Puedo buscar la forma de utilizar su marco de comprensión
porque, de alguna forma, su marco y el mío se comparten en un
grado importante. Es eso lo que estoy presuponiendo cuando
le estoy dando una explicación. Si no lo presupusiera, de entra-
da ni siquiera intentaría explicarle nada. Compartimos signifi-
cados, y eso nos permite comprendernos o al menos intentar
hacerlo, porque siempre que intentamos comprender algo que
de entrada no comprendemos, siempre lo hacemos desde ese
mundo de significados que se nos ha heredado.
Es imposible pensar en un ser humano que se haya dado a
sí mismo su mundo de significados. Cuando se nos empezó a
educar, eso ocurrió, y solamente así puede ocurrir, en el mismo
momento en que se nos comenzó a compartir un mundo de sig-
nificados, en otras palabras, un marco muy particular de com-
prensión, distinto de muchos otros que hubiéramos recibido si
nuestro nacimiento se hubiera dado en otro espacio y tiempo
diferentes del que nos dio a luz. Que heredemos ese mundo de
significados, por definición, implica que heredemos también
ciertos prejuicios de lo que siempre hay detrás de nosotros:
la tradición. La tradición, podría decirse, habla a través de
nosotros.
El proyecto ilustrado que pretende negar todos los prejui-
cios para alcanzar un conocimiento que no se vea mediado por
ellos, es en el fondo imposible, ya que ser pensamiento, como
lo proponía Descartes, realmente implica ser prejuicios. ¿Es
esto algo desalentador y trágico? No realmente, pues los pre-
juicios no deben de adquirir necesariamente una connotación
negativa. Hay prejuicios que son bastante positivos, y que los
reconocemos como tal. Pero precisamente porque son prejui-
cios, nos vienen de alguien más, y si los consideramos positi-
vos, eso se debe a que les reconocemos cierta verdad, y porque
les reconocemos verdad, confiamos en ellos.
Es así que a aquello que heredamos de la tradición, muchas
veces, le reconocemos su autoridad. Y porque vemos autoridad
en ello es por eso que nos permitimos aprender de él, o dicho
“En donde hay
determinación no
puede haber liber-
tad, y en donde
no hay libertad no
puede haber deter-
minación”.
de otra forma, permitimos que nos eduque. El alumno que le
plantea una duda al profesor sobre cierto tema visto en clases
lo hace con el presupuesto de que es muy bueno preguntarle al
que sabe más y que, por lo tanto, puede jugar para él un muy
valioso papel de guía del pensamiento.
Y la realidad es que el profesor, como representante de la
tradición que habla a través de él y que la comparte a sus
alumnos, más que eso, es un guía. Es por eso que la labor del
maestro es valiosa y muy noble, y me parece que eso se refleja
mucho en que, en el fondo, estamos muy conscientes de eso y
es por ello que no son muchos los que pueden y quieren ejercer
la profesión de educador, profesión que no debe de entenderse
desde el proyecto ilustrado que convierte libertad y tradición
en cosas irreconciliables, de forma que el profesor debe de ha-
blar y los alumnos callar, no. Los prejuicios de la tradición son
necesarios para que haya pensamiento, pero esta necesidad no
significa fatalidad que suprime la libertad, pues los prejuicios,
a pesar de que se pueden reproducir, también son en sí mismos
productivos, ya que en realidad catapultan al libre pensamiento
para que éste pueda forjar nuevas relaciones de significados a
partir de los que ya conoce. Así, los prejuicios resultan ser pre-
cisamente la base que permite construir la propia libertad. En
esto consiste el comprender el hecho mismo de educar como
un liberar.
Pero el profesor no debe de olvidar que, en el fondo, la auto-
ridad es tal porque hay una razón que libremente la reconoce
como atributo de alguien. Pero en ese sentido, habría que decir
desde Gadamer que la autoridad no es esa obediencia ciega
que algunos maestros suelen exigir de sus alumnos. Ese tipo de
obediencia no es realmente autoridad. La autoridad auténtica
es aquella por la cual al profesor se le reconoce y sigue incluso
como guía. La autoridad entendida de esa forma no es algo que
uno posea por el simple hecho de ser profesor, pues en realidad
es algo que se gana. ▪
Luis Angel Mora
Autarquía
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