Política
Educar para liberar: el principio que ha de regir la labor del maestro, visto desde Hans-Georg Gadamer
Podría pensarse que la educación es la herramienta a través de la cual la razón libre y autónoma, en un acto revolucionario, puede eliminar los prejuicios que le impiden conocer el verdadero ser de las cosas. Esos prejuicios tienen, esencialmente, dos puntos de origen: el uso precipitado de la razón, el cual puede conducirla a errores, y la autoridad de la tradición, cuyos prejuicios hay que eliminar del camino que hemos de seguir en dirección a alcanzar un auténtico conocimiento del mundo, de los otros y de nosotros mismos. La razón, por lo tanto, debe de ser comprendida bajo el concepto de libertad, mientras que la tradición es en esencia determinación. Determinación y libertad resultan ser dos conceptos contradictorios y, por lo tanto, la razón sólo se desarrolla plenamente al margen de la tradición. En donde hay determinación no puede haber libertad, y en donde no hay libertad no puede haber determinación. A partir de esta relación antinómica entre tradición y razón podemos decir que hay que acabar con los viejos prejuicios. Será éste el lema kantiano que la Ilustración llevará en su estandarte: Sapere aude: atrévete a saber o, dicho de otro modo, atrévete a pensar con tu propia razón. El proyecto ilustrado que consiste en alcanzar un saber no mediado por presuposiciones tiene sus raíces en el concepto cartesiano del yo-pienso. Se puede dudar absolutamente de todo, dirá Descartes, excepto de una cosa, y eso es el hecho mismo de que estoy dudando. Dudo porque pienso. El yo es yo precisamente porque piensa, y ya que el ser mismo no puede ser separado del existir, el que yo sea, y específicamente sea pensamiento, revela su existir. De ahí aparece esa famosa frase del filósofo francés que reza: Pienso, por lo tanto, soy. Algunas traducciones cambian el « soy » por « existo », precisamente porque en Descartes una cosa implica a la otra. La base de un conocimiento verdadero de las cosas debe descansar en el fundamento cierto y seguro del yo-pienso. Cualquier saber que tenga por base otra cosa, por ejemplo los sentidos, nos llevará no a alcanzar un conocimiento inamovible de las cosas, sino más bien a la opinión. Todo aquello que pueda ponerse en duda lleva en sí la probabilidad, a veces muy alta, de no ser más que una mera opinión, una idea que realmente no refleja lo que las cosas son. Hay que partir del pensamiento, que es quien le da a las cosas su unidad y su estructura. Estas ideas serán el patrimonio de la Ilustración, que le dará al yo-pienso otros nombres como el de subjetividad o el de razón. Sin importar el nombre que reciba, el concepto mantendrá su título de necesario punto de partida para conocer el verdadero ser de las cosas. La razón piensa por sí misma y desde sí misma, y por ello es libre y autónoma. Esta razón, siendo el punto de inicio, le arrebatará este título a la tradición, adjudicándose para sí un discurso de liberación de las instituciones religiosas, políticas, culturales, etc. La razón no tendrá otro maestro más que a sí misma.
Si preguntamos qué es el yo, diremos desde Descartes que es pensamiento. Y nuestros razonamientos sobre el yo terminarían ahí, porque si el pensamiento es el fundamento del saber verdadero, más allá de él no hay nada más. Pero es quizás aquí en donde Gadamer comenzó a cuestionarse sobre el sentido del concepto de pensamiento. No es posible que no haya algo más allá de ese concepto. Si fuera así, entonces el pensamiento no sería absolutamente nada, por el simple hecho de que no poseería ningún contenido que lo definiera como lo que él es. Así, habría que preguntarnos lo siguiente: ¿ De qué estamos hablando cuando decimos la palabra pensamiento? Considero que, para hacerse una idea de qué significaba la palabra, Descartes hubiera tenido que recurrir a la lógica aristotélica que le antecedió a través de la escolástica. El pensamiento es lógica, y la lógica es el proceso mismo por el cual el pensamiento está constantemente en acción, dándole unidad y estructura a las ideas con las que trabaja y conoce el mundo. Habría que sumarle a esto que el pensamiento tiene un instrumento a partir del cual le es posible expresarse, y eso es el lenguaje. Éste se estructura a partir de la lógica misma. Pero … ¿ son realmente las cosas así? Desde esta perspectiva, da la impresión de que el lenguaje cumple con su función única de ser instrumento gracias a que detrás de él se encuentra un pensamiento estructurante y unificador que lo usa sólo en caso de que tenga necesidad de expresarse, y ahí quedaría el asunto. No. La cosa no es tan sencilla porque, pensará probablemente Gadamer, la realidad es que el esquema de pensamiento y lenguaje, que coloca al primero como base del segundo, debería de estar, desde cierta perspectiva, al revés. Es el lenguaje el que antecede al pensamiento. Veámoslo así: ¿ se puede pensar sin lenguaje? ¿ No es verdad que cuando lo hacemos incluso sólo para nosotros mismos, siempre lo hacemos a partir del lenguaje? Pensamos con el lenguaje, al grado de que si no tuviéramos uno, ni siquiera podríamos pensar. Sin lenguaje no hay pensamiento. Así, si bien es cierto que el lenguaje juega para el pensamiento el rol de instrumento, no hay que ignorar que a su vez éste está constituido por aquél, al grado de que el pensamiento es lenguaje. No estamos hablando aquí de lenguaje entendido como idioma, sino como mundo de significados, los cuales están co nectados unos con otros de modo que conforman un marco a partir del cual podemos comprender el mundo. Así, dentro de un mismo idioma puede haber muchos lenguajes. La persona que, después de recibir una explicación mía, me dice: «¿ Podrías explicarme otra vez?, pero ahora con peras y manzanas, por favor », me está diciendo que mi explicación no puede ser comprendida desde el mundo de significados del que ella está partiendo para intentar entenderme. Es por eso que debo de buscar la forma de utilizar el marco de comprensión que tiene ella para que mi explicación le quede clara.
18 Autarquía