Autarquía número nueve | Page 19

Puedo buscar la forma de utilizar su marco de comprensión porque, de alguna forma, su marco y el mío se comparten en un grado importante. Es eso lo que estoy presuponiendo cuando le estoy dando una explicación. Si no lo presupusiera, de entra- da ni siquiera intentaría explicarle nada. Compartimos signifi- cados, y eso nos permite comprendernos o al menos intentar hacerlo, porque siempre que intentamos comprender algo que de entrada no comprendemos, siempre lo hacemos desde ese mundo de significados que se nos ha heredado. Es imposible pensar en un ser humano que se haya dado a sí mismo su mundo de significados. Cuando se nos empezó a educar, eso ocurrió, y solamente así puede ocurrir, en el mismo momento en que se nos comenzó a compartir un mundo de sig- nificados, en otras palabras, un marco muy particular de com- prensión, distinto de muchos otros que hubiéramos recibido si nuestro nacimiento se hubiera dado en otro espacio y tiempo diferentes del que nos dio a luz. Que heredemos ese mundo de significados, por definición, implica que heredemos también ciertos prejuicios de lo que siempre hay detrás de nosotros: la tradición. La tradición, podría decirse, habla a través de nosotros. El proyecto ilustrado que pretende negar todos los prejui- cios para alcanzar un conocimiento que no se vea mediado por ellos, es en el fondo imposible, ya que ser pensamiento, como lo proponía Descartes, realmente implica ser prejuicios. ¿Es esto algo desalentador y trágico? No realmente, pues los pre- juicios no deben de adquirir necesariamente una connotación negativa. Hay prejuicios que son bastante positivos, y que los reconocemos como tal. Pero precisamente porque son prejui- cios, nos vienen de alguien más, y si los consideramos positi- vos, eso se debe a que les reconocemos cierta verdad, y porque les reconocemos verdad, confiamos en ellos. Es así que a aquello que heredamos de la tradición, muchas veces, le reconocemos su autoridad. Y porque vemos autoridad en ello es por eso que nos permitimos aprender de él, o dicho “En donde hay determinación no puede haber liber- tad, y en donde no hay libertad no puede haber deter- minación”. de otra forma, permitimos que nos eduque. El alumno que le plantea una duda al profesor sobre cierto tema visto en clases lo hace con el presupuesto de que es muy bueno preguntarle al que sabe más y que, por lo tanto, puede jugar para él un muy valioso papel de guía del pensamiento. Y la realidad es que el profesor, como representante de la tradición que habla a través de él y que la comparte a sus alumnos, más que eso, es un guía. Es por eso que la labor del maestro es valiosa y muy noble, y me parece que eso se refleja mucho en que, en el fondo, estamos muy conscientes de eso y es por ello que no son muchos los que pueden y quieren ejercer la profesión de educador, profesión que no debe de entenderse desde el proyecto ilustrado que convierte libertad y tradición en cosas irreconciliables, de forma que el profesor debe de ha- blar y los alumnos callar, no. Los prejuicios de la tradición son necesarios para que haya pensamiento, pero esta necesidad no significa fatalidad que suprime la libertad, pues los prejuicios, a pesar de que se pueden reproducir, también son en sí mismos productivos, ya que en realidad catapultan al libre pensamiento para que éste pueda forjar nuevas relaciones de significados a partir de los que ya conoce. Así, los prejuicios resultan ser pre- cisamente la base que permite construir la propia libertad. En esto consiste el comprender el hecho mismo de educar como un liberar. Pero el profesor no debe de olvidar que, en el fondo, la auto- ridad es tal porque hay una razón que libremente la reconoce como atributo de alguien. Pero en ese sentido, habría que decir desde Gadamer que la autoridad no es esa obediencia ciega que algunos maestros suelen exigir de sus alumnos. Ese tipo de obediencia no es realmente autoridad. La autoridad auténtica es aquella por la cual al profesor se le reconoce y sigue incluso como guía. La autoridad entendida de esa forma no es algo que uno posea por el simple hecho de ser profesor, pues en realidad es algo que se gana. ▪ Luis Angel Mora Autarquía 19