Antonio Skármeta
le extendieron el cabrito a la viuda de González, quien declaró solemnemente que se rendía ante el poeta Neruda, pero que iba a aporrear su
cacerola como las damas de providencia en Santiago, hasta que los
comunistas se marcharan del gobierno. «Se ve que son mejores poetas
que gobernantes», concluyó.
Asistida Beatriz por el grupo renovado de mujeres veraneantes, esta
vez allendistas irredentas y capaces de noquear a quien le encontrara un
pelo de la cola a la Unidad Popular, preparó una ensalada con tantos
aportes del campesinado local, que hubo que traer a la cocina la tina del
baño, para que naufragaran allí tumultuosas las lechugas, los orgullosos
apios, los tomates saltarines, las acelgas, las zanahorias, los rábanos, la
buena papa, el tenaz cilantro, la albahaca. Nada más que en la mayonesa se gastaron catorce huevos, e incluso se encomendó a Pablo Neftalí la
delicada misión de espiar a la gallina castellana y tararear «Venceremos»,
cuando ésta depusiera su huevo diario para quebrarlo ante ese manjar
amarillo que estaba resultando espeso gracias a que ninguna de las
mujeres menstruaba esa tarde.
No hubo casucha de pescador que Mario no visitara para invitarlo a la
fiesta. Hizo el recorrido de la caleta y del campamento de veraneantes
martillando el timbre de su bicicleta, e irradiando un júbilo sólo comparable con aquel que tuvo cuando Beatriz expulsó de su placenta al
pequeño Pablo Neftalí, ya provisto de una melena a lo Paul McCartney.
Un Premio Nobel para Chile, aunque fuera de Literatura, arengó el «compañero» Rodríguez a los veraneantes, es una gloria para Chile y un triunfo para el presidente Allende. No había acabado de terminar esa frase,
cuando el joven padre Jiménez, víctima de una indignación que le puso
eléctrico cada nervio y cada terminal de sus cabellos, le apretó el codo y
se lo llevó bajo el sauce llorón. Sombreados por el árbol, y con un autocontrol aprendido en los films de George Raft, Mario soltó el codo del
compañero Rodríguez, y, humedeciéndose los labios secos de ira, dijo
con calma:
-¿Se acuerda, compañero Rodríguez, del cuchillo cocinero ese, que un
día por casualidad se me cayó en la mesa cuando usted estaba almorzando?
-No me he olvidado -repuso el activista acariciándose el páncreas.
Mario asintió, puso los labios tensos, como si fuera a silbarle a un gato,
y después se pasó sobre ellos la rasante uña del pulgar.
-Todavía lo tengo -dijo.
A Domingo Guzmán se le unieron Julián de los Reyes en guitarra, el
chico Pedro Alarcón en maracas, Rosa viuda de González, vocal, y el
compañero Rodríguez en trompeta, quien había optado por meterse algo
en la boca a modo de candado. El ensayo tuvo lugar en el tablado de la
hostería, y todo el mundo supo de antemano que para la noche se
64