas mismas que la han abierto. Leer puede, entonces, ser un acto reflexivo en el cual es posible cuestionarse tanto el acto como las cosas que en él aparecen como aparecen. Una lectura así entendida es la condición del aprendizaje verda- dero, el cual consiste en trascenderse, atravesarse, dar de sí; requiere acompañamiento, pero es una acción personal que sucede en modo reflexivo: aprender es aprender-se o, como desde antiguo reza el oráculo de Delfos, conocerse a sí mis- mo y hacerse. ▪ Carlos Sánchez Autarquía 5