sentir, a nuestro enfrentamiento primero con las cosas. Este
enfrentamiento con las cosas, los otros y con nosotros mis-
mos, es nuestro sentir originario y es un hecho primordial en
el que aprehendemos (con “h”) algo otro que queda en espera
de ser determinado, recogido por nosotros, esto es, en espe-
ra de ser incorporado a nuestra vida para que ésta continúe
fluyendo y se vaya haciendo; por esto, el sentir originario es
originante, es el supuesto real de nuestro comportamiento y
manejo de las cosas. La incorporación de lo aprehendido im-
plica su determinación como más o menos significativo para
nuestra vida y esta determinación pende de la lectura, de la
interpretación elemental que hagamos de él. Lectura llevada
a cabo con nuestra concreta estructura intelectiva, a una apre-
hensiva, afectiva y volitiva. Estructura que ha sido forjada vi-
vencial, social e históricamente. Esa estructura intelectiva es
peso: habla de y desde nuestro pasado social y personal. Así
entendida ─otra manera me parecería limitada─, la lectura
está en la base de la fabricación de nosotros mismos.
Ahora bien, si leer es interpretar, ¿cómo podemos estar
seguros de que nuestra mirada, nuestros miedos, preocupa-
ciones, intereses, necesidades, nuestra mentalidad no es un
poderoso filtro que nos hace ver lo que le conviene, lo que
encaja en ella, aquello para lo que está habilitada por la inter-
vención de los otros que nos han enseñado a mirar de cierto
modo?, ¿cómo sabemos que nuestra lectura no está dominada
por esa forma de percibir, sentir y querer ya fabricada? Dado
lo anterior, sería deseable atender al llamado de vigilia sobre
estas limitaciones, distorsiones y velos que carga la mirada a
la hora de acercarse a las cosas materializados en esquema-
tismos y en falsa seguridad de que nuestra mirada es trans-
parente, de que es la mirada y nos entrega las cosas como
son; seguridad que nos hace proclives a esperar que los otros
acepten lo que elaboramos a partir de nuestra lectura y que se
comporten conforme a la misma.
Si tenemos en cuenta lo anterior, entonces es claro que una
lectura adecuada implica no sólo que nos acerquemos a las
cosas, las observemos, experimentemos, verifiquemos, com-
probemos, contrastemos una y otra vez metódicamente; que
no es suficiente que procedamos rigurosa y correctamente
por inducción o deducción, porque estas acciones suponen
ya la puesta en acto del esquema intelectivo de cada uno, el
cual puede hacer que nuestra lectura sea inadecuada y par-
cial. En algunos casos las consecuencias no tendrán impor-
tancia, pero si lo que está en juego es la configuración de
nuestra persona, el hacernos cargo de nosotros mismos o la
interacción con los otros, entonces parece que leer tiene peso,
gravedad; como sabemos, pequeños y grandes conflictos hu-
manos tienen de fondo una mala lectura de la realidad. Creo
que este peso vital de la lectura en la existencia humana lleva
a Amartya Sen a afirmar que la capacidad de leer y escribir
es un derecho fundamental de las personas y de los grupos
humanos, porque están en la base del alumbramiento de po-
sibilidades que los seres humanos necesitamos para hacernos
plenamente personas y ciudadanos.
Si deseamos que nuestra vida tenga una base suficientemen-
te sólida, parece necesario contar con una lectura precavida
de las cosas, una lectura que se cuestione ¿qué de nuestra
percepción de los objetos lo ‘ponemos’ nosotros y qué la rea-
lidad?, es decir, ¿qué de lo que percibimos es dato, dado, no
puesto por nosotros o por otros, sino dado por la cosa, por lo
real?, ¿cómo saberlo?
Necesitamos restituir a la lectura el lugar que de hecho tiene
en nuestra vida y empeñarnos en una comprensión crítica de
la misma, es decir, realizar un ejercicio encaminado no solo
a las cosas sino también a la estructura intelectiva que so-
porta nuestra le ctura de ellas. No darnos por satisfechos con
ejercerla para analizar y juzgar, por ejemplo, la situación en
la que se encuentra un grupo humano o el valor de una obra
de arte. Es deseable ir más allá y cuestionar la mirada con la
que analizamos y juzgamos; esto es, asumir una disposición
reflexiva, una disposición que vuelva sobre la herramienta
con la cual se lee y que haga posible ganar una libertad que
descanse, cada vez más y mejor, en las posibilidades reales
de las cosas. Es la invitación a un ejercicio capaz de ponerse
en cuestión, la invitación a una auto-vigilancia epistémica.
Además de la lectura, la base sobre la que descansa la educa-
ción está constituida por otros actos igualmente determinan-
tes como escribir, organizar y articular las ideas, problema-
tizar y dialogar. Estos actos complejos están implicados en
cualquier abordaje intelectivo que llevemos a cabo, desde el
más sencillo de la vida ordinaria –¿cómo organizo mi día?–
hasta el más complejo como la investigación teórica; están
implicados en toda cuestión que involucre nuestra capacidad
de atender y entender lo real.
Finalmente, hago una precisión respecto a la lectura. He
afirmado que no sabemos leer, con ello no me refiero a una
dificultad técnica para realizar una lectura correcta y com-
prender lo que leemos; no me refiero a la cuestión expresada
en la pregunta ¿cómo leer?, sino a la cuestión fundamental
¿qué es y para qué leer? La pregunta ¿cómo leer? espera
como respuesta una técnica; la pregunta ¿qué es leer?, espera
la respuesta del pensar y abre la posibilidad de problematizar-
la, de darle una dirección o de cambiar la que tiene. La última
me da el quid, el ser, la índole de la lectura.
Si lo aquí escrito es claro y cierto, entonces podría aceptarse
que el acto de leer es vital, personal. Leer es leer-se, así en
modo reflexivo: sólo lee realmente quien también se lee a sí
mismo y escudriña la mirada con la que lee. Que la lectura
sea personal significa que es un acto de diálogo del alma con-
sigo misma como nos ha enseñado Platón al referirse al saber
vital, no un diálogo del alma encerrada en sí y sobre ella mis-
ma sino un diálogo sobre la resonancia que en ella tienen las
cosas mismas que la han abierto. Leer puede, entonces, ser
un acto reflexivo en el cual es posible cuestionarse tanto el
acto como las cosas que en él aparecen como aparecen. Una
lectura así entendida es la condición del aprendizaje verda-
dero, el cual consiste en trascenderse, atravesarse, dar de sí;
requiere acompañamiento, pero es una acción personal que
sucede en modo reflexivo: aprender es aprender-se o, como
desde antiguo reza el oráculo de Delfos, conocerse a sí mis-
mo y hacerse. ▪
Carlos Sánchez
Autarquía
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